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A Princess of Mars me lo leí, en español (Una Princesa de Marte), cuando tenía algo así como 18 años o algo así. Un día, hablando de Cosmos con mi padre, le dije que me gustaría poder leérme aquellas novelas sobre Marte que tanto habían inspirado a Carl Sagan y que incluso citaba en Blues for a Red Planet. Cual no sería mi sorpresa cuando me dijo que él las había leído, que eran nada menos que del creador de Tarzán y que su padre las tenía en casa. Así que, tratando con la debida deferencia aquellos minilibros (12×8,5 cm.) de Crisol, en papel de biblia y editados en 1947, seguí a uno de mis héroes en sus pasos tras John Carter en Barsoom.

El libro cuenta las aventuras de un caballero de Virginia, John Carter quien, tras la guerra de secesión y viéndose arruinado, se embarca en una aventura en busca de oro en las montañas de Arizona y acaba, casi por arte de magia, en Barsoom, nombre con el que los marcianos llaman a su planeta. Allí conoce a (y batalla con) las diversas especies de marcianos: los terribles marcianos verdes de tres metros y cuatro brazos, o los civilizados marcianos rojos, esencialmente idénticos a los humanos salvo por ser ovíparos, algo que no le detiene a la hora de enamorarse perdidamente de la princesa de Helium, Dejah Thoris, y correr todo tipo de aventuras junto al fiel Woola (el predecesor de Chewbacca) y sus amigos Tars Tarkas y Kantos Kan, tratando de ganar su mano.

En esencia, es un folletín de aventuras, no muy distinto de Los Tres Mosqueteros hasta el punto de que también se publicó semanalmente en un periódico en su época (1911) y ofrece el mismo tipo de literatura, emociones, misterio, peligro, romance, caballerosidad… y profundidad argumental, claro, pero si uno quiere profundidad que se lea Los Hermanos Karamazov (otro serial, por cierto). Con todo y con eso resulta muy interesante leer ciencia-ficción de hace cien años, escrita por un autor del calado de Edgard Rice Burroughs. La influencia de John Carter en la ciencia-ficción posterior es inmensa. Sin ir más lejos, un personaje del calado de Flash Gordon vive y se comporta exactamente como lo haría John Carter, y en muchas cosas Mongo es clavado a Barsoom (como la tradición inquebrantable de no usar pistola contra quien te ataca con espada, por ejemplo). La propia idea de que los marcianos son verdes surge de esta saga. Y a mi me resulta enternecedor, más allá del argumento de space opera, cuando el autor introduce conceptos de lo que en aquella época era el tipo de ciencia avanzada sobre el que se escribía ciencia-ficción, como el radium(1), la descomposición de la luz, o el éter(2). Por no hablar de la personalidad de John Carter, tan de finales del XIX, del erotismo victoriano (en Barsoom todo el mundo va completamente desnudo, a excepción del cinturón para llevar la espada) o de lo que cualquier progre llamaría “sexismo aterrador” con el que está escrito el libro.

En definitiva, un libro que merece la pena leer como se lee Los Tres Mosqueteros. Por cierto que Disney estrena próximamente una película basada en este libro (John Carter of Mars, aquí tenéis el tráiler), que no sé como será de fiel al mismo, pero en la que dudo mucho que todo el mundo vaya gloriosamente desnudo…

Y, al igual que Veinte Años Después es bastante mejor que Los Tres Mosqueteros, The Gods of Mars es bastante mejor que A Princess of Mars. En la línea del libro anterior, narra las aventuras de John Carter quien, diez años después de volver a la tierra, vuelve a hallarse en Barsoom, pero esta vez en el mítico Valle Dor, a orillas del Mar Perdido de Korus y a donde todos los marcianos que alcanzan la edad de mil años peregrinan voluntariamente siguiendo el único río de Marte, el Iss, y del que nunca nadie ha regresado. Allí conocerá a los marcianos blancos, los marcianos negros y, con la ayuda de antiguos y nuevos amigos, batallará para rescatar a su esposa de las garras de Issus, la diosa de la vida y de la muerte de Barsoom, descubriendo la terrible verdad que se esconde tras la leyenda del Valle Dor. Más aventuras trepidantes, más honor y coraje, y más amor triunfante de la mejor especie, todo ello regado con una crítica absolutamente salvaje a las religiones organizadas.

Es probable que por esto la relectura de El Retorno de los Dragones me haya dejado helado. Supongo que no hace falta que os hable de la saga de la Dragonlance: fue lectura casi obligatoria para mi generación, el Harry Potter o el Crepúsculo de aquella época, y hoy en día es imposible ir a una convención de rol, fantasía, ciencia ficción o incluso de juegos de mesa en la que los nombres Raistlin, Sturm o Laurana sean desconocidos. Recuerdo cuando me lo leí a los trece años, me encantó, me lo bebí hasta el punto de que, cuando se publicó La Tumba de Huma, mis padres me prohibieron leer más de cinco capítulos al día y aun así hubo una temporada en la que iba a todas partes con la capucha puesta como mi gran héroe, Raistlin. Y me lo he leído otras muchas veces, creo que la última estando ya en la carrera. Pero, ahora que lo cojo de adulto, ¡qué malo es! Los personajes (salvo Raistlin, y tampoco es para tanto) son totalmente bidimensionales y es imposible identificarte con ninguno, la trama va a empujones de deus ex machina (o Paladine ex machina, según se mire), a Tanis dan ganas de abofetearlo cada vez que se sienta, Tas es para tirarlo por un barranco, Sturm es simplemente un fanático y un imbécil (“¿Huir? ¿De esta gentuza?”), lo de Caramon y Tika da vergüenza ajena, lo de Goldmoon y Riverwind parece escrito por Barbara Wood y la única gracia es que los combates están narrados asalto a asalto y siguiendo clara y estrictamente las reglas de D&D. ¡Madre mía! ¡Qué truño! Creo que una vez el Profesor Ignatius me recomendó que no me releyera los libros que me habían gustado de adolescente y particularmente esta saga. ¡Hacedle caso, si es vuestra situación! Creo recordar que La Tumba de Huma mejora mucho, pero me da tanto miedo llevarme un chasco como el que me he llevado con El Retorno de los Dragones que, sinceramente, no creo que me lo lea. ¡Dejad los buenos e inocentes recuerdos en la estantería, de verdad! Eso sí, si no os los habéis leído y sois jugadores de rol, hacedlo: saber quien de qué color es el culo de Raistlin es completamente imprescindible para ser un friki de pro.

¡Dulak!

Artthegarn___________________
1.- El Radium (Radio), que también pasa a Flash Gordon, es un polvo maravilloso que los marcianos utilizan como fuente de energía y que parece contradecir el principio de conservación de la misma. Sobre él, el que el propio Burroughs (que se supone que ha recibido los diarios manuscritos de las aventuras de John Carter y los está redactando), dice: “I have used the word radium in describing this powder because in the light of recent discoveries on Earth I believe it to be a mixture with radium on the base. ¡Recent discoveries! Claro, ¡hablamos de un autor que es contemporáneo de Marie Courie!
2.- El éter es el medio, casi místico e imperceptible, pero que tenía que existir para la ciencia de la época, en el que se propagaban las ondas de luz (antes de la física cuántica) y para moverse a través del cual servían las alas de Cthulhu, por ejemplo.

10 comentarios en “”

  1. He leído lo concerniente a este libro, y fue bueno en su momento, como Oliver y Benji o el Coche fantástico, ahora no lo leería ni borracha.

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    1. Bufff, no le nombres a este a Oliver y Benji que la liamos.

      Respecto al libro, efectivamente eran otros tiempos, éramos mas jóvenes e inocentes y la tumba de Huma es bastante mejor.

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  2. Pues fíjate que Una Princesa de Marte me lo leí con 13 y recordaba que el protagonista iba desnudo solo al principio. Me imaginaba que los arneses de los que se va apropiando tapaban esa parte.

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    1. La gente de Barsoom (la revista, que no el planeta) estaba (estábamos) bastante mosqueados por el exceso de ropa de los protagonistas en la versión al cine que se va a estenar en breve. Sobre todo en el caso Dejah Thoris..

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