Lo que se juega Occidente IV: El Totalitarismo.

Votar a un populista es, como ya he explicado en los artículos anteriores, tan malo como darle una metralleta cargada a un mono y soltarle en el Metro en hora punta. La diferencia fundamental es que el mono, cuando ha vaciado el cargador, por lo menos no te mira sorprendido y te pide más balas.

Recapitulemos: el populista llega al poder haciendo promesas simples de acciones drásticas para solucionar los problemas de la gente(1) y, una vez tiene el poder, se encuentra con que, oh sorpresa, las cosas no son tan simples como decía en su discurso y no puede cumplir sus promesas.

El caso más paradigmático es el NHD, acrónimo de “No Hay Dinero” y muy usado en determinados foros de nuestro país tanto como explicación de ciertas medidas gubernamentales como, jocosamente, respuesta definitiva a las grandes preguntas sobre la vida, el universo y todo lo demás. El populista llega al poder y cuando va a ejecutar 1206_sin-dinero_620x350su programa se encuentra con que, como le intentaban explicar al Pueblo sus oponentes, No Hay Dinero para ello. Y no es solo que no haya dinero, es que, además, cuando decide obtenerlo, resulta que no puede hacerlo porque el Gobierno, afortunadamente, no es quien pone los impuestos (aunque sea quien los recaude). Es el legislativo quien lo hace, a través de leyes(2) como la ley del IVA o la ley del IRPF. El dinero de los impuestos no es “del Gobierno” sino “del Estado”. Cada año el Gobierno, como cualquier administrador, tiene que presentar unos presupuestos al Legislativo diciendo cuánto se quiere gastar y en qué, esa propuesta se debate, se negocia entre Ejecutivo y Legislativo (las famosas enmiendas) y, si se aprueba, el Legislativo autoriza por Ley el traspaso de fondos del Estado al Gobierno. Luego, presupuestariamente hablando, el Gobierno no puede hacer lo que le dé la gana sino que está controlado, a veces muy de cerca, por el Legislativo. Así que nuestro populista, ya instalado en el poder, se encuentra con que no tiene dinero para sus maravillosos planes y que tampoco tiene la capacidad de obtenerlo por si mismo.

Y no es la presupuestaria la única traba que encuentra nuestro querido líder para ejecutar sus “obvias medidas de sentido común que los miembros de la élite gobernante no toman porque son tan torpes como malvados”, que va. Por ejemplo: Trump no puede construir su famoso muro así por las buenas, por decreto, porque no depende de él. Suponiendo que 0719-donald-trump-star-wenn-4tuviera el dinero (no lo tiene) y que consiguiera que lo aprobara el Congreso (a ver quién vota a favor de eso) tendría que lidiar con los propietarios de los terrenos en los que quiere construir (y en EU lo de la expropiación se ve muy, muy mal) así como con la FEMA y otros organismos del Estado, particularmente diversas agencias de protección medioambiental que se opondrán porque su misión es proteger ciertos intereses de los ciudadanos estadounidenses directamente atacados por el proyecto. Otro ejemplo más cercano: no importa cuánto lo repita, Podemos no puede aprobar la “dación en pago” así por las buenas, ni siquiera aunque tuviera mayoría absoluta en el Congreso. Podría cambiar la ley para instituir la dación en pago en las hipotecas que se firmaran a partir de ahora, pero no se puede hacer ahora una ley de hoy regule lo que se hizo ayer o hace quince años(3). Es ilegal, por motivos muy bien fundados pero que, como comentaba en el artículo anterior, “son complicados”. Una ley así sería anulada por el Tribunal Constitucional, el de Justicia de la Unión Europea o hasta el de Derechos Humanos(4) y en Podemos, por cierto, lo saben.

El caso es que, por H o por B, ya tenemos instalado en el poder al caudillo que prometió solucionar una serie de problemas con medidas simples que ahora resulta que no puede llevar a cabo, con el añadido de que no puede presentarse ante el Pueblo a decir que no puede cumplir sus promesas “porque… 2630163-tumblr_ma7vv792xi1rbts2no1_400bueno, es complicado”. Le han votado precisamente porque les convenció de que quienes no aplican esas políticas y ponen esas excusas son los malvados o incompetentes de las élites dominantes, el “ellos” que no es “nosotros”, así que, ¿qué solución le queda?

Sencillo. Simplificar las cosas. Otra vez.

Como ya he comentado el ciudadano medio tiene una idea del poder que tiene el Gobierno que se parece más al poder de un dios que al que tiene en realidad. Una vez elegido, el líder populista excusa sus incumplimientos en el hecho de que no tiene suficiente poder y lo adereza sugiriendo que quienes se oponen a sus planes desde los puestos de control del Sistema, desde el Defensor del Pueblo al último juez de paz, son simpatizantes de las élites derrocadas que se niegan a dejar el poder. El cuadro a presentar es simple:

  1. Me habéis elegido para que resuelva vuestros problemas.
  2. No puedo hacerlo porque los judíos (o los maricas o los infieles o los masones o los curas o lo que sea) están infiltrados en todas las instituciones del Estado distintas al Gobierno y paralizan todas mis reformas.
  3. Por lo tanto, esas instituciones se están oponiendo ilegítimamente a la voluntad popular y deben ser sometidas a él.

Y una vez tienes el apoyo del Pueblo para reformar el Estado a tu imagen y semejanza no tienes más que hacerlo con todo organismo que se te oponga2630163-tumblr_ma7vv792xi1rbts2no1_400. Eso sí, no todo de un plumazo, solo según vaya siendo necesario. Al principio probablemente haya que hacer una pausa entre movimiento y movimiento, dejar que la indignación popular contra un organismo en concreto que está bloqueando tus actividades se acumule para luego responder a la misma y dar al Pueblo lo que pide; más adelante, cuando este mecanismo se haya convertido en rutinario y se vea normal la expansión del Ejecutivo y la concentración del poder las cosas se pueden hacer de forma más generalizada y, sobre todo, preventiva. ¿Por qué esperar a que algo de problemas para lidiar con ello cuando puedes evitar la posibilidad de que los dé?

Hay varios mecanismos para lograr estos fines, de los que voy a citar solo los históricamente más habituales:

  1. La disolución del organismo independiente y la asunción de sus competencias por el Gobierno, con lo que el obstáculo simplemente desaparece.
  2. La pérdida de independencia del organismo, que mantiene su existencia pero que pasa a depender del Gobierno y por tanto pierde la capacidad de oponerse a él.
  3. La purga del organismo independiente y el reemplazo de todos sus cargos clave por personas afines al Gobierno, con lo que el organismo mantiene aparentemente su capacidad de oponerse al Gobierno pero a la hora de la verdad no la va a usar nunca.

Con esto, desde luego, se eliminan los impedimentos para el ambicioso programa de reformas que prometió llevar a cabo el populista, con el único “precio” (aparente) de concentrar más y más pode2630163-tumblr_ma7vv792xi1rbts2no1_400r en el Gobierno y de eliminar mecanismos de control que limiten que el uso de este poder se convierta en abuso. Una auténtica ganga, en realidad, porque al fin y al cabo lo que estamos haciendo es echar a los enemigos del Pueblo de sus puestos de poder desde los que boicoteaban la acción del Gobierno. Al fin y al cabo cualquiera que se oponga al líder elegido por el Pueblo se opone, en última instancia, a la soberanía popular, que por definición no reconoce poderes superiores y cuyo poder no debería tener límites. Simplemente estamos haciendo volver las cosas a su Estado natural, le estamos “devolviendo” al líder ese poder semidivino que siempre pensamos que tenían los políticos y que cuando “el nuestro” ha llegado al gobierno no ha podido ejercer por todos esos judíos o liberales o lo que sea que se dedicaban a sabotearlo. Ahora sí. Ahora sí que nos toca.

Y, sin casi darnos cuenta, hemos pasado de un gobierno populista a un gobierno autoritario. Autocrático. Con todos los poderes concentrados en un gobierno que proclama ser el Estado, el Pueblo, la gente, y contra el que el ciudadano no tiene medios reales (quizá ni siquiera teóricos) de exigir respeto a sus derechos individuales. Un gobierno que puede despojarte de tus posesiones en nombre del bien colectivo y que puede meterte en un agujero muy oscuro sin proceso que valga como se te ocurra0719-donald-trump-star-wenn-4 quejarte. Un gobierno y un gobernante que, ahora sí, ya tiene la vía libre para hacer lo que quiera.

Platón decía que la mejor forma de gobierno era, esencialmente, aquella tiranía en la que el tirano era un filósofo justo y bondadoso ya que, si el tirano es justo, los únicos que tienen que temer algo de él son los injustos. La historia nos enseña una y otra vez los peligros a los que lleva esta línea de pensamiento y como el poder se presta al abuso. Por eso existen en nuestros sistemas todos esos mecanismos tan complicados, todos esos obstáculos para que el gobernante pueda hacer lo que quiere. Removerlos en la creencia de que el gobernante que hemos elegido, esta vez sí, se lo juro señor guardia, es “uno de nosotros” y que solo va a usar su poder para protegernos y solucionar las injusticias sociales quitándole a los ricos para darle a los pobres es infantil, iluso, simplista y tan antidemocrático como totalitarista. Vivimos en España así que no creo que sea necesario recordar por qué no queremos este tipo de Estado y por qué deberíamos tener mucho, mucho cuidado con a quién votamos, pero esa es una ventaja que, pese a nuestra inexperiencia democrática, solo tenemos nosotros. Yo he vivido bajo el franquismo, pero apenas quedan italianos que recuerden el fascismo y los estadounidenses jamás han vivido en una autocracia. La tentación de nombrar un dictador, bajo la forma que sea (y aquí incluyo la “transitoria” dictadura del proletariado), para que lo arregle todo es cada vez más grande, sobre todo entre las nuevas generaciones que mezclan el idealismo de la juventud con un mayor distanciamiento con nuestro pasado totalitario. Pues que os quede claro: no hay alternativa a la Democracia; no hay nada mejor que el Estado de Derecho.

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Somos libres, muchísimo más libres de lo que algunos creéis. Y el precio de la libertad es su eterna vigilancia. Guardadla celosamente y oponeos a quien os quiera desposeer de ella, sobre todo a quien os prometa devolvérosla ampliadííísima dentro de un ratito. El fin de la libertad es una de las cosas que se juega Occidente con el ascenso del populismo, pero, ahí donde la veis, no es lo que más me preocupa. La falta de libertad es mala, pero la falta de paz es peor y la nos la estamos jugando.

Hasta el próximo artículo,

Arthegarn.

(1) Iba a poner “de su electorado”, pero no, el populista en realidad se presenta para resolver los problemas de “la gente”, le voten o no le voten, porque todos sus conciudadanos (salvo la élite opresora de turno) son básicamente buenos y nobles y sufren de las mismas dolencias por las mismas razones. Lo que ocurre es que están coaccionados, manipulados o mal informados, pero el líder, que se preocupa de los problemas de todos y no de los de solo unos pocos, cuidará de ellos incluso aunque no le apoyen a la espera de que en cualquier momento, vea la luz y como el hijo pródigo vuelva al redil para unirse al rebañ… a la manada.

(2) Este problema es más grave en un país con un sistema democrático serio, como Estados Unidos, y menos grave en un país como el nuestro en el que apenas hay separación de poderes y, en general, el partido en el gobierno tiene mayoría en las cámaras y puede aprobar la Ley de Presupuestos (y, sobre todo, las “leyes de acompañamiento”) que más o menos le dé la gana.

(3) Alguna vez se me ha argumentado que esto sí que es posible y se me ha puesto como ejemplo la sentencia de las cláusulas suelo, en la que un acto de hoy influye en las hipotecas de hace treinta años. Lo que pasa es que hay dos diferencias cruciales: (i) una ley, general, no puede ser retroactiva pero una sentencia, particular, y sobre todo una que declara nulidad, sí y (ii) la sentencia de las cláusulas suelo hace referencia a una cláusula específica y optativa del contrato de crédito, que puede regularse a libertad de las partes, mientras que una alteración del carácter accesorio de la garantía hipotecaria frente a la responsabilidad universal del deudor afectaría a la propia naturaleza del negocio jurídico. O sea, que lo de las cláusulas suelo es como podar una rama de un árbol pero lo de la dación en pago es más que talarlo, es desarraigarlo. Puedes podar un árbol y decir que sigue siendo el mismo árbol, pero no puedes talarlo y decir lo mismo.

(4) Si el TC no tumbara esa ley sería tan solo por lo ridículamente politizado que está en España, donde la justicia constitucional es una broma. Pero precisamente por eso no está fuera del espectro de lo posible y la banca tuviera que recurrir al TJUE. Y en el improbabilísimo caso de que el TJUE no obligara alGobierno a corregir, cualquier accionista de cualquier banco afectado podría recurrir al TEDH. Daos cuenta de que, al final, los bancos son de sus accionistas, que en su inmensa mayoría son pequeños ahorradores que invierten sea a través de su fondito de pensiones, sea directamente. Cuando estos pequeños ahorradores vieran esfumarse sus ahorros acudirían en masa, y con más razón que un santo en mi opinión, al TEDH.

Lo que se juega Occidente III: Por qué es malo el populismo.

Bien, el populismo es un medio para obtener el poder que busca el apoyo de las clases populares ofreciendo soluciones simples y medidas drásticas que incluyen la expulsión del poder de una élite dominante que no ha resuelto los problemas de estas clases populares. Y ¿qué hay de malo en ello? preguntará alguien. ¡Si es que los que mandan no hacen nada! ¡Si es que todo el sistema está podrido! ¡Si es que no podemos estar peor de lo que estamos! Algo habrá que hacer, ¿no?

Sí, algo hay que hacer, desde luego. Pero apoyar a un populista es arriesgadísimo porque no puede dar lo que promete y porque sí que podemos estar peor. Mucho peor.

8641d698e01f2d3e6d3978a6c8f2cd6e¿Por qué? Bien, para empezar el mundo del populista no existe. El populismo es falso. El populismo presenta un mundo simple, inmediato en sus relaciones causa-efecto, que se aleja mucho del mundo real. Y esto es malo porque cuando uno tiene una visión del mundo equivocada tiene muchas más posibilidades de tomar decisiones equivocadas y sufrir las consecuencias.

Permitidme ilustrar esto con un ejemplo. Supongamos que te roban el móvil, denuncias el robo y un par de días después ves al tío que te lo robó con él y te vas a un policía que anda por ahí a contárselo. El policía se dirige al tipo en cuestión, le pregunta que de dónde ha sacado tu móvil y el otro dice que lo compró en un Cash Converters o algo así y que no tiene factura ni nada. Y entonces el poli te dice que no puede hacer nada, que des el móvil por perdido porque de acuerdo a los artículos 434, 448 y 464 del Código Civil él tiene que suponer que el ladrón es un honrado ciudadano, legítimo propietario del móvil. Aunque tú hayas denunciado el robo, aunque ese sea tu móvil porque el IMEI es el mismo y aunque tú tengas factura de haberlo comprado y él no, lo que dice la Ley es que quien posee (quien “tiene en la mano”) algo robado y dice que es su dueño es, a todos los efectos, su dueño a menos que se demuestre que lo compró sabiendo que era robado(1) (o que le pillaran in fraganti o algo así, claro…) .¡Qué injusticia! ¿Verdad? ¡Algo habría que hacer para cambiar esto! ¡Menudo escándalo!

Entra en escena el populista diciendo que esto es una vergüenza y que hay una forma muy 1403i1d3cad724bf59cbbsencilla de arreglarlo: cambiar la ley para que quien diga que es el dueño de algo tenga que demostrarlo y no al revés, que se presuma que lo es solo porque tiene algo en la mano. “¡Así acabaremos con estos mangantes caraduras!” grita el líder, y la gente le ovaciona muy contenta. ¿Cómo no se le ha ocurrido a nadie antes? ¿Cómo puede ser que hasta ahora hayamos tenido un sistema tan estúpido? ¿Por qué los gobernantes protegen a los ladrones y no a los honrados ciudadanos?

Pues porque las cosas no son tan sencillas.

Si en vez de partir de la base de que quien tiene algo tiene derecho a tenerlo exiges que tenga que demostrar que es así, la carga de papeleo y comprobaciones que impones a cualquier comprador se va a hacer tan grande que, simplemente, dejará de comprarse. Imagina que, honradamente, vas a un Cash Converters a comprar un móvil y un año después, a saber qué habrás hecho tú con la factura, te viene el poli del ejemplo anterior. Como tú no tienes factura y el otro sí, el policía te quita el móvil y se lo da al antiguo propietario y eres tú quien se queda sin nada a pesar de que lo compraste legal y legítimamente. Escaldado, te vas a comprar otro móvil y te vuelve a venir el poli. Le enseñas tu factura, pero él dice que no sirve para nada porque el móvil como el móvil es robado el Cash Converters no podía habértelo vendido y te quita el móvil. Tú, que necesitas un móvil, vuelves al Cash Convertercaptures, compras un tercer móvil y esta vez no pides solo la factura, sino la factura de compra del Cash Converters para demostrar que quien te lo vendió podía vendertelo. Armado con tus dos facturas sales a la calle y te vuelve a pasar lo mismo, porque el policía te dice que el hecho de que puedas demostrar que el vendedor lo había comprado no quiere decir nada porque quien se lo vendió a tu vendedor no era el dueño del móvil, que es este señor de aquí, y te lo vuelve a quitar. Y así hasta el infinito.

Si la ley no fuera como es, cada vez que compras un móvil, o una simple barra de pan, tendrías que exigir todos los recibos, todas las facturas que justifican toda la cadena de propiedad desde el primer propietario del objeto, que vete tú a saber quién es y si son verídicas, hasta ti. Y cuando hablo del primer propietario hablo básicamente de Adán, porque si tuvieras todas las facturas hasta, qué se yo, el panadero o el fabricante del móvil, eso tampoco garantizaría tu propiedad porque bastaría que un componente fuera robado para que su legítimo dueño pudiera exigir la restitución del mismo. A lo mejor el plástico de los cables proviene de un barril de petróleo robado, o el silicio de los chips de una explotación ilegal, qué se yo, el caso es que nunca estarás seguro a menos que dediques horas y horas a mirar papeleo para comprar, insisto, incluso una humilde barra de pan.

Ahí tenéis lo que quiero decir con que el populismo es falso. Existe un problema. Aparentemente tiene una solución sencilla. En realidad, esa solución sencilla no es aplicable porque crearía un problema muchísimo peor que el que intenta solucionar, pero vete a explicárselo al tipo que ve como el ladrón de su móvil se lo queda con todo el morro y no puede hacer nada. Y no olvidemos que este buen hombre no pide otra cosa más que justicia, una justicia que el Sistema, imperfecto como es, no puede darle de una forma sencilla.

La realidad es que la actividad de gobierno es compleja y se enfrenta a situaciones que no son obvias y, como acabáis de ver, a las repercusiones mediatas y a largo plazo de sus políticas, que son todavía más complejas y más difíciles de ver y prever. A veces el gobernante quiere alcanzar unos objetivos pero no tiene claro cómo hacerlo, o sí que lo tiene pero requiere seguir caminos indirectos y tortuosos para además dar resultars_300x300-150814144007-600-dory-finding-nemo-ms-081415dos a medio y largo plazo, algo que no suele satisfacer al Pueblo. Porque el Pueblo, en general y por desgracia, tiene muy poca paciencia y la memoria muy corta. No sé si conocéis la fórmula de Fair(2) pero si os fijáis solo usa indicadores económicos del año de las elecciones. Volveremos sobre este asunto, pero baste ahora decir que para que el Pueblo asocie una mejora de su situación con el partido en el gobierno tiene que derivarse de medidas que den resultado en menos de un año, lo que en economía se llama “muy corto plazo”. Todo lo demás, toda mejora sistémica, se pierde emocionalmente y aunque las clases populares (casi podría decir el Pueblo) pueden notar que las cosas mejoran no asociarán esa mejoría a una medida tomada hace cinco o diez años y mantenida constante y trabajosamente. Creerán que mejoran “por si solas”, “porque toca”. El populismo se sirve de esta percepción para decir que los gobernantes no están haciendo nada o que sus medidas son ineficientes cuando eso es falso y lo que ocurre es que dan resultados a medio o largo plazo. Actuar de acuerdo a esa visión equivocada de las cosas lleva a adoptar medidas populares pero miopes, al “pan para hoy y hambre para mañana” o al muy español “ya veré como lo pago”.

Esta no inmediatez entre la aplicación de una medida y sus resultados, contradice la visión simplista que el pueblo llano tiene, y que el populismo afianza, de los políticos y la política. En el ideario de las clases populares el poder de un gobernante se parece más al de un dios que al que realmente tiene un cargo electo y eso es porque sus componentes razonan, insisto, por apariencia y analogía. Yo tengo dinero y me lo puedo gastar en lo que quiera, ¿no? Entonces, el Gobierno tiene dinero y se lo puede gastar en lo que quiera. O hacer las leyes que quiera, o poner los impuestos que quiera, o expropiar las casas de los bancos y dárselas a los pobres, o prohibir o permitir lo que quiera. Pero en realidad no es así y la explicación de por qué es larga y trabajosa, es complicada.

“Es complicado”. Parece que no hago más que decir eso. ¿Cuántas veces habéis visto en alguna película como alguien con un grave problema se dirige a alguien con poder, le pide ayudacapture y, cuando el otro le dice que no puede hacer nada y le pregunta por qué contesta “es complicado”? Bueno, pues es que lo es. No es porque el poderoso sea un desalmado, un corrupto o un malvado(2). Es porque no puede. Pero nadie quiere oír eso. Todos queremos que el hijo de Denzel Washington se salve y no nos importa cómo, todos queremos salvar los orfanatos(3) y a nadie quiere oír hablar de campañas para aumentar la satisfacción por la compra de un vehículo nacional previamente adquirido. Pero es que, de verdad, no es tan sencillo.

Pero hay más. No es solo que el populismo sea falso, es que además es mentira. Una falsedad es una mera disconformidad entre lo expresado y la realidad, como puede serlo por ejemplo una equivocación, pero una mentira es decir lo contrario de lo que se piensa con intención de engañar. Uno puede decir una falsedad y ser honesto, pero no puede mentir y ser honesto.

No es que esto sea así el cien por cien de las veces, claro. Un líder populista puede estar sinceramente equivocado respecto a la complejidad de las cosas y el ejercicio del poder, particularmente si es un líder sin formación y experiencia. Hay veces que el populista verdaderamente comparte la cosmovisión del pueblo llano, verdaderamente cree que las cosas son así de simples, que todo tiene solución si hay voluntad política y que, como a él le sobra, va a poder ayudar a su gente y resolver el asunto en dos patadas ™. Pero, en general, las cosas no son así.

Prestemos atención por un momento a los líderes populistas que campan ahora mismo por Occidente. Pablo Iglesias, un profesor universitario, precisamente especializado en el gobierno de la cosa pública. Marie le Pen, abogada y política de carrera hija de otro político (y politólogo) de carrera. Silvio Berlusconi(4), un gigante internacional de los medios de comunicación. Jaroslaw Kaczynski, abogado, doctor en derecho y político de carrera. Strache, un médico que lleva 25 años en política. Tsipras, un ingeniero civil con máster en urba20151212_ldd001_0nismo y obras públicas…

Y Trump, claro, no nos olvidemos de Trump…

Todos ellos, como veis, gente educada, preparada, sofisticada, capaz de entender la complejidad del mundo real y los conceptos de repercusión a largo plazo y causa oculta, de Estado de Derecho y separación de poderes. Cuando este tipo de gente usa el populismo no lo hace porque piense lo mismo que el pueblo llano, lo hace manipularlo ofreciéndole esperanza, empatía, y soluciones a sabiendas de que no son aplicables(5). Diciendo lo contrario de lo que piensa con intención de engañar. Mintiendo. Es posible que el populista tenga verdaderamente los intereses de la gente a la que se dirige en mente y no intente simplemente ascender al poder sin importar mucho los medios, pero si es así solo puede ser porque se cree inherentemente mejor que esa gente, a la que desprecia en realidad lo suficiente como para ni siquiera intentar explicarle como son las cosas en realidad  y a la que cree justificado usurpar la soberanía con una mentira blanca. Es posible, en pocas palabras, que el populista crea que manipula a la gente por su propio bien y a lo mejor a alguien con una ética muy finalista le parece bien, pero a mí no. A mí me asquea.

Me asquea porque el populismo se aprovecha de los más débiles. De los simples, de los poco educados, de los pobres, de  los que lo pasan mal, de los parados de larga duración, de los obreros sin cualificar que ven como su empresa cierra y se va a México y no saben qué va a ser de ellos, de los jóvenes que no ven como meter la cabeza en el mundo laboral, de los padres que ven sufrir a sus hijos, de los que van de un empleo a otro y no ven el momento de tener estabilidad para poder sentar la cabeza. De gente que lo que necesita es una especial protección y consideración y no ser utilizados como carne de urna y para la que yo, por cierto, tampoco tengo una solución inmediata que ofrecer pero a la que no miento diciendo que la tengo y sabiendo que no es así.

Yo he estado desesperado y sé lo que es. Cuando estás desesperado te agarras a cualquier clavo ardiendo, buscas una solución, una salida, un rayo de luz donde sea, porque la desesperación acaba en el suicidio. Pasarlo mal es una cosa, pasarlo mal y tener el convencimiento de que las cosas no van a capturemejorar es infinitamente peor. En estas circunstancias uno está tan sediento de la mera posibilidad de un futuro mejor que es capaz de beberse cualquier cosa que lo prometa sin importar lo mal que huela. Bien, no sugiero que en Occidente hayamos alcanzado colectivamente estos niveles de desesperación, pero sí otros distintos y tenemos tantas ganas de oír que las cosas se van a solucionar, que todo va a ir bien, que nuestro nivel de suspensión de incredulidad parece el de Ned Flanders(6). Ya analizaré por qué ocurre esto, y hasta qué punto es cierta esta percepción, pero el hecho es que hay un conjunto importante de la sociedad occidental que se siente pobre, olvidada, inútil, oprimida, deprimida.

Resulta muy fácil, cuando las cosas van bien, decir que cierta gente no medita sus actos y toma malas decisiones. Pero cuando las cosas van mal todos estamos dispuestos a tomar decisiones cada vez más arriesgadas hasta llegar al punto de tomar las “decisiones desesperadas” porque “no tenemos nada que perder”, o su primo político “total, peor no puede ir”. Discursos que nos parecerían dignos de manicomio o al menos de ostracismo social en buenas circunstancias de repente pierden esa condición y empiezan a resultar atrayentes. ¿Por qué? Porque necesitamos creer en algo, en concreto, necesitamos creer que las cosas van a mejorar; y si el precio de creer que las cosas van a mejorar es creer que este señor las va a arreglar, sea. Tampoco pierdo tanto y es que además lo que dice tiene sentido

Y esto nos lleva al cuarto problema: el populismo agrava los problemas que dice querer resolver. No es simplemente que, como podéis ver en el ejemplo de más arriba, en el caso de que el populista llegara al poder e implementara su programa la situación iba a empeorar a medio make-america-gre-youre-making-it-worseplazo porque las cosas no son tan sencillas, al populismo no le hace falta llegar al poder para perjudicar aún más la situación. La sangría de votos que los gobernantes experimentan les fuerza a tomar medidas cortoplacistas pero visibles, a posponer las reformas necesarias pero que solo dan resultado a medio y largo plazo y probablemente supongan un empeoramiento en el corto plazo, para intentar detenerla. En otras palabras, el populismo obliga a todo el mundo, total o parcialmente, a jugar al mismo juego, que es uno en el que todos pierden salvo el populista porque, no importa cuánto populismo se pueda hacer desde el Sistema, el outsider tiene siempre las de ganar(7). ¿Por qué? Porque como nunca ha gobernado “no tiene la culpa de nada” mientras que quienes han tenido el poder sí que la tienen y, lo que es peor, tienen además la culpa de no actuar, o de no actuar con “suficiente decisión”, de no aplicar esas medidas tan obvias, tan sencillas, tan de sentido común que presenta el populista y que quien está en el poder sabe que son perjudiciales o, simplemente, imposibles(8).

El populismo no es que simplemente se aproveche de la ignorancia del pueblo llano respecto a la complejidad de la función de gobierno, es que reafirma esa idea. Con esto lo que consigue es que el buen político, el que sí que sabe lo que se puede y lo que no se puede hacer y cómo hay que winston-churchill-bad-quotehacerlo y encima presenta las cosas como son, sea injustamente vilipendiado y despreciado en favor de quien, por desconocimiento o por malicia (y suele ser malicia) le acusa de inacción o incompetencia, de no resolver ya los problemas del ciudadano cuando puede hacerlo entre otras cosas porque, sabe que, como este intente explicarse, su electorado objetivo no va a escuchar la respuesta porque, simplemente, va a ser demasiado larga y compleja. Es el “sí se puede”, el “todo es cuestión de voluntad política”, el triunfo del slogan sobre el debate, del populismo sobre la política. Otra de las razones por las que hay que cortar con estas prácticas por lo sano.

Nos queda una última razón, la más grave y por la que en este momento pienso que, a medio plazo, el conflicto armado es inevitable. Pero sobre la evolución del populismo cuando por fin toma el poder y lo que puede pasar en Estados Unidos y en Occidente en pocos años hablaremos, si os parece la semana que viene.

Salud y evolución,

Arthegarn

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(1) Nota para juristas y aficionados: lo que dicen exactamente esos artículos es que la posesión de bienes muebles adquirida de buena fe equivale al título (464 CC), que la buena fe se presume (434 CC) y que no se puede obligar al poseedor que se declara propietario de un buen mueble a exhibir el título de propiedad (448 CC). Todo el ejemplo está basado en  una discusión de hace unos días en mi muro de Facebook a la que remito a los curiosos porque fue entre abogados, policías, y otros peritos en el tema.
(2) He buscado por Internet pero lo mejor que he encontrado para describirla es este artículo, me sorprende que no tenga su propia entrada en Wikipedia o algo así. Básicamente es una fórmula que predice quien va a ganar las elecciones presidenciales en Estados Unidos usando solo seis factores (siete si contamos el de guerra que no se ha usado desde que se creó la fórmula). Solo se ha equivocado una vez y fue el año de Ross Perot, un tercer candidato que hizo variar mucho el supuesto bipartidista en el que se asienta. Por si os lo estáis preguntando, sí, predijo que iba a ganar Trump y yo lo sabía, pero pensaba que la personalidad del candidato daría al traste con la predicción. En mi defensa, el propio Raymond Fair pensaba tres cuartos de lo mismo. ¡Nadie está libre del pensamiento ilusorio!
(2) Por supuesto, hay poderosos malvados, corruptos y desalmados, pero la inmensa mayor parte de las veces no es por esto.
(3) Me encanta esa escena porque todo, absolutamente todo lo que hace Kevin Kline es imposible, cuando no ilegal, en el mundo real. Está escrita así adrede, por cierto. Si no la habéis visto y tenéis un rato buscadla, en español se llama Dave, Presidente por un Día y es muy entretenida para una tarde de domingo en el sofá.
(4) Me encanta el ejemplo de Silvio Berlusconi, un populista de manual. Utilizó el procedimiento para llegar al poder y luego, una vez en él, si te he visto, no me acuerdo.
(5) O, al menos, que no son aplicables con la facilidad e inmediatez que da a entender.
(6) Que hace todo lo que le dice la Biblia, incluso las cosas que contradicen otras cosas.
¿Os suena? Hablé de esto el mes pasado, en El Corazón, a la Izquierda, pero cuando escribí ese artículo, pese a que usé varias veces la palabra populismo, no fui capaz de identificar correctamente lo que me chirriaba del adoctrinamiento del PSOE a la izquierda  sociológica española. Ahora lo veo mucho más claro, el PSOE lleva décadas haciendo un populismo parcial y de sistema y, como era predecible, ahora se lo está comiendo por los pies un populismo total y extrasistema. Cría cuervos y… patada en los cojones.
(8) Volveré sobre esto en el próximo artículo, pero muchas medidas populistas y populares como, qué se yo, la dación en pago retroactiva, son imposibles de acometer desde el Gobierno porque son ilegales. Porque son anticonstitucionales. Porque violarían derechos fundamentales. En otras palabras: aunque los gobernantes actuales quisieran aplicarlas, que no quieren, no podrían hacerlo.

¿Puede un hombre ser feminista?

Por citar a Jessica Fillol en su interesante artículo ¿Cuál es el papel de los hombres en el feminismo?: “¿Y a mi qué me importa?”

Probablemente la mayor parte de mis lectores estén un poco sorprendidos con la pregunta. No me extraña. Es obvio que un hombre puede ser feminista, igual que una mujer puede ser machista, ¿verdad? Y los aliados son esos que ganaron la II Guerra Mundial…

Bueno, pues resulta que no. Dentro del feminismo(1) militante(2) hay una discusión bastante encarnizada, no solo sobre el papel de los hombres en el movimiento, sino sobre si los podemos ser feministas o si, como privilegiados por el patriarcado, como máximo podemos ser aliados de las mujeres, que serían las únicas feministas.

Probablemente no lo esté explicando bien y la polémica sea muchísimo más compleja y sutil, pero es que, honestamente, no la entiendo. Hasta ahí llego. Me parece bizantina y estúpida y además me cabrea, pero ya llegaremos a ello. Para mi una persona es feminista si comulga con la doctrina del feminismo (tenéis definiciones a pie de página) y vale.hombre-feministas Crear una categoría dentro del feminismo compuesta por los hombres feministas para, primero, cambiarle de nombre y acto seguido negar que sus integrantes sean realmente feministas (condictio sine qua non para pertenecer al grupo de origen) me parece una aberración. Más allá de la elemental lógica de clases, si un hombre trata a las mujeres como iguales, entiende que por el mero hecho de ser hombre en esta sociedad ha tenido y tiene las cosas más fáciles(3), considera que esto es injusto, renuncia voluntariamente a ese privilegio(4) y busca su desaparición en la sociedad en general, ¿Cómo no va a ser feminista? ¿Cómo no vamos a llamarlo feminista? Si es que Mateo 7:20(5), carape…

Haciendo un esfuerzo por entender con lo que no estoy de acuerdo y una metáfora bélica podemos considerar el feminismo como la lucha de la liberación de la mujer(6). Desde esa óptica puedo entender, creo, lo que quiere decir una feminista miltante cuando dice que los hombres no podemos ser feministas:  quiere decir que no es mi lucha, que es la suya. Pero esa posición, esa actitud, me parece equivocada tanto en el sentido técnico como en el estratégico.

Es una equivocación técnica porque no es cierto, sí que es mi lucha. Extendiendo la metáfora bélica es como si DeGaulle le dijera a Patton en 1944 que como no es francés no puede luchar por la liberación de Francia, que no es su lucha. Vale que DeGaulle nunca hubiera dicho algo así (y menos a Patton, que tenía muy mala leche), pero entendéis lo que quiero decir. Es cierto que a un estadounidense no le va tanto en esa lucha como a un francés, que lucha por ubsl7ofsu libertad y su tierra, pero de ahí a que no luche por la libertad de Francia y que sea simplemente un aliado de los franceses hay un mundo. Si coges un fusil y arriesgas tu vida para que los ejércitos aliados lleguen a París, estás luchando por la libertad de Francia: son tus acciones las que determinan lo que eres, no la etiqueta que te quiera conceder algún francés. De la misma manera, si de verdad creo en la igualdad de oportunidades y la injusticia inherente del patriarcado soy un feminista (y, ya, si encima lucho por ello y soy coherente, la leche, oiga). Puede que no esté luchando por mi propia liberación ni por mejorar mi situación y que solo esté luchando por lo que creo que es justo y bueno, pero el hecho de que no haya expectativas de beneficio personal en mi lucha no hace que sea menos mía.

Pero es que, además, es una equivocación desde el punto de vista estratégico. No hay nada que ganar, y sí mucho que perder, en alienar a quien lucha por lo mismo que tú diciéndole que no es un auténtico luchador porque a él no le va nada en el asunto. O por la razón que sea. Volviendo al ejemplo anterior, ¿qué tendría que ganar DeGaulle diciéndole semejante cosa a Patton? Nada en absoluto. Bueno, quizá pudiera ganar algo en términos de moral de sus propias tropas francesas, infundiéndolas el espíritu de únicos luchadores por Francia como quien sé declara Único Defensor de la Fe Católica, pero en términos estratégicos es un error porque lo que se arriesga a perder es muchísimo más. En el peor de los casos Patton podría decirle “¿Sí? Pues ahí te quedas, listillo, voy a hablar con Ike y Monty y te entiendes tú con los alemanes”. Y a ver qué pasaba entonces…

Entiéndaseme bien. No quiero decir con esto que si no me dejan ser feminista me enfado y no respiro (entre otras cosas porque tengo claro lo que soy) y muchísimo menos que las feministas tengan que estarnos agradecidos a los feministas por nuestro heróico y galante comportamiento. Lo que quiero decir es que esta no es una guerra entre ejércitos que se desarrolle en Francia, sino una guerra de ideas que se desarrolla en nuestras mentes. La única forma de vencer es convencer, y para convencer no basta la fuerza bruta de la razón o la lógica(7); para convencer hay que vender, hay que seducir, hay que producir en el otro la sensación de que tenemos razón. Y esa sensación no es nada fácil de lograr, particularmente cuando tienes que luchar con el rechazo visceral que le produce a todo hombre la intuición de que va a tener que reevaluar todo lo que opina de si mismo porque cada triunfo que ha  conseguido en su vida en realidad está viciado (ver nota 3). Ya es bastante difícil hacer a un hombre feminista como para decirle encima que, si está dispuesto a tragarse el sapo anterior, la recompensa será el palo de saber que como mucho llegará a luchador de segunda porque las feministas de verdad, las pata negra, solo pueden ser las mujeres. Por esto digo que este tema14585843938510 me cabrea, porque es una manera maravillosa de poner chinas en el camino, un camino que yo estoy andando porque, queridas, sí es mi lucha.

Termino. El feminismo será con los hombres, con las mentes de los hombres, o no será. Y, aunque quede muy bonito e ilusionante pensar que el feminismo tiene que trinufar porque es justo, la verdad es que casi nadie hace nada pura y simplemente porque sea justo. Tiene que haber una recompensa al final porque la mente humana funciona así, buscando el placer y no la justicia. Y esa recompensa puede ser tan pequeña como la posibilidad de ver que puedes reconstruir tu autoestima y redefiniéndote como feminista, pero tiene que estar ahí. Negar esa opción nos pone, a todas, las cosas todavía más cuesta arriba de lo que están.

Un estadounidense nunca será un miembro de la Resistencia porque esos sí que solo pueden ser franceses; pero desde luego puede luchar por la libertad de Francia y ser tu hermano, o tu hermana, en la trinchera. Allons, filles de la Patrie!

Arthegarn.

(1) A efectos de este artículo vamos a entender como feminismo la doctrina que defiende la igualdad efectiva de derechos, obligaciones y oportunidades entre hombres y mujeres, sin discriminación de ningún tipo (social o legal) por razón de sexo. Que es la definición casi de diccionario. De esa forma, “feminista” sería la persona que comparte esta doctrina.

(2) A efectos de este artículo vamos a entender como feminista militante aquel feminista que lucha activamente para promover el feminismo. Al igual que no es lo mismo ser cristiano que ser misionario, no es lo mismo ser feminista que ser feminista militante (o un activista del feminismo, que vendría a ser lo mismo).

(3) Esto no es nada, nada fácil de entender para un hombre. ¿Sientes, querido lector, una sensación desagradable y un rechazo instintivo a esta idea? Es disonancia cognitiva. Lucha contra ella. Haz un esfuerzo por entender verdaderamente lo que quiere decir ser un hombre en una sociedad dominada por hombres con una cultura en la que se da por sentado que el hombre es el dominador, y considera las ventajas que tienes, aunque no las quieras, solo por ser hombre. Imagina que naufragas y llegas a una isla en la que vive una tribu de calvos gobernada desde tiempo inmemorial por la única familia con pelo en la cabeza. ¿Cómo sería tu vida en esa isla comparada con la de cualquier miembro de la tribu, cuántas ventajas tendrías, las quieras o no, solo por tener pelo? ¿En la forma de tratarte? ¿En lo que te cuesta convencer a alguien de un argumento? ¿En la disposición a confiar en ti? Pues algo así son las ventajas de ser hombre, tan sutiles muchas de ellas, tan imbricadas en nuestra cultura que no nos damos ni cuenta de ellas. ¿A que duele, a que es desagradable lo que sientes? Lo entiendo perfectamente, yo pasé por lo mismo y no es fácil. No es fácil porque ponen en duda todo lo que crees saber de ti, sacude tu autoestima, relativiza el valor de tus logros porque lo has tenido más fácil que otras. ¿Cuál es tu sitio en este nuevo mundo? ¿Quiere esto decir que todo lo que he logrado es injusto? ¿Qué he estado haciendo trampa desde el principio sin saberlo? ¿Y qué haces ahora? Pues agárrate, amigo lector, que vienen curvas. Y, si decides hacer el esfuerzo, que es considerable, de integrar este conocimiento en tu persona, enhorabuena: has dado tu primer paso hacia un mundo sin limites.

(4) En la medida de lo posible, porque no es fácil renunciar a un privilegio cuando estás inmerso en una sociedad que se empeña en dártelo a todas horas. Rule of Acquisition 217: You can’t free a fish from water – y en realidad sí que puedes, pero para eso tienes que convertir al pez en un anfibio y eso lleva mucho tiempo.

(5) “Por sus frutos los conoceréis”

(6) Que no es solo eso, aunque la liberación de la mujer sea la consecuencia más visible del feminismo. Siempre conviene repetir que el machismo nos perjudica a todos, no solo a las mujeres, y que los hombres también tenemos algo que ganar con este cambio. Oh, globalmente nos beneficiamos del patriarcado, desde luego, pero esos privilegios no vienen libres de su precio. “Sé un hombre” es lo primero que se ve en la etiqueta, pero hay más.

(7) Si lo sabré yo…”

El maldito maximalismo

In my experience the trouble with oaths of the form ‘death before dishonor’ is that eventually, given enough time and abrasion, they separate the world into just two sorts of people: the dead, and the forsworn.” – Miles Vorkosigan, A Civil Campaign.

Decía Aristóteles que la virtud está en el término medio y me parece una verdad como un templo. Los extremismos nunca llevan a nada bueno y entre ellos temo que, pese a quien pese, se encuentra el idealismo. Intentar hacer encajar la realidad en un modelo ideal  es poner el caballo detrás del carro, entre otras cosas porque la realidad es analógica y no digital(1) y lo que lo que funciona de verdad es: primero, observar la realidad; luego, reducir lo observado a un modelo mental que nos permita hacer experimentos; a continuación, someter el modelo a falsado y por fin, si se sostiene, utilizarlo para predecir el futuro. Razonar y operar como Platón, pensando que loaristoteles_platon ideal es lo perfecto y lo real una copia burda e inexacta es un error de tomo y lomo porque es exactamente al revés, es el mundo de las ideas el que es un facsímil del mundo real.

Esta confusión de causa y efecto lleva a una mayúscula incomprensión de un mundo que “no se comporta como debiera” y, aunque debería ser obvio que si tenemos una idea de cómo se comporta el mundo y el mundo no se comporta así es que nuestra idea está equivocada, sigo encontrando fascinante la cantidad de gente que dedica ingentes esfuerzos a convencerse de que en realidad su modelo es correcto a pesar de la evidencia e intenta racionalizarla a su conveniencia y (lo que es mucho peor) convencer al resto del mundo de que su mentira es verdad.

El idealismo, como todo extremismo, es malo. Y últimamente estoy viendo como algunos de mis amigos más idealistas están exteriorizando su ideología y aplicándola a la realidad a través de un recurso que he venido a llamar el “maldito maximalismo”.

Consiste el maldito maximalismo en un proceso de falsado extremo tal que se toma una idea, institución o realidad, se le busca un fallo y, cuando se encuentra, se rechaza de plano y en su totalidad esa idea, institución o realidad porque es demostrablemente imperfecta.

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“¡Que no os enteráis, so berzas!”

Cuando este maximalismo se combina con una ideología infalsable (o muy difícilmente falsable) tiene el resultado de que se rechazan todas las opciones disponibles en la realidad, que se han demostrado indignas, en favor de otra que no puede demostrarse indigna, al menos de momento, precisamente porque es infalsable. El idealista puede tener muy claro a dónde quiere ir y no querer replantearse su destino, pero el maldito maximalista no es solo que sepa a dónde quiere ir sino que además sabe cómo hay que hacerlo y considera que cualquier otro camino que no sea el suyo es inaceptable. Los que no comparten sus ideas son, con suerte, dignos de lástima y, con menos suerte, dignos de desprecio e incluso odio, quien no está contigo está contra ti; quien no comparte tus ideales y planteamientos está, por desconocimiento o por pura y simple maldad, perjudicándose a sí mismo y al resto de la humanidad – y debe ser detenido.

Voy a poner un ejemplo de actualidad: la gente que, a pesar de todo, sigue votando al P.P. ¿Cómo puede haber gente que siga votando al P.P. cuando está clarísimo que es un partido que2ds1s3b ha estado corrompido a nivel institucional, es decir como organización, no solo a través de algunos de sus miembros?  ¿Cuando presenta machaconamente como candidato a un pelele como Rajoy que gobernar, lo que se dice gobernar, gobierna lo menos posible y que además ha sido el responsable último de la mencionada organización corrupta? Más allá de si su gestión ha sido buena, mala o inexistente el hecho es que es un partido corrupto que presenta a un corrupto y a un partido así no se le puede votar.

Otro ejemplo: la economía y los economistas. Una y otra vez los gurús y lumbreras de la economía nos vienen a decir que hay que bajar los sueldos, o los impuestos a las empresas, o flexibilizar el mercado de trabajo, o lo que sea, para crear empleo. Pero desde hace años los sueldos son cada vez más bajos y las empresas pagan menos impuestos y el empleo es cada vez más precario y seguimos sin crear empleo, ¿cómo puede la gente seguir fiándose de ellos? ¿Cómo podemos seguir usando esos métodos? ¡Si es que está clarísimo que fallan, una herramienta así no se puede utilizar!

Y ejemplos como esos dos, hasta el aburrimiento. Con el añadido, insisto, de la intolerancia hacia quienes tienen un comportamiento contrario a estos obvios razonamientos ya que, independientemente de que lo hagan por desconocimiento o por malicia, ¡están haciendo cosas que van contra mis intereses el bien común! ¡Deben ser detenidos! ¡Por el bien de la sociedad e incluso el suyo propio!

El problema del maldito maximalismo es que, además de ser muy vehemente y por tanto Screen-Shot-2014-09-16-at-10.25.46-AMde muy difícil diálogo, utiliza el procedimiento “muerto el perro se acabó la rabia”. Divide el mundo en dos categorías: lo que es bueno y funciona siempre, lo perfecto; y todo lo demás, que es lo malo y lo que no funciona. Pero la realidad es mucho más compleja que esas dos categorías y si intentas reducirla a las mismas es normal que no entiendas por qué la gente se comporta como se comporta, porque es que las cosas no son blancas o negras, útiles o inútiles, buenas o malas como las describes.

Por ejemplo, yo no voto ya al P.P. pero puedo imaginarme sin demasiado esfuerzo por qué hay gente que lo sigue haciendo. Votan lo que votan a pesar de, y no por causa de, Rajoy y la corrupción. Votan lo que votan porque sinceramente piensan que, aunque el P.P. no sea perfectos, es la mejor alternativa que existe, la que mejor les representa de entre todas las opciones disponibles, con la que más de acuerdo están, la que creen que va a defender mejor sus intereses. Cuando se ven en la tesitura de votar P.P. o arriesgarse a que gobierne otro partido con el que están en profundo desacuerdo pues vuelven a apoyar a los mismos. A pesar de, y no a causa de o ignorando, todos sus defectos.

Con la economía, lo mismo. En efecto, los economistas se equivocan a veces. A veces de cabo a rabo. Pero considerando todas las alternativas, nuestros gobernantes pueden tomar sus decisiones en política económica basándose en los mejores datos y las mejores predicciones que tenemos, a sabiendas de que no son exactos ni garantía de nada, o ignorarlos y tomar las decisiones al tuntún. Y los economistas se pueden equivocar a veces al hacer predicciones, particular y espectacularmente en el largo plazo(2),

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Leedlo, leedlo

pero el punto clave es que si un modelo o una herramienta predice el futuro con mayor índice de acierto que una predicción a ciegas, entonces es preferible usar esa herramienta a tomar la elección a ciegas. Aunque sepas que es posible, incluso que es probable, que al final se equivoque.

El maldito maximalismo hace que la gente vea el mundo y lo que hay en él en términos de todo o nada y, como tenerlo todo es claramente preferible a no tener nada, en nombre de  ese objetivo renuncia a muchísimas opciones que, de hecho, muchas veces ni siquiera ve. Porque en realidad entre estos dos extremos hay una inmensa gradación de estados en los que uno no lo tiene todo, pero tiene algo, y el maldito maximalismo te hace obviarlos y olvidar el hecho de que, aunque sería guay tenerlo todo, también es preferible tener algo a no tener nada.  Quien cae en las garras del maldito maximalismo olvida esto y, por querer tenerlo todo, acaba perdiendo el algo y al final no teniendo nada. Así que cuidado con él, amigo lector. Y creas ser maximalista o no, mírate bien los bolsillos. Muchas veces uno no sabe lo que tenía que perder hasta que lo pierde.

Salud y evolución.

Arthegarn___________________

(1) La frase no es mía, es de Zor de la era DarkSpain. La uso porque todo modelo es, por definición, una simplificación de la realidad, una eliminación de detalle y exactitud de una forma semejante a como se graba la música digital reduciendo una curva a una serie de barras.
(2) No os fiéis nunca de una predicción económica a largo plazo. Las variables y los imprevistos son demasiados para que tengan la más remota fiabilidad, me permito remitirme al más entretenido de lo que cabría sospechar Cisne Negro de Nassim Taleb.

Sobre el valor y el ejercicio de la libertad de expresión.

Abre tus labios solo si lo que vas a decir es más hermoso que el silencio.”
Proverbio árabe.

Le debo a mi querido amigo Eduardo Marqués, desde hace una semana una respuesta a su artículo sobre la masacre de Charlie Hebdo, que más parece una arenga a las tropas que la inteligente reflexión liberal que suelo esperar de él(1). Desgraciadamente no me va a dar tiempo a tratar uno por uno los puntos del mismo, como me hubiera gustado, pero sí que me voy a meter en sutilezas con el asunto de los límites de la libertad de expresión.

La primera idea perniciosa con la que tenemos que acabar es la de que la libertad de expresión no tiene límites porque sí que los tiene. Podemos discutir, como intentaré hacer en este artículo, donde están esos límites, pero el hecho es que sí que los tiene y que están marcados de dos formas: convencionalmente por las leyes y éticamente por el principio del daño(2). Los límites convencionales (legales) varían de nación a nación y de cultura en cultura y en pueden llegar a ser tan estrechos que, a la hora de la verdad, nieguen lo que intentan definir(3) por lo que no creo que sean relevantes a estos efectos; pero los límites éticos sí.

El primer y fundamental derecho que tiene la persona es a que le dejen en paz. A que no le maten ni le hieran ni le quiten lo que es suyo. Y en este derecho se incluyen tanto la protección contra los daños materiales como los morales. Lo de la protección de los daños materiales es bastante fácil de ver: yo tengo derecho a que nadie me de una paliza o me robe o me corte un brazo; requiere un poco más de perspicacia. El hecho es que existe alrededor de cada persona un conjunto de ideas intangibles en las que se apoya la parte más humana, social e intelectual de su vida, y que tiene uno tiene derecho a que nadie dañe ese bien que no por intangible es inexistente.

Como lo que acabo de decir se presta a muchas interpretaciones y utilizar las palabras exactas es bastante farragoso(4) voy a poner un ejemplo cercano: tú tienes derecho a tu imagen pública (que es un conjunto de ideas que existen alrededor de cada uno, específicamente sobre uno mismo y al que se dedican ingentes esfuerzos para configurar de un modo específico) y a que nadie la destruya. Si alguien va diciendo de ti que eres un ladrón y un sinvergüenza la gente no se fiará de ti: no encontrarás trabajo, nadie te prestará nada ni te alquilará nada, no encontrarás pareja y a lo mejor incluso pierdes amistades que no quieren contaminar su propia imagen por asociación. Por mucho que digan los ingleses aquello de que sticks and stones may break my bones but names will never hurt me lo cierto es que sí que sí pueden. Y como.

Queda claro pues que uno tiene derecho, como mínimo, a que no se le calumnie, a que nadie le joda la vida con mentiras(5). Establecido pues que la libertad de expresión tiene ciertos límites, lo que tenemos que preguntarnos es dónde están.

Por ejemplo, ¿qué pasa si alguien dice que soy un ladrón y un sinvergüenza y es yo en realidad soy un ladrón y un sinvergüenza? Entonces no me está calumninando, me está describiendo; no está contando una mentira sobre mí, está de hecho deshaciendo una mentira (mi falsa apariencia de honradez) para que brille la verdad. Recurrimos en este caso otro derecho, previo al de la libertad de expresión, que es el de la libertad de información. Si algo es cierto yo tengo el derecho (algunos pensamos que el deber) de difundirlo, y ese derecho es superior al derecho a la propia imagen. ¿Por qué? Porque la sociedad en su conjunto se beneficia de la verdad. Si eres un sinvergüenza, yo lo sé y no se lo digo a nadie, la sociedad se verá perjudicada porque continuarás aprovechándote de los demás; pero si eres un sinvergüenza y yo lo cuento la sociedad se verá beneficiada ya que estará al corriente de tus deshonestidades y podrá estar en guardia contra ti. En efecto, el derecho a la información está por encima del derecho a la propia imagen, siempre que la información difundida sea cierta(6). Lo que nos lleva al derecho a la libertad de expresión.

La libertad de expresión es hija : (i) de la libertad de conciencia, que dice que yo tengo derecho a pensar lo que me de la gana y a creer lo que me parezca bien(7) y (ii) de la libertad de información, que dice que yo tengo derecho a informar de hechos ciertos; y entra en juego cuando yo informo de una opinión, de una creencia que, aunque no puede ser demostrada, tengo la certeza moral de que es verdadera. Por ejemplo, puede que no sea cierto, o que no sea demostrable, que Bárcenas es un ladrón y un sinvergüenza, por lo que no tengo derecho a divulgar que lo sea. Pero lo que sí que es cierto es que yo creo que lo es y ese hecho tengo derecho a divulgarlo. Es en estos casos coando entra en juego esa especialidad del derecho a la información que llamamos derecho a la libertad de expresión.

Ahora bien, tampoco es ahí donde están los límites de la libertad de expresión. Si se limitara a la veracidad del hecho de que yo tengo una creencia X la libertad de expresión ampararía que yo difundiera, por ejemplo, que creo Hitler fue un gran hombre, que creo que el mundo estaría mejor si judíos (o sin moros, o sin gitanos), que creo que los negros son una especie inferior que nunca deberían tener acceso a la ciudadanía o que creo que los problemas de España se solucionarían en dos patadas con una guillotina en cada plaza por la que pasaran un buen puñado de [políticos / empresarios / vagos y perroflautas / banqueros / comunistas / fachas / rojos / catalanes / vascos], para que aprendan. O que creo que el sitio de las mujeres está en la cocina y que si le llevan la contraria a su marido se merecen un buen guantazo. ¿Verdad?

Queda claro que no. Que resulta que hay cosas que no las puedo decir. Aunque sean ciertas (porque sea cierto que lo pienso). La libertad de expresión no es una tarjeta de “salga de la cárcel gratis”; va a resultar no solo que tiene límites sino que son más estrechos de lo que aparecen en determinados discursos populistas y libertarios. Pero ¿por qué? Y, sobre todo, ¿dónde están los límites?

La razón por la que la libertad de expresión, o de hecho por la que cualquiera de nuestras libertades, tiene límites es porque el ejercicio de nuestras libertades tiene efectos sobre los demás y fb14215b8d52b1d0c690abd8a186e4c0y que esos efectos no son siempre positivos(8). El ejercicio ético y responsable de nuestros derechos implica preguntarnos sobre las consecuencias, no solo sobre nosotros sino sobre los demás, incluso mediatas y a largo plazo, que tiene el que yo realice una acción que aparentemente está permitida en abstracto. Supone, en otras palabras, dejar el mundo teórico y bajar al mundo real en el que vive (y sufre) la gente. Supone preguntarse, humilde y responsablemente, si voy a hacer más mal o más bien a la sociedad y a mi prójimo con la acción que considero, con la opinión que quiero difundir; preocuparse no solo por los derechos de uno, sino por los de los demás, entre otros a no sentirse insultado o agredido. Porque, como creo que todos sabemos, la integridad y la estabilidad emocionales son preciosas para todos, hasta el punto de ser indispensables. Cuando alguien ataca nuestra estabilidad emocional nos produce un daño, que en muchos casos se traduce en un dolor físico y que puede llevar a diversas enfermedades e incluso a la muerte(9). Y eso no solo nos pasa cuando nos atacan a nosotros; en muchos casos es mucho peor cuando atacan a quienes amamos. Es lo que tiene el amor, que nos hace empáticos con la persona amada, que cuando sufre ella sufrimos nosotros y que en muchos casos nos resulta más fácil soportar nuestro propio sufrimiento que el de aquellos a los que amamos. Ese daño, ese dolor, es real; y un ciudadano consciente, un ser humano íntegro, no puede vivir su vida ignorando el dolor que causa entre sus semejantes. Y, aunque resulte difícil de creer para algunos, ese amigo imaginario de los creyentes, Dios, es para ellos tan real como para vosotros vuestra madre, pareja o hijos; y cuando se le insulta, se le veja o se le hace de menos, les duele. Y mucho. Y como faltarle a tu madre a ti es faltarle a Dios a los creyentes, a la Corona a los monárquicos o sacarle a relucir el Libro Negro del Comunismo a un comunista.

¿Significa esto que deberíamos prohibir los chistes de mal gusto sobre Dios? ¿Que los de Charlie Hebdo se lo tenían merecido? ¿Que deberían haberse retirado de los quioscos los libros de Salman Rushdie, o los de Richard Dawkins, o El Jueves número 1580? No. No quiero decir eso.

Lo de Charlie Hebdo, como lo de Theo Van Gogh(10), es injustificable. En primer lugar por un asunto de justicia: el hecho de que yo sea te haga daño no te da derecho a ti a hacérmelo a mí. En segundo lugar por un asunto de proporcionalidad: no importa cuánto te hayan dolido mis palabras, acabar con mi vida no es una retribución proporcional. Y, en tercer lugar porque, si dejar en manos de los ciudadanos la represión por el abuso de la libertad de expresión es mala idea (como hemos visto), dejarla en manos del Estado es infinitamente peor. La libertad de expresión es, como la presunción de inocencia, imprescindible para vivir en libertad. Limitar la presunción de inocencia es, en última instancia, favorecer que el Estado pueda meter en la cárcel a quien quiera; de la misma manera, limitar por ley la libertad de expresión es darle a quien ostente el poder la capacidad de amordazar a quien quiera, permitir a quien dirija el Estado hacerse invulnerable a la crítica, superior a sus oponentes, perpetuo en el poder. Y de eso ya hemos tenido demasiado en el pasado y ya sabemos que no trae nada bueno.

Muchos lumbreras reniegan de la presunción de inocencia cada vez que un culpable escapa de su justa sentencia por un tecnicismo y piden a gritos una justicia distinta en la que los delincuentes vayan a la cárcel, porque está claro que este sistema que permite que los culpables se escapen no funciona, confundiendo que el sistema no sea perfecto con que no funcione, y las consecuencias indeseadas pero inevitables del sistema (que algunos culpables queden libres) con el objetivo del sistemaimages Quiero pensar de ellos que son simples bobos que no se han parado a pensar en el sistema que proponen como alternativa y las consecuencias que tiene y no verdaderos proponentes de ese sistema. De la misma manera, muchos puritanos reniegan de la libertad de expresión cada vez que, amparándose en ella, se ofende o insulta a lo que aprecian y respetan, y se atreven a sugerir un sistema en el que se prohíban faltas de respeto, insultos o vejaciones como los que decimos. Como en el caso anterior, prefiero pensar que son bobos. Los insultos gratuitos a la religión, a la corona, a la patria, al Real Madrid o a lo que sea, no son el objetivo del derecho a la libertad de expresión; son las indeseables consecuencias de ese derecho con las que, sin embargo, tenemos que vivir porque la alternativa, que es vivir sin libertades, no es considerable.

Y, dicho esto, dejada clara la necesidad imperiosa de la libertad de expresión y de que el Estado no pueda legislar más que mínimamente al respecto, ¿es tanto pedir, conciudadanos, un poco de empatía? ¿Un poco de responsabilidad? ¿Es tanto pedir, que no exigir, que antes de decir o escribir o dibujar algo, pensemos si vamos a hacer daño a otro? ¿Es tan grave sugerir que cada uno, en uso de nuestra libertad individual, piense si lo que va a hacer va a causar más bien que mal, más risa que ira, más felicidad que dolor a aquellos que le rodean? ¿Tanto pedir que se piense dos veces a ver si hay alguna forma de hacer reír que no haga rabiar a nadie? ¿Y que si, tras un examen de conciencia, llega uno a la conclusión de que quizá lo que iba a hacer iba a hacer sufrir a su prójimo, a su conciudadano, no lo haga? ¿No es elegir callar una inconveniencia, un insulto, una calumnia, también un ejercicio de la libertad de expresión? ¿O es que solo quien suelta sapos y culebras y estira esa libertad hasta sus es quien auténticamente la ejerce mientras que todos los demás, la inmensa mayoría de nosotros que nos movemos dentro de esos límites intentando no pisar demasiados callos a los demás porque no queremos que sufran somos unos cobardes mojigatos incapaces de decir lo que en realidad piensan? ¿Son la contención, la paciencia y la templanza defectos hoy en día?

Pues esto, amigo Eduardo, es la autocensura. Una mezcla de empatía, responsabilidad, autocontrol… y libertad individual.

Saludos a todos,

Arthegarn__________________
(1) Y es que lo siento, amigo mío, pero desde que estás en política tratas temas complejos y delicados, como los límites éticos de los derechos humanos, con la sutileza de una carga de caballería. Quiero pensar que lo haces porque buscas el voto, si no el aplauso, de la masa indistinta que puebla la parte alta de la campana de Gauss; que dices lo que dices porque el gran público al que te diriges no llega a más y no porque te estés volviendo tosco últimamente. Pero como nunca se sabe, y como aunque yo no sea parte de tu público objetivo sí que soy uno de tus fieles lectores, me vas a -tener que- disculpar que yo, en uso de esa libertad de expresión de la que hablas, y que en mi opinión tratas con la delicadeza de una verdulera metida a taxista, te haga algunos comentarios y precisiones.
(2) Si eres liberal, claro, si eres totalitario el principio del daño te da lo mismo. Claro que en ese caso también te da lo mismo el derecho a la libertad de expresión y, ya que estamos, todos los derechos individuales ya que solo existen y son dignos de respeto en tanto benefician al colectivo…
(3) Lo de la “libertad de culto” en Arabia Saudí, por ejemplo, es simplemente increíble.
(4) La idea básica, traducida a un lenguaje jurídico-político, viene a ser que la integridad emocional es, como la integridad física, un bien jurídico que debe ser protegido por el Estado. Esto implicaría, dada nuestra concepción weberiana del Estado como único capacitado para el legítimo uso de la fuerza, que esa protección debe ser dada por el Estado y no por los particulares. El problema es que nuestro concepto de la libertad de expresión deja al ciudadano idefenso ante el ataque a ese bien y la causación del daño ya que el Estado: (i) ni es efectivamente protege al ciudadano ni le permite protegerse a si mismo y (ii) ni obtiene coercitivamente del ofensor una idemnización por el daño causado ni le permite obternerla por si mismo.
(5)Este asunto tiene particular relevancia en la sociedad actual en la que la información (y la desinformación) se mueven a tanta velocidad y son tan difíciles de controlar. ¿Alguien se acuerda de Amanda Todd? ¿O, ,ás cerca, de Carla Diaz?
(6) Incidentalmente: los que defienden que la libertad de expresión no tiene límites defienden implícitamente que tan válida y digna de protección es la mentira como la verdad.
(7) Otra cosa es que tenga razón en lo que creo y pienso, por supuesto…
(8) Ni inmediatos. Ni fáciles de ver.
(9) Y a los casos anteriores me remito.
(10) ¿Alguien se acuerda de Theo van Gogh?

La vida de Monederillo de España y de sus fortunas y adversidades

Y, ahora en serio, ¿qué esperabais? ¿Que el equipo directivo de Podemos fuera a ser puro como la Virgen María? ¿Que nunca fueran a haberse pringado? ¿Que estuvieran por encima de la tentación y la corrupción? ¿Que fueran mejores que vosotros? Porque yo, lo siento, pero ni lo esperaba ni lo espero.

La cúpula de Podemos, si es que se puede hablar de cúpula, no es tan diferente a la cúpula de otros grandes partidos. En cualquier país los políticos salen del Pueblo y son un reflejo distorsionado del Pueblo . En su imagen pública intentan parecerse todo lo posible a lo que ellos creen que sus votantes querrían ser: los conservadores se ponen corbata para ir a misa y a los toros, los progresistas se ponen corbata lo mínimo posible y critican a los conservadores por ir a misa y a los toros; los liberales van de élite intelectual y de triunfadores profesionales, los socialdemócratas van de gente moderadamente enriquecida que se preocupa por las condiciones de vida de sus conciudadanos más desfavorecidos; etc. Pero más allá de esta imagen, en su fuero interno, los políticos no son tan diferentes de sus votantes de cómo son sus votantes y conciudadanos en la intimidad, entre otras cosas: pícaros, fanfarrones e hipócritas.

Pícaros ante todo. Hace ya quinientos años que esta faceta nuestra adquirió tal importancia como para merecer un género novelesco por si mismo que, bien interpretado, nos dice mucho de nosotros mismos. En España, ser un pícaro no es inmoral. Siempre y cuando robes con ingenio y una sonrisa a quien tiene más y no hace lo bastante el-jarro-de-vino-ilustración-de-maurice-leloirpor cuidar lo suyo el latrocinio se recibe con simpatía. Es signo de inteligencia y creatividad, no de inmoralidad o deshonestidad. El pícaro es laudado y celebrado, se admira de él su capacidad para aprovecharse de las circunstancias que le rodean sin importar si tiene derecho a hacerlo o si lo que hace está bien. Y tan imbricada en el subconsciente colectivo de los españoles está esa idea que hoy en día se entiende que quien puede aprovecharse y no lo hace es porque es un tonto, no porque sea bueno y honrado. Así, el empresario menudea al trabajador su salario, el trabajador se escaquea de su puesto todo lo que puede; el ciudadano obsequia al funcionario que agiliza su trámite y el funcionario espera ser obsequiado y, por supuesto, todo el mundo, todo el que sabe al menos, defrauda en sus impuestos.

Oigo ruido de sables entre mis lectores; quiero recordaros (e informar a quien no lo sepa) de que he sido asesor tributario hasta el año pasado que dejó de compensarme. He hecho vuestras rentas, particularmente las de algunos de los que claman al cielo con mayor indignación por la corrupción de Bárcenas o Monedero, y sé positivamente que vuestra historia tampoco soportaría un escrutinio semejante. En España quien no defrauda es tonto, quien exige el IVA en sus facturas es imbécil, quien no dice que su primo de 25 años vive con él de alquilado es bobo y quien no se descuenta los cafés del desayuno como gastos de explotación es que no tiene una PYME para poder hacerlo. Por no hablar de quien se queda en paro y se tira los primeros seis meses rascándose la barriga y sin buscar trabajo porque le quedan otros 18 de prestación y “se lo ha ganado”, quien tiene una gastroenteritis que no le deja salir de la cama un lunes sí y otro también o quienes pactan –trabajador y empresario- dar solo de alta a aquel a jornada parcial aunque trabaje la completa porque así tiene los mismos servicios pagando menos seguridad social “y el resto nos lo repartimos”. Y así, con escasísimas excepciones, así es el Pueblo español, así es España y así son sus políticos.

No es en España la honradez y los principios lo que detienen al ciudadano a la hora de ir a evadir impuestos; es exclusivamente el miedo a que te pillen. Lo que ha hecho Monedero, que es desde luego fraude y deshonesto, no es diferente a lo que la inmensaimages mayor parte de los españoles haría en su lugar. ¿Intentar no declarar unos ingresos a ver si Hacienda no se da cuenta y luego, cuando se da cuenta, crear una sociedad pantalla para pagar por ellos Sociedades en vez de IRPF y ahorrarse así casi el 75% mientras se actúa “según la letra de la ley” (que no es cierto, pero bueno)? El pan nuestro de cada día. La inmensa mayor parte de vosotros lo habría hecho y ninguno hubiera denunciado a su primo si se hubiera enterado de que lo hacía, probablemente le hubierais dado una palmadita en la espalda y felicitado por su ingenio. Y así son las cosas y os he hecho la renta. La única diferencia es que Monedero, como a todos los demás políticos, está debajo de un microscopio fiscal tremendamente incómodo, un microscopio que no tenía forma de esperarse hace unos años cuando montó todo esto y que, de haberse esperado, le hubiera evitado la situación en la que se encuentra. No porque fuera más honesto, sino porque esperaría que le miraran con lupa y que, por tanto, le acabaran pillando. Pero su actitud como privatus, siendo reprensible, no me parece distinta de la de la mayoría de la que ahora se rasgan las vestiduras para criticarle.

Lo que me lleva a los otros dos pecados del español de los que hablaba antes. Primero la fanfarronería que nos lleva a afirmar en según qué círculos que somos honestos como espejos e indignarnos cuando nos ponen uno delante; luego la soberbia que lleva a otros a pensar, incluso sinceramente, que ellos nunca hubieran cometido el error y por último la hipocresía de la inmensa mayoría al montar un circo de este asunto cuando afecta a un personaje público, pero permitirlo e incluso alentarlo cuando se produce en su círculo íntimo o en su propio monedero.

Los políticos, lo digo por experiencia, no son distintos a los ciudadanos. Estadísticamente se demuestra que son menos tendentes a la corrupción y al fraude fiscal que sus votantes, pero tengo mis serias dudas de que eso sea así porque son más honestos y no porque se saben sometidos al mencionado microscopio y valoran las posibilidades de que les pillen con las manos en la masa de otra forma. Lo he dicho varias veces y lo voy a repetir: la única forma de salir de la crisis, de cambiar España y de empezar a vivir en el país y la comunidad en la que nos gustaría vivir, es cambiarnos a nosotros mismos. Es comportarnos nosotros, individualmente, de forma irreprochable; y al mismo tiempo afear y denunciar al corrupto aunque seaCurso-urgente-de-política-para-gente-decente nuestro primo el listillo. Todo lo demás es seguir aplicando el doble rasero, el exigir el cumplimiento de las normas cuando se aplican a los demás pero creer que nosotros estamos moral y éticamente justificados para saltárnoslas.

No va a llegar ningún mesías incorrupto a salvar España porque no queda nadie realmente incorrupto en España. Dejad de pensar en cómo deberían ser las cosas y pensad en como son. Los líderes de un movimiento grassroot en España, aunque el movimiento sea básicamente honesto, lo van a tener muy difícil para aguantar el tipo de análisis al que otros se llevan sometiendo desde los veinte años. A mi no me sorprende lo de Monedero, ni me sorprenderán más cosas cuando salgan, y la verdad es que si fuera a votar a Podemos no afectaría en nada a mi decisión de hacerlo. Porque si la idea es “hay que echar a estos como sea”, en el “como sea” va implícito “aunque los míos no sean perfectos”. Si el fin es suficientemente noble, si Monedero pide perdón y se arrepiente (ya ha pagado lo que debía que es más de lo que hacen otros) quizá compense taparse un poco la nariz al meter la papeleta en la urna. Porque, aunque ya no ilusione tanto como cuando cabalgaban en el blanco unicornio de la pureza y la incorruptibilidad, ese que han debido comprar de saldo al juez Garzón, si de verdad crees en la Casta y esas cosas la pregunta no es si tu gente tiene mierda sino si tiene menos que los demás.

Así que por esto es por lo que yo, que soy realista y pragmático, si fuera votante de Podemos no me desilusionaría ante este asunto y seguiría yendo a votarles. Claro que soy realista y pragmático y por eso no voto a Podemos, pero esa es otra historia para ser contada en otra ocasión.

Salud y evolución,

Arthegarn

Sobre el valor y el ejercicio de la libertad de expresión

Abre tus labios solo si lo que vas a decir es más hermoso que el silencio.”
Proverbio árabe.

Le debo a mi querido amigo Eduardo Marqués, desde hace una semana una respuesta a su artículo sobre la masacre de Charlie Hebdo, que más parece una arenga a las tropas que la inteligente reflexión liberal que suelo esperar de él(1). Desgraciadamente no me va a dar tiempo a tratar uno por uno los puntos del mismo, como me hubiera gustado, pero sí que me voy a meter en sutilezas con el asunto de los límites de la libertad de expresión.

La primera idea perniciosa con la que tenemos que acabar es la de que la libertad de expresión no tiene límites porque sí que los tiene. Podemos discutir, como intentaré hacer en este artículo, donde están esos límites, pero el hecho es que sí que los tiene y que están marcados de dos formas: convencionalmente por las leyes y éticamente por el principio del daño(2). Los límites convencionales (legales) varían de nación a nación y de cultura en cultura y en pueden llegar a ser tan estrechos que, a la hora de la verdad, nieguen lo que intentan definir(3) por lo que no creo que sean relevantes a estos efectos; pero los límites éticos sí.

El primer y fundamental derecho que tiene la persona es a que le dejen en paz. A que no le maten ni le hieran ni le quiten lo que es suyo. Y en este derecho se incluyen tanto la protección contra los daños materiales como los morales. Lo de la protección de los daños materiales es bastante fácil de ver: yo tengo derecho a que nadie me de una paliza o me robe o me corte un brazo; requiere un poco más de perspicacia. El hecho es que existe alrededor de cada persona un conjunto de ideas intangibles en las que se apoya la parte más humana, social e intelectual de su vida, y que tiene uno tiene derecho a que nadie dañe ese bien que no por intangible es inexistente.

Como lo que acabo de decir se presta a muchas interpretaciones y utilizar las palabras exactas es bastante farragoso(4) voy a poner un ejemplo cercano: tú tienes derecho a tu imagen pública (que es un conjunto de ideas que existen alrededor de cada uno, específicamente sobre uno mismo y al que se dedican ingentes esfuerzos para configurar de un modo específico) y a que nadie la destruya. Si alguien va diciendo de ti que eres un ladrón y un sinvergüenza la gente no se fiará de ti: no encontrarás trabajo, nadie te prestará nada ni te alquilará nada, no encontrarás pareja y a lo mejor incluso pierdes amistades que no quieren contaminar su propia imagen por asociación. Por mucho que digan los ingleses aquello de que sticks and stones may break my bones but names will never hurt me lo cierto es que sí que sí pueden. Y como.

Queda claro pues que uno tiene derecho, como mínimo, a que no se le calumnie, a que nadie le joda la vida con mentiras(5). Establecido pues que la libertad de expresión tiene ciertos límites, lo que tenemos que preguntarnos es dónde están.

Por ejemplo, ¿qué pasa si alguien dice que soy un ladrón y un sinvergüenza y es yo en realidad soy un ladrón y un sinvergüenza? Entonces no me está calumninando, me está describiendo; no está contando una mentira sobre mí, está de hecho deshaciendo una mentira (mi falsa apariencia de honradez) para que brille la verdad. Recurrimos en este caso otro derecho, previo al de la libertad de expresión, que es el de la libertad de información. Si algo es cierto yo tengo el derecho (algunos pensamos que el deber) de difundirlo, y ese derecho es superior al derecho a la propia imagen. ¿Por qué? Porque la sociedad en su conjunto se beneficia de la verdad. Si eres un sinvergüenza, yo lo sé y no se lo digo a nadie, la sociedad se verá perjudicada porque continuarás aprovechándote de los demás; pero si eres un sinvergüenza y yo lo cuento la sociedad se verá beneficiada ya que estará al corriente de tus deshonestidades y podrá estar en guardia contra ti. En efecto, el derecho a la información está por encima del derecho a la propia imagen, siempre que la información difundida sea cierta(6). Lo que nos lleva al derecho a la libertad de expresión.

La libertad de expresión es hija : (i) de la libertad de conciencia, que dice que yo tengo derecho a pensar lo que me de la gana y a creer lo que me parezca bien(7) y (ii) de la libertad de información, que dice que yo tengo derecho a informar de hechos ciertos; y entra en juego cuando yo informo de una opinión, de una creencia que, aunque no puede ser demostrada, tengo la certeza moral de que es verdadera. Por ejemplo, puede que no sea cierto, o que no sea demostrable, que Bárcenas es un ladrón y un sinvergüenza, por lo que no tengo derecho a divulgar que lo sea. Pero lo que sí que es cierto es que yo creo que lo es y ese hecho tengo derecho a divulgarlo. Es en estos casos coando entra en juego esa especialidad del derecho a la información que llamamos derecho a la libertad de expresión.

Ahora bien, tampoco es ahí donde están los límites de la libertad de expresión. Si se limitara a la veracidad del hecho de que yo tengo una creencia X la libertad de expresión ampararía que yo difundiera, por ejemplo, que creo Hitler fue un gran hombre, que creo que el mundo estaría mejor si judíos (o sin moros, o sin gitanos), que creo que los negros son una especie inferior que nunca deberían tener acceso a la ciudadanía o que creo que los problemas de España se solucionarían en dos patadas con una guillotina en cada plaza por la que pasaran un buen puñado de [políticos / empresarios / vagos y perroflautas / banqueros / comunistas / fachas / rojos / catalanes / vascos], para que aprendan. O que creo que el sitio de las mujeres está en la cocina y que si le llevan la contraria a su marido se merecen un buen guantazo. ¿Verdad?

Queda claro que no. Que resulta que hay cosas que no las puedo decir. Aunque sean ciertas (porque sea cierto que lo pienso). La libertad de expresión no es una tarjeta de “salga de la cárcel gratis”; va a resultar no solo que tiene límites sino que son más estrechos de lo que aparecen en determinados discursos populistas y libertarios. Pero ¿por qué? Y, sobre todo, ¿dónde están los límites?

La razón por la que la libertad de expresión, o de hecho por la que cualquiera de nuestras libertades, tiene límites es porque el ejercicio de nuestras libertades tiene efectos sobre los demás y fb14215b8d52b1d0c690abd8a186e4c0y que esos efectos no son siempre positivos(8). El ejercicio ético y responsable de nuestros derechos implica preguntarnos sobre las consecuencias, no solo sobre nosotros sino sobre los demás, incluso mediatas y a largo plazo, que tiene el que yo realice una acción que aparentemente está permitida en abstracto. Supone, en otras palabras, dejar el mundo teórico y bajar al mundo real en el que vive (y sufre) la gente. Supone preguntarse, humilde y responsablemente, si voy a hacer más mal o más bien a la sociedad y a mi prójimo con la acción que considero, con la opinión que quiero difundir; preocuparse no solo por los derechos de uno, sino por los de los demás, entre otros a no sentirse insultado o agredido. Porque, como creo que todos sabemos, la integridad y la estabilidad emocionales son preciosas para todos, hasta el punto de ser indispensables. Cuando alguien ataca nuestra estabilidad emocional nos produce un daño, que en muchos casos se traduce en un dolor físico y que puede llevar a diversas enfermedades e incluso a la muerte(9). Y eso no solo nos pasa cuando nos atacan a nosotros; en muchos casos es mucho peor cuando atacan a quienes amamos. Es lo que tiene el amor, que nos hace empáticos con la persona amada, que cuando sufre ella sufrimos nosotros y que en muchos casos nos resulta más fácil soportar nuestro propio sufrimiento que el de aquellos a los que amamos. Ese daño, ese dolor, es real; y un ciudadano consciente, un ser humano íntegro, no puede vivir su vida ignorando el dolor que causa entre sus semejantes. Y, aunque resulte difícil de creer para algunos, ese amigo imaginario de los creyentes, Dios, es para ellos tan real como para vosotros vuestra madre, pareja o hijos; y cuando se le insulta, se le veja o se le hace de menos, les duele. Y mucho. Y como faltarle a tu madre a ti es faltarle a Dios a los creyentes, a la Corona a los monárquicos o sacarle a relucir el Libro Negro del Comunismo a un comunista.

¿Significa esto que deberíamos prohibir los chistes de mal gusto sobre Dios? ¿Que los de Charlie Hebdo se lo tenían merecido? ¿Que deberían haberse retirado de los quioscos los libros de Salman Rushdie, o los de Richard Dawkins, o El Jueves número 1580? No. No quiero decir eso.

Lo de Charlie Hebdo, como lo de Theo Van Gogh(10), es injustificable. En primer lugar por un asunto de justicia: el hecho de que yo sea te haga daño no te da derecho a ti a hacérmelo a mí. En segundo lugar por un asunto de proporcionalidad: no importa cuánto te hayan dolido mis palabras, acabar con mi vida no es una retribución proporcional. Y, en tercer lugar porque, si dejar en manos de los ciudadanos la represión por el abuso de la libertad de expresión es mala idea (como hemos visto), dejarla en manos del Estado es infinitamente peor. La libertad de expresión es, como la presunción de inocencia, imprescindible para vivir en libertad. Limitar la presunción de inocencia es, en última instancia, favorecer que el Estado pueda meter en la cárcel a quien quiera; de la misma manera, limitar por ley la libertad de expresión es darle a quien ostente el poder la capacidad de amordazar a quien quiera, permitir a quien dirija el Estado hacerse invulnerable a la crítica, superior a sus oponentes, perpetuo en el poder. Y de eso ya hemos tenido demasiado en el pasado y ya sabemos que no trae nada bueno.

Muchos lumbreras reniegan de la presunción de inocencia cada vez que un culpable escapa de su justa sentencia por un tecnicismo y piden a gritos una justicia distinta en la que los delincuentes vayan a la cárcel, porque está claro que este sistema que permite que los culpables se escapen no funciona, confundiendo que el sistema no sea perfecto con que no funcione, y las consecuencias indeseadas pero inevitables del sistema (que algunos culpables queden libres) con el objetivo del sistemaimages Quiero pensar de ellos que son simples bobos que no se han parado a pensar en el sistema que proponen como alternativa y las consecuencias que tiene y no verdaderos proponentes de ese sistema. De la misma manera, muchos puritanos reniegan de la libertad de expresión cada vez que, amparándose en ella, se ofende o insulta a lo que aprecian y respetan, y se atreven a sugerir un sistema en el que se prohíban faltas de respeto, insultos o vejaciones como los que decimos. Como en el caso anterior, prefiero pensar que son bobos. Los insultos gratuitos a la religión, a la corona, a la patria, al Real Madrid o a lo que sea, no son el objetivo del derecho a la libertad de expresión; son las indeseables consecuencias de ese derecho con las que, sin embargo, tenemos que vivir porque la alternativa, que es vivir sin libertades, no es considerable.

Y, dicho esto, dejada clara la necesidad imperiosa de la libertad de expresión y de que el Estado no pueda legislar más que mínimamente al respecto, ¿es tanto pedir, conciudadanos, un poco de empatía? ¿Un poco de responsabilidad? ¿Es tanto pedir, que no exigir, que antes de decir o escribir o dibujar algo, pensemos si vamos a hacer daño a otro? ¿Es tan grave sugerir que cada uno, en uso de nuestra libertad individual, piense si lo que va a hacer va a causar más bien que mal, más risa que ira, más felicidad que dolor a aquellos que le rodean? ¿Tanto pedir que se piense dos veces a ver si hay alguna forma de hacer reír que no haga rabiar a nadie? ¿Y que si, tras un examen de conciencia, llega uno a la conclusión de que quizá lo que iba a hacer iba a hacer sufrir a su prójimo, a su conciudadano, no lo haga? ¿No es elegir callar una inconveniencia, un insulto, una calumnia, también un ejercicio de la libertad de expresión? ¿O es que solo quien suelta sapos y culebras y estira esa libertad hasta sus es quien auténticamente la ejerce mientras que todos los demás, la inmensa mayoría de nosotros que nos movemos dentro de esos límites intentando no pisar demasiados callos a los demás porque no queremos que sufran somos unos cobardes mojigatos incapaces de decir lo que en realidad piensan? ¿Son la contención, la paciencia y la templanza defectos hoy en día?

Pues esto, amigo Eduardo, es la autocensura. Una mezcla de empatía, responsabilidad, autocontrol… y libertad individual.

Saludos a todos,

Arthegarn__________________
(1) Y es que lo siento, amigo mío, pero desde que estás en política tratas temas complejos y delicados, como los límites éticos de los derechos humanos, con la sutileza de una carga de caballería. Quiero pensar que lo haces porque buscas el voto, si no el aplauso, de la masa indistinta que puebla la parte alta de la campana de Gauss; que dices lo que dices porque el gran público al que te diriges no llega a más y no porque te estés volviendo tosco últimamente. Pero como nunca se sabe, y como aunque yo no sea parte de tu público objetivo sí que soy uno de tus fieles lectores, me vas a -tener que- disculpar que yo, en uso de esa libertad de expresión de la que hablas, y que en mi opinión tratas con la delicadeza de una verdulera metida a taxista, te haga algunos comentarios y precisiones.
(2) Si eres liberal, claro, si eres totalitario el principio del daño te da lo mismo. Claro que en ese caso también te da lo mismo el derecho a la libertad de expresión y, ya que estamos, todos los derechos individuales ya que solo existen y son dignos de respeto en tanto benefician al colectivo…
(3) Lo de la “libertad de culto” en Arabia Saudí, por ejemplo, es simplemente increíble.
(4) La idea básica, traducida a un lenguaje jurídico-político, viene a ser que la integridad emocional es, como la integridad física, un bien jurídico que debe ser protegido por el Estado. Esto implicaría, dada nuestra concepción weberiana del Estado como único capacitado para el legítimo uso de la fuerza, que esa protección debe ser dada por el Estado y no por los particulares. El problema es que nuestro concepto de la libertad de expresión deja al ciudadano idefenso ante el ataque a ese bien y la causación del daño ya que el Estado: (i) ni es efectivamente protege al ciudadano ni le permite protegerse a si mismo y (ii) ni obtiene coercitivamente del ofensor una idemnización por el daño causado ni le permite obternerla por si mismo.
(5)Este asunto tiene particular relevancia en la sociedad actual en la que la información (y la desinformación) se mueven a tanta velocidad y son tan difíciles de controlar. ¿Alguien se acuerda de Amanda Todd? ¿O, ,ás cerca, de Carla Diaz?
(6) Incidentalmente: los que defienden que la libertad de expresión no tiene límites defienden implícitamente que tan válida y digna de protección es la mentira como la verdad.
(7) Otra cosa es que tenga razón en lo que creo y pienso, por supuesto…
(8) Ni inmediatos. Ni fáciles de ver.
(9) Y a los casos anteriores me remito.
(10) ¿Alguien se acuerda de Theo van Gogh?