Los libros de diciembre

9788466330831La ley del desierto

Los Alatristes ya caen en mi casa por tradición. Este El Puente de los Asesinos, sin estar a la altura de los mejores volúmenes de la saga (en mi opinión, los tres primeros), continúa la línea ascendente que ésta está trazando desde Corsarios de Levante, tras la mediocre El Oro del Rey y la completamente infumable El Caballero del Jubón Amarillo. Literatura de aventuras, de capa y espada, fácil de leer, nada exigente, impecablemente ambientada y documentada, mantiene el estilo soldadesco y cuartelario de los otros seis libros. Imprescindible para los amantes de la saga, pero poco recomendable para quienes no hayan leído (al menos) Las Aventuras del Capitán Alatriste, ya que los niveles de antiheroicidad que alcanza el personaje en este relato casi seguro que impedirán al lector primerizo identificarse con él. Particularmente cierto esto que digo en lo que, a mi ver, es la mejor parte de la novela: la relación entre Alatriste y su némesis, Gualterio Malatesta, con quien se ve obligado a trabajar codo con codo en esta aventura, y que no es comprensible (sobre todo al final) sin haber leído los tomos anteriores, por más que Pérez-Reverte intente poneros en situación a base de comentarios y recuerdos.

Si ya habéis leído otros Alatristes, probablemente leáis este, y si no lo habéis hecho todavía, hacedlo. Aunque la saga tenga luces y sombras, los tres primeros son realmente buenos, y (al menos para alguien como yo) leer las aventuras de este héroe tan políticamente incorrecto y con una psicología y valores tan del siglo de oro resulta harto refrescante. Una pena que la película fuera un espanto de semejante calibre.

Y, por fin, después de casi un año, fui capaz de terminarme Gödel, Escher, Bach, un Eterno y Grácil Bucle, libro que me recomendó Zor, prestándome su ejemplar (so pena de ser atropellado por un portaaviones si no se lo devolvía en perfecto estado, tal es el cariño que le tiene) y del que, aproximadamente a las 200 páginas, me compré mi propia copia, no solo porque veía que la lectura se alargaba y temía que le ocurriera algo al tapa dura de Zor sino porque me estaba gustando tanto que quería incluirlo en mi biblioteca.

Es difícil decir de qué va Gödel, Escher, Bach, pero lo voy a intentar. Lo primero que diría, aunque parezca una paradoja, es que es un libro de metafísica materialista. Es un libro de metafísica, porque las preguntas a las que intenta responder (¿Qué es la mente? ¿Puede la mente comprenderse totalmente a si misma? ¿Puede una mente residir en una máquina? ¿Es imprescindible un cerebro biológico para la existencia de la mente?) son de índole metafísico; pero los métodos y razonamientos que utiliza son estrictamente materialistas, científicos, matemáticos y, como mucho, cuánticos. Lo segundo que diría es que es un libro de divulgación científica; aunque aviso que no estoy hablando de divulgación a la Carl Sagan o Stephen Weimberg. Es divulgación seria, exigente, 700 páginas de razonamiento complicado y de datos, datos, datos y creación de estructuras para asimilar, procesar y aprovechar esos datos (y estructuras). Zor me dijo que suponía que me gustaría pero que, en cualquier caso, sería más inteligente al terminármelo, y estoy de acuerdo con él. No es un libro que simplemente te enseñe cosas sino que se las ingenia, a través de paralelismos con el arte y la, digamos, “vida real”, para que crees mecanismos intelectuales que interpretan la realidad de forma distinta (y me atrevería a decir que más precisa y, por lo tanto, más hermosa) a como lo hacías antes de leerlo. No llega a ser La Nueva Mente del Emperador (por ejemplo) en lo que tiene que ver con la rigurosidad y la aridez, desde luego, pero tampoco es un paseo por el campo.

Desde mi punto de vista, además, el libro tiene dos partes muy diferenciadas. Una en la que habla de la mente humana, preciosa y fascinante, y otra en la que habla de la inteligencia artificial que, a mi, me ha resultado bastante pesada. Supongo que como humanista que soy me interesa mucho más como funciona nuestro cerebro, por ejemplo, a todos los niveles (lo de los niveles en la estructura de ideas es fascinante); que como funciona un ordenador y cuales son sus posibilidades y limitaciones. Y, a pesar de que cualquier aficionado a las matemáticas que lea el título ya conoce la respuesta a la pregunta troncal (¿Puede un sistema representarse a sí mismo?) el camino recorrido y el paisaje observado desde la pregunta a la respuesta es tan hermoso como enriquecedor.

En definitiva, un libro magnífico, pero que solo es recomendable para los aficionados a la filosofía o, como mínimo, a la informática. Hace falta una cierta actitud ante la vida para disfrutarlo, algo así como una poderosa curiosidad y capacidad para maravillarse, mezclada con inteligencia, tenacidad y flexibilidad conceptual. Para que os hagáis idea, quitando a mi familia directa (y no las tengo todas conmigo sobre Zalasa) no se me ocurre mucha gente a quien le fuera a gustar, A Zor (claro), a , probablemente a , quizá a y HK… y poco más.

Ah, por cierto, se liga muchísimo leyendo este mamotreto a las cuatro de la mañana en un bar de lesbianas. Ya ves tú.

Todo lo que era Sólido – El libro de septiembre.

No recuerdo cuándo uno de mis escasos pero notorios amigos inteligentes y de centro-izquierda(1) me recomendó Todo lo que era Sólido, de Muñoz-Molina. “Tienes que leerlo”, me dijo, imperativo como nunca se pone(2). Así que, confiando en su buen criterio, lo encargué un par de días después en Amazon, y en mi estantería durmió durante meses el sueño de los justos mientras yo luchaba con Cycles of Time en los escasos ratos libres que me deja mi nuevo trabajo(3). Pero como todo llega a quien sabe esperar, a mediados de agosto y necesitado de descansar por un tiempo del vértigo que me dan algunas de las ideas de Penrose (4), lo recuperé de su estantería y me puse a leerlo, un tanto distraído, y un tanto porque mi amigo no pudiera acusarme de lector de un solo libro.

Todo lo que era Sólido es un libro de ensayo histórico-político que recoge las reflexiones del autor sobre la actual crisis política e institucional española. Formalmente, la narración se divide en unos cinco artículos más o menos enlazados entre sí, escritos en primera persona (en muchos casos del plural) y que narran vivencias y observaciones del autor, así como el trabajo de investigación realizado para escribir el libro. Muñoz-Molina se presenta como un andaluz de medio rural, clase media-baja y (al menos en su juventud) “de izquierdas”. Y esto es lo primero que me resulta interesante, leer la historia desde el punto de vista de alguien lúcido e inteligente de la generación de mis padres (la que vivió conscientemente el final de la dictadura, la transición y el primer felipismo), pero de izquierdas. Porque, aunque mis padres son demasiado inteligentes como para ser calificados como “de izquierdas” o “de derechas”, el hecho es que a excepción de las elecciones del 86 en las que mi padre votó a Felipe González (mi madre, mucho más acertada en mi opinión, votó a Roca) no recuerdo jamás que hayan votado a la izquierda de a Adolfo Suárez. Si a eso añadimos que mis abuelos estuvieron en el bando de los ganadores y que uno de ellos era camisa vieja(5) no me hago ninguna ilusión sobre la objetividad o completitud (6) de mis informaciones de primera mano sobre la guerra y el antiguo régimen. Pero a lo que estamos.

El libro intenta responder a las preguntas “¿qué nos ha pasado? ¿cómo hemos podido llegar hasta aquí?” que se hace todo aquel español con verdadera conciencia política y ciudadana y desde mi punto de vista lo consigue espléndidamente. El autor crea una narrativa(7) que conecta las ideas, las emociones y los hechos en una historia comprensible que explica cómo de un país austero, digno y trabajador como éramos hace treinta o cuarenta años, hemos acabado así; cuáles fueron los errores que se cometieron y por qué fue tan fácil caer en ellos, cuales son las carencias de nuestra ciudadanía y por qué una vez creado el monstruo de la partidocracia dominante (en el sentido en que los partidos exigen políticos sumisos) nos va a ser tan difícil acabar con ella. Como pasamos de la austeridad al despilfarro, del escrupuloso respeto de la ley a la justificación de su inobservancia, de la corrupción escasa y perseguida la generalizada e impune, y como lo hicimos todo con los ojos bien abiertos y sabiendo que lo estábamos haciendo, pero totalmente convencidos de que hacíamos bien y desoyendo a los tres o cuatro españoles lúcidos y honrados que protestaban tildándolos de anticuados, fachas o lo que es peor, aguafiestas.

Y yo coincido en el análisis de la historia y de la sociedad que hace, que no os voy a resumir para no pisároslo. Esto no quiere decir que esté totalmente de acuerdo con todo lo que dice, por supuesto. Como ya os digo el autor tiene una posición de izquierda inteligente que y respeto pero no comparto, y que permea todo el libro, supongo que haciéndolo particularmente fácil de leer para gente que comparta sus ideas. Por ejemplo, en las desiderata finales, cuando habla de lo que España necesita e intenta motivar al lector, entre llamadas a la conciencia ciudadana, al respeto a la legalidad y a la profesionalización de la administración, dice también:

  • Hay que defender sin timidez ni mala conciencia el valor de lo público, que lleva tantos años sometido obstinadamente al descrédito, a la interesada hipocresía de los que lo identifican siempre con la burocracia y la ineficiencia y celebran por comparación el presunto dinamismo de la empresa privada, y a continuación aprovechan contratos públicos amañados para enriquecerse, y renegando del estado saquean sus bienes y se quedan a bajo precio y a beneficio de unos pocos lo que había pertenecido a todos, lo mismo una red de trenes que el suministro de agua de una ciudad, el patrimonio común convertido en despojos.”

Se le ve el plumero a Antonio Muñoz-Molina, y probablemente se le ve porque no hace demasiado esfuerzo en ocultarlo. Ni falta que le hace: el libro es bueno, inteligente y sincero y hasta un irredento liberal como yo(8) puede disfrutar de él y permitirle al autor de vez en cuando un acercamiento del ascua a su sardina, que al menos es claro y honesto en vez de sibilino y demagógico como por desgracia suele ser habitual.

En definitiva, una magnífica lectura. Me ha recordado muchísimo al espíritu inicial del 15-M, ese impuso reformista y regenerador que durante tres o cuatro días nos dio la esperanza de que la gente honrada, decente, trabajadora y con principios y sentido común podría volver a la política… antes de que le pasara, a otro nivel, exactamente lo mismo que le pasó a España y que tan bien describe este libro. Así que si queréis saber que fue, y aprender cuales fueron los errores de la buena gente de la transición para no volver a repetirlos, ya lo estáis leyendo.

Saludos a todos,

Arthegarn___________.
(1) Lo curioso es que no recuerdo quien fue ese amigo. Sé que no fue Accolon, que si fuera de centro-izquierda sería porque está entre Trostki y Bakunin. Durante bastante tiempo creí que había sido el Profesor Ignatius, hasta que él mismo me dijo que no se lo había leído. Me decanto últimamente por Andrés de la Quadra-Salcedo, gran tipo que dice cuando habla de mi que “tiene una confusión política importante: cree que es de derechas”. Pero si quien me lo recomendó está leyendo esto, por favor que se manifieste.
(2) No me hace falta recordar quién fue para saber que nunca se pone imperativo: es una característica común de quienes tienen la etiqueta “amigos inteligentes de centro-izquierda”, probablemente para diferenciarse de los gritones, demagogos y todovalistas de la izquierda menos centrada y mucho menos inteligente.
(3) No sé si os habréis dado cuenta, pero antes publicaba una reseña literaria cada mes. Desde que entré en Garmr, hace ya seis meses, creo que este es el primer libro que me termino.
(4) Lo de considerar el big bang un modelo de transición suave entre un espacio-tiempo y otro, ambos gobernados por ecuaciones distintas pero semejantes y (sobre todo) relacionadas determinísticamente entre si da auténticas nauseas.
(5) Uno de los mejores y más brillantes hombres que he conocido jamás, al que Franco no le gustaba un pelo y que decía de él que había tergiversado y manipulado el ideario de José Antonio en provecho de su régimen, para destruir Falange y crear “ese engendro” llamado FET y de las JONS.
(6) Aunque no dude de su veracidad. Si en España con este tema la gente se diera cuenta de la diferencia entre que algo sea cierto y que sea toda la verdad (o, ya que estamos, si a la gente se la diera un ardite conocer la Verdad) haría tiempo que habríamos enterrado el hacha con este asunto.
(7) Tengo que escribir un artículo sobre la narrativa en nuestras vidas. Últimamente he llegado a la conclusión de que la realidad no es sino una alegoría, una fábula, un cuento que nos contamos a nosotros mismos para encontrarle sentido a las cosas, y que es esa capacidad de reducir la realidad a un cuento la que nos distingue de los animales. Pero en otro artículo.
(8) Por cierto que dedica varios párrafos a elogiar a los liberales y a añorar su desaparición del espectro político español.

Higiene memética

A mediados de los años 70 un estudiante le preguntó a Richard Dawkins si aparte de los seres vivos basados en química orgánica, existía en la naturaleza algún otro ente capaz de hacer copias de si mismo que también estuviera sujeto a la evolución por selección natural. En el momento, Dawkins no supo qué contestar, pero un par de años después, en el capitulo final de El Gen Egoísta (1976) respondió afirmativamente diciendo que, en efecto, se le ocurría otro ente de esas características. Como no existía una palabra para definir el concepto al que quería referirse Dawkins sugirió el nombre de mem(1) (en inglés, meme) para la unidad de transmisión cultural por imitación. De forma paralela al gen, que es la unidad de transmisión de la herencia biológica, el mem transmite ideas, comportamientos y actitudes de un individuo a otro, de una mente a otra esencialmente copiándose en el cerebro del receptor.

Como todo esto puede sonar muy raro permitidme poner un ejemplo.

Todos sabemos más o menos como funciona un virus. Un virus es un parásito que inyecta su material genético en una célula a la que infecta y “engaña” para que haga copias de ese virus mientras que la célula cree que está copiándose normalmente a si misma. Al final que llega un momento en el que hay tantas nuevas copias del virus dentro de la membrana de la célula que ésta muere y los nuevos virus se esparcen por el medio en busca de nuevas células a las que infectar. Un virus, en principio, no hace absolutamente nada más, no aporta nada a la célula ni tiene ninguna otra función; es una máquina que solo sirve (y es muy buena en ello) para obligar a otras células a que hagan copias de él.

El paralelo memético de un virus podría ser, por ejemplo, “Cumpleaños feliz”. Supongamos que un niño va por primera vez a una fiesta de cumpleaños y ve como todos los demás niños le cantan al homenajeado “Cumpleaños feliz”. Se dará cuenta de que “Cumpleaños Feliz” es “eso que se canta en los cumpleaños” aprenderá la canción y repetirá el comportamiento durante toda su vida, eventualmente enseñando la canción a otros niños que no la han oído y perpetuando el comportamiento.

En este ejemplo, “Cumpleaños feliz” es un mem. Al igual que un virus en una célula, un mem se introduce en un cerebro y se aprovecha de los recursos del mismo para sobrevivir y multiplicarse creando copias de si mismo en otros cerebros e “infectándolos” de si mismo. Por supuesto, el paralelismo no es exacto (por ejemplo: nuestro cerebro no explota cada vez que enseñamos a alguien “Cumpleaños feliz”) pero creo que es suficiente para que, de forma intuitiva, entendáis qué son los memes y cómo las ideas pueden ser consideradas (como lo son por la memética) como entes con vida propia que nacen, crecen, se reproducen y mueren(3).

La memética es que ofrece una perspectiva totalmente nueva sobre la mente humana y la transmisión de las ideas. Sugiere que, al igual que en realidad nuestro cuerpo (soma) está compuesto y es el resultado de la interactuación de millones de células individuales, que en muchos casos ni siquiera comparten nuestro código genético(4) y que existen y funcionan sin tener conocimiento ni de su función en el organismo ni del propio organismo en su conjunto; nuestras mentes están en realidad compuestas de millones de memes individuales que se comportan de forma semejante y que es sólo la interactuación holística de esos memes entre ellos la que da como resultado emergente la psique(5). La mente, así, funcionaría en paralelo, tanto a nivel neuronal como al nivel de las ideas; algo que es muy difícilmente imaginable por la consciencia, un recurso extremadamente útil pero que funciona en serie, pero que no obstante podemos estudiar y modelizar para ofrecer explicaciones hasta ahora inexistentes de quien somos.(6)

Pero, volviendo a los memes, sus similitudes con los seres vivos no terminan en su ciclo vital. Los memes también interactúan entre ellos de muy diversas formas Por ejemplo, exactamente igual que los seres vivos compiten entre ellos para obtener los recursos necesarios para sobrevivir y multiplicarse, también los memes compiten por los vastos pero finitos recursos del cerebro, intentando permanecer en él, no ser olvidados a favor de nuevos memes “invasores” y reproducirse y ser transmitidos a otros cerebros. Y al igual que los seres vivos, los memes están sujetos a la evolución por selección natural: a veces no se transmiten de un cerebro a otro con total exactitud sino que aparecen cambios en las copias, cambios que harán que ese nuevo mem se transmita y multiplique mejor o peor que el original, lo que puede dar como resultado la desaparición de la nueva copia o su éxito llegando incluso a implicar la desaparición del mem original.(7)

Pero la competición no es la única forma de relación entre memes. Hay memes que se alían entre ellos de forma simbiótica, a veces hasta el punto de dar lugar a una nueva “forma de vida” memética; al igual que un liquen es una magnífica simbiosis entre un hongo y un alga que da como resultado un ente que casi tiene taxonomía propia, cuando los memes “Dios” (existe un ente sobrenatural creador del Universo que da sentido y objetivo al mismo) y “fe” (creer en este mem aun en ausencia de pruebas es bueno) se alían dan como resultado un memeplex poderosísimo llamado “religión”. Y, por supuesto, hay memes que son parásitos de otros memes incluso hasta el punto de acabar con el mem huésped, como pasa cuando los memes de la superstición parasitan a los de la religión hasta que la idea de la relación con Dios se olvide totalmente para ser sustituida por una serie de prácticas más o menos mágicas (vid infra). Algunos memes son espectacularmente buenos reproduciéndose, sea porque otorgan ventajas al cerebro huésped (por ejemplo, carecer del mem de “lectura” es un grave problema), sea porque simplemente son buenos reproduciéndose aunque, al igual que los virus, acaben causando daños al huésped. Los memes supersticiosos, por ejemplo, no aportan absolutamente nada, pero  todos sabemos que los viernes trece traen mala suerte, o tirar el salero, o que se nos cruce en el camino un gato negro. Esos memes están en nuestros cerebros y no tienen intención de irse ni sabemos como echarlos, pese a que sabemos positivamente que son inútiles y consumen recursos como cualquier otro parásito. Y algunos memes como el del fanatismo (“creer en este mem incluso en contra de las pruebas es bueno, y de hecho cuanto mayor sea la evidencia en contra de lo que crees mejor eres por seguir creyéndolo”)(7) o “inmolación” (“este mem y su difusión son más importantes que tú y es bueno que te mates para defenderlo o difundirlo”) son tan perniciosos que la única explicación para su supervivencia es que se multiplican más deprisa de lo que matan a sus huéspedes, exactamente igual que los virus

Pero, independientemente de lo amplia e interesante que pueda resultar la memética (tenéis una buena bibliografía en las notas a pie de página si os interesa), me gustaría llamaros la atención sobre un aspecto en particular: la epidemiología memética. Dado que los memes se transmiten de forma esencialmente análoga a la de las enfermedades podemos utilizar las herramientas de la epidemiolgía para estudiar (e incluso predecir y controlar) la transmisión de los memes, el modo en el que infectan poblaciones e individuos. Por cierto, el mem con los que quiero infectar vuestros cerebros es el siguiente: “eres responsable de tus memes, de los que entran en tu cuerpo y de los que transmites”.

Uno de los grandes avances de la humanidad fue la teoría microbiana, que proponía la revolucionaria idea de que las enfermedades eran causadas por unos seres vivos tan, tan pequeñitos que no podían ser vistos, pero que sin embargo estaban ahí. Si esto era así, era posible limitar la transmisión de enfermedades a través de procedimientos muy sencillos. Así, memes como “aléjate de la suciedad”, “lava lo que vayas a comer”, “tápate la boca con la mano al toser” y cientos de otros proliferaron en nuestros cerebros hasta crear lo que hoy en día llamamos “higiene”, que no es más que el conjunto de comportamientos y procedimientos que utilizamos, y que exigimos que los demás utilicen, para proteger nuestros cuerpos de la acción de  esos micro-bios dañinos(9). La higiene ha contribuido tanto a nuestra calidad de vida que se ha infiltrado en nuestro inconsciente sin que nos demos cuenta, a veces incluso disfrazada de cortesía o educación A nadie se le ocurriría estornudar en la cara de alguien, por ejemplo, o usar el cepillo de dientes de un desconocido, o meterse en la boca un chicle que acaba de encontrar pegado debajo de la mesa(10). Y, sin embargo, cuando se trata de memes la higiene, en todos los sentidos, brilla por su ausencia en una inmensa mayoría de los seres humanos. Incluso entre mis amigos más cercanos, gente inteligente que se cree totalmente a salvo de cualquier influencia intelectual no deseada, abundan prácticas que meméticamente no son muy diferentes a comerse el cadáver de una cucaracha y a continuación besar con lengua a quien tienes al lado.

Voy a decirlo claramente; creerte lo primero que te encuentras en Internet sin contrastar su veracidad y sus fuentes, simplemente porque te gusta lo que dice y porque concuerda con tus ideas y esperanzas, no es meméticamente diferente a meterte en la boca el caramelo cubierto de pelusas que te acabas de encontrar en la acera porque te apetece algo dulce. Es una marranada indescriptible, una falta de respeto a tu salud simplemente inenarrable y algo que, si te viera tu madre hacerlo, te aseguraría un buen azote en el culo. Yo entiendo que la memética es una ciencia relativamente joven y que la idea de la higiene aplicada a los memes no ha llegado a una inmensa parte de la sociedad(11) pero para los que tenemos un mínimo conocimiento de la misma las actitudes de muchos de nuestros congéneres nos resultan, simplemente, repulsivas.

Al igual que si quieres tener un cuerpo sano tienes que respetar unas mínimas y elementales normas de higiene corporal, si quieres tener una mente sana tienes que respetar unas mínimas y elementales normas de higiene memética. No creerme lo primero que me encuentro por ahí, aunque me apetezca mucho creérmelo, es tan elemental como no meterme en la bocacommon-cold-causes-symptoms-home-remedies-prevention lo primero que me encuentro por ahí, aunque me apetezca mucho comérmelo. Prefiero creerme las cosas que sé que salen de fuentes dignas de confianza, muchas gracias, exactamente igual que prefiero comerme los caramelos que sé de dónde han salido. Y si por alguna razón me veo forzado a considerar comerme algo que encuentro tirado en el suelo, ante todo lo lavo, hiervo y desinfecto como pueda. O, meméticamente hablando, dudo de que sea sano (cierto) y lo someto a todos los procedimientos que se me ocurren para minimizar sus efectos perniciosos y contrastar su veracidad, a ver si es bueno que me lo trague o no.

Desde este punto de vista, de verdad, es increíble el tipo de, no caramelos sucios, sino mierda de perro recién excretada que se traga la gente a manos llenas en Internet. Lo que es más, es increíble ver a cierta gente comérsela en un hermoso plato cuadrado, con cuchillo y tenedor, rozando los labios con la servilleta antes de acercarse la copa de vino, a veces incluso pagando por el plato de mierda mientras se permiten mirar desdeñosamente la humilde hamburguesa de McDonald’s que se está comiendo el de al lado.

Y el plato de algunos es de los que se comen con cuchara. No digo más.

Oh, existe la posibilidad de que comer mierda de perro a cucharadas no tenga ningún efecto perjudicial sobre tu organismo, desde luego, pero lo más probable es que sí. Del mismo modo, es posible que ese bulo que te has tragado enterito no te haga ningún daño, pero lo más probable es que sí aunque no sea más que porque evidencia que careces de mecanismos de higiene memética. O lo que es lo mismo, que tu cerebro es fácilmente accesible e infectable por el primero que te cuente lo que quieres oír; que eres fácilmente manipulable. Pero es que además resulta que quienes observamos ciertas normas elementales de higiene, como lavarnos las manos antes de comer o poner en duda que en España haya 445.000 políticos estamos, en todos los sentidos, más sanos que quienes no lo hacen. Y eso nos da ventajas porque (y ahora voy a evidenciar otro mem con el que quiero infectaros) la falta de sentido crítico, carecer de higiene memética entrante, te perjudica y debilita. Si te crees lo primero que te cuentan sin contrastarlo, por pura estadística vas a acabar creyendo creer que ciertas cosas son como no son. Y eso va a implicar que tomarás ciertas decisiones basadas en información errónea, lo cual casi garantiza que tales decisiones serán erróneas. Y eso te va a perjudicar, a ti y, probablemente, a tus seres queridos (vid infra), todo por tu falta de higiene memética, por permitir que cualquier idea se aposente en tu cerebro sin demostrar que merece estar ahí. Y mentras tanto los que lo ponemos en duda todo y nos esforzamos por alimentar nuestra mente solo de ideas ciertas tendremos más posibilidades de evitar esos errores y todo nos irá mejor.

No creerte lo primer que te cuenten va en tu propio beneficio. De verdad. Y además beneficiará también a la gente que te rodea, que supongo que incluye a la gente que quieres. Y directa o indirectamente me beneficiará a mi, por qué no decirlo.

Por supuesto yo, Arthegarn, como liberal que soy, voy a respetar tu libertad individual dentro de tu esfera de derechos. Si quieres comer mierda de perro a cucharadas es asunto tuyo. Pensaré que eres un gilipollas a la enésima potencia y probablemente me de una mezcla de asco y pena verte hacerlo, pero no te lo prohibiría (si pudiera) ni siquiera por tu propio bien. Probablemente intentaré hacerte ver lo que estás haciendo y por qué no es buena idea (como estoy haciendo con este artículo) pero si a pesar de todo persistes en tu coprofágica decisión, al final haré mutis y la respetaré porque al fin y al cabo mis consejos no van encaminados más que a lo que yo considero que es tu propio bien y tú tienes mucho más derecho a decidir qué es bueno para ti que yo.

Ahora, cuando hay terceros implicados…

Llenar la propia mente de basura es cosa de cada uno. Pero en el momento en el que transmites esos memes-basura a las mentes de los demás deja de serlo y pasa a ser un asunto de salubridad pública(12). Exactamente igual que tenemos la obligación de no toser y estornudar encima de la gente, exactamente igual que consideramos que es moralmente malo transmitir una enfermedad a sabiendas a nuestro prójimo, exactamente igual que si creemos que podemos estar infectados intentamos evitar a los que nos rodean antes de exponerles a una situación de contagio (aunque no sea más que  diciendo a quien va a compartir una sidra contigo que mejor coja otro vaso porque estás resfriado), antes de transmitir un meme a otra mente tenemos que velar mínimamente por su salud. Porque esa mente confía en nosotros en todos los sentidos, y al igual que bebería de nuestro vaso si no le decimos que quizá estemos enfermos, escuchará nuestras ideas y confiará en ellas si no le decimos que concedemos una razonable probabilidad a la posibilidad de que sean perjudiciales

No solo somos responsables de lo que comemos y de cómo luchamos contra las infecciones, también somos responsables de poner los medios a nuestro alcance para evitar el contagio de nuestras enfermedades. Exactamente igual, no sólo somos responsables de las ideas que aprehendemos, también somos responsables de las ideas que transmitimos. Conozco gente que tiene una higiene memética entrante (es decir, un sentido crítico) decente, en algunos casos bastante respetable, pero que no tiene la menor consideración con su prójimo a la hora de compartir sus memes. Hay gente, por ejemplo, que es lo suficientemente inteligente como para saber que alguien de la categoría de José Luis Sampedro no empezaría un artículo diciendo “Querido señor Presidente, es usted un hijo de puta” pero que aun así difunde el bulo, lo reenvía, retwittea, comparte, cuelga en su muro o lo que sea. Meméticamente esto es análogo a estornudar con fuerza encima de tus amigos sabiendo que tienes la gripe. Y llegó el momento de poner en claro el tercer mem: carecer de higiene memética saliente perjudica y debilita a quien te rodea y lo peor es que cuanto más te quieran, más les perjudicas. En efecto, todos confiamos en la gente a la que queremos, creemos que no van a hacer nada que nos pueda dañar y por eso les damos acceso privilegiado a través de nuestras barreras de todo tipo. Yo no compartiría cubiertos con un desconocido, pero podría hacerlo con un amigo. Igualmente, yo no daría credibilidad alguna a un desconocido que me recomendara que comprar pagarés de Nueva Rumasa diciendo que es un gran negocio, pero si fuera un amigo a quien quiero y en quien confío…

Somos responsables de los memes que transmitimos al igual que de los memes que alojamos. No podemos desentendernos de las consecuencias de esa transmisión memética escudándonos detrás de la excusa de que cuando decimos algo esperamos “que cada uno ejerza su sentido crítico”. O al menos no podemos hacerlo más de lo que podemos escudarnos cuando estornudamos en la cara de alguien pensando que esperamos “que cada uno ejercite su sistema inmunológico”. Está mal, está igual de mal. Y en el caso de la gente que nos quiere o respeta, está todavía peor, no solo porque ese amor y respeto les hace particularmente vulnerables sino porque responder a la admiración y el respeto de alguien con un estornudo en la cara y una llamada al uso del propio sistema inmunológico es bastante desagradable.

Y este artículo me está quedando larguísimo, lo sé, pero no quiero terminar sin llamar vuestra atención sobre otro problema que es tan predecible como evitable con conocimientos meméticos y que podríamos denominar el Síndrome del Día Después del Apocalipsis. El día después del Apocalipsis es cuando uno se levanta de entre los escombros, recuerda las atrocidades que se han cometido y se pregunta “¿Pero cómo hemos podido llegar a esto? ¿Cómo hemos podido permitir que algo así pasara?”. Es la pregunta del hombre bueno ante Auschwitz y la respuesta es: “gradualmente”.

Goebbels es frecuentemente citado como autor de la frase “Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”. En realidad nunca dijo tal cosa(13), pero a nuestros efectos la idea es buena. Creo que estaréis conmigo en que hoy en día nadie en su sano juicio se plantea seriamente entrar a tiros en el Congreso de los Diputados, sacar a Rajoy a rastras y lincharle en la Plaza de las Cortes, pero eso es algo que pasa ahora y que tiene que ver con el estado de ánimo y la consideración de lo que es bueno de la sociedad ahora. Si alguien propusiera seriamente hacerlo, si alguien intentara transmitir ese mem, sería inmediatamente contrarrestado por la acción de cientos de otros memes que tenemos ahora mismo en nuestro cerebro, como el del respeto a la vida o a la presunción de inocencia o el repudio de la violencia, que actuarían de una forma análoga a los anticuerpos y neutralizarían el mem. Lo normal ahora mismo, lo que la sociedad quiere y a lo que nos condiciona, es a respetar a los que nos rodean y a que la idea de entrar a tiros en el Congreso y linchar a Rajoy nos resulte inconcebible. Oh, bueno, puede ser concebible como parte de un chiste o algo así, como el cartelito ese de la guillotina enfrente del Congreso y el lema “Yo también veo necesario hacer algunos recortes”, pero ¿hacerlo en serio? Ni hablar, hombre, yo no soy un asesino. Y, sin embargo, el mem que vive en ese chiste es  ese: “matemos a los políticos”.

Un chiste tiene gracia precisamente por el contraste con la realidad. Si viviéramos en la época de la revolución francesa un cartel como el que acabo de mencionar no sería interpretado como un chiste sino como una sugerencia seria de un curso de acción. Cuando vemos y compartimos ese chiste estamos, sin darnos cuenta, infectando nuestros cerebros y los de los demás con el mem “matemos a los políticos”. Algo que podía ser inconcebible deja de serlo, una idea que antes no existía en nuestra mente de pronto aparece. Y cuando infecta todas las mentes que nos rodean, de repente deja de ser algo impensable y el chiste pierde su gracia porque el contraste con la realidad se ha diluido. Hace falta hacer un chiste más bestia en el mismo tono para que haga gracia y, poco a poco, el mem “matemos a los políticos” se va normalizando. Si antes cuando alguien nos decía “matemos a los políticos” le contestábamos inmediatamente “¿pero qué dices, hombre?” ahora dejamos de hacerlo porque, claro habla en broma. Pero el hecho está en que hemos eliminado uno de los memes que evitaba que efectivamente matáramos a los políticos: el primer “anticuerpo” contra ese comportamiento. A medida que esa idea se va repitiendo se va normalizando, a medida que van cayendo las defensas meméticas contra el uso de la violencia esa idea deja de ser tan impensable (porque ya no es respondida inmediatamente con un “¿pero qué dices?”) y pasa a ser pensable. Y eventualmente el mem muta a “matemos a los políticos… y lo digo en serio”. Y un mem que no hubiera tenido jamás ninguna posibilidad de tener éxito en el ambiente previo a la normalización, ahora puede tenerlo porque las defensas están débiles. Poco a poco, con el transcurso del tiempo, el mem va mutando e infectando más cerebros, haciendo que la gente “cambie de idea” y deje de ver el asesinato como algo absurdo y esperpéntico, solo contemplable en un contexto humorístico y pase a convertirse en una posibilidad real. Hasta que, eventualmente, la chispa salta, la civilización estalla por los aires y el pueblo enfurecido entra a tiros en el Congreso de los Diputados, saca a Rajoy a rastras y le lincha en la Plaza de las Cortes. Hasta que un año después, entre las ruinas del congreso, en medio de la destrucción y los disturbios, el que inventó el chiste de la guillotina alza la mirada al cadáver y se pregunta “¿Cómo hemos podido llegar a esto?”

Pues gradualmente. A partir de acciones inocentes que no parecían tener relevancia. A través, como siempre, de la evolución por selección natura. Nadie quería que existiera el ser humano, nadie lo había planeado, pero existe; exactamente igual, nadie quería que todo acabara así, pero acabó así.

Somos responsables de los memes que permitimos que entren en nuestras mentes. Somos responsables de los memes que transmitimos y de las consecuencias que tienen, incluso a muy largo plazo. Y algunos, los más morales y exigentes de nosotros, somos responsables incluso del control epidemiológico de los memes más peligrosos. Evitar que ciertos memes peligrosos se contagien es bueno, pero evitar que lleguen a producirse mutaciones meméticas peligrosas es todavía mejor.  Así que, amigo lector, cuidado con lo que lees, cuidado con lo que cuentas… y cuidado con lo que crees. Y si te quieres unir a la Orden de los Pobres Caballeros del Sentido Crítico y de la Higiene de los Memes y dedicar tu vida a luchar contra los bulos, serás bienvenido. Porque somos tres y el de la guitarra…

Gracias por dejarte infectar,

Arthegarn________________

(1) La forma correcta del singular de este neologismo en español ha de ser “mem” y no “meme” como se lee por ahí. Esto es así porque cuando Dawkins sugiere su nombre lo hace partiendo del griego μίμημα (mimema), acortándolo a “mema” y sustituyendo la “a” final por una “e” para reforzar el paralelismo con la palabra gene (gen). Así pues, puesto que en castellano el singular de genes es gen, el singular de memes ha de ser mem. Este es un caso en el que el calco de la palabra del inglés desvirtúa su significado y etimología.
(2) Tengo que pedir perdón por le lenguaje volitivo que utilizo en este artículo para referirme a entes que, como los memes, no tienen ni siquiera la capacidad de entender o querer algo. Cuando digo que una célula “quiere sobrevivir”, por ejemplo, no quiero decir que verdaderamente sea así: la célula no tiene ni siquiera consciencia de si misma, mucho menos de lo que podría ocurrirle si se acerca demasiado al interior del estómago, por ejemplo. No, lo que quiero decir es que el ente tiene una serie de mecanismos automáticos que le hacen reaccionar ante determinados estímulos como si verdaderamente se diera cuenta de que (por ejemplo) algo es peligroso y quisiera evitarlo para intentar sobrevivir.
(3) Un mem muere, por supuesto, cuando se olvida. Todos conocemos “Cumpleaños feliz” pero casi nadie recuerda a Shutruk Nahhunté
(4) El ejemplo clásico es la flora bacteriana, literalmente cientos de especies diferentes que conviven dentro de nosotros en una relación de beneficio mutuo. Un ejemplo algo menos conocido pero verdaderamente fascinante es el de las mitocondrias, presentes en cada célula de nuestro cuerpo y sin las que éstas no podrían funcionar y que tienen su propio ADN, distinto del del individuo a quien sirven. De hecho, se puede remontar la historia mitocondrial hasta un primer y único ancestro de toda la humanidad, la llamada Eva Mitocondrial. La ciencia es preciosa.
(5) Un pensamiento que puede resultar bastante amenazador para aquellos que necesitan que la ciencia no sea capaz de explicar la mente para poder aferrarse a la posibilidad de la existencia de lo sobrenatural y de la supervivencia de la mente tras la muerte del cuerpo. Yo mismo cuando leí esa teoría tuve que luchar contra una especie de picor espiritual que no sabía donde rascarme (entre otras cosas porque siempre tuve muy clarito lo de Lc. 20,38) y que solo años después entendí de donde procedía.
(6) Este tema, verdaderamente fascinante, es desarrollado en mucha mayor profundidad en La Consciencia Explicada (Dennett, 1991).
(7) Incluyo algún ejemplo de evolución memética más abajo, pero si os interesa el tema hay estudios tanto en El Espejismo de Dios (Dawkins, 2006, donde el autor lo usa para proponer que el mem “Dios” es un parásito de la evolución de memes más útiles como “obedece a tus mayores”), La Máquina de los Memes (Blackomre, 1999) y Virus of the Mind: The New Science of the Meme (Brodie, 1996)
(8) Los lectores avezados se darán cuenta inmediatamente de que el mem “fanatismo” es una evolución del mem “fe”. Si no recuerdo mal Dawkins lo comenta también en El Capellán del Diablo (2003)
(9) Porque, no lo olvidemos, no todos los microbios son dañinos. También son microbios los hematíes, los leucocitos y las plaquetas (y, puestos a ello, técnicamente, las mitocondrias) sin los que no podríamos sobrevivir.
(10) Tengo que decir que uno de los editores que ha tenido a bien criticar el primer borrador de esta entrada me ha comentado que “este párrafo es falso, o al menos no cierto, ya que hay mucho cafre, mucho cerdo, mucho ignorante y mucho imbécil que hace lo que tu dices que a nadie se le ocurriría”. Como diría Romanones, vaya tropa.(11) Esto no es del todo cierto. Al igual que antes de la teoría microbiana la humanidad observaba ciertas normas higiénicas por puro sentido común, en nuestra sociedad también existen mecanismos de higiene memética aunque no se denominen así. Por ejemplo, mi madre a la higiene memética la llamaría “salud mental”.
(12) Término elegido con toda la maldad del mundo.
(13) Es una aliteración de una de las técnicas de propaganda descritas por Hitler en Mein Kampf, la de la Grosse Lüge, particularmente una de la que acusa a los judíos de utilizar por lo que es prácticamente imposible que Goebbels la incorporara a su repertorio.

Los libros de diciembre

Madrid Oculto me lo compré una noche tonta en un VIPs en la que había salido de casa sin mi habitual libro y me apetecía tener algo que llevar al Escape. Pensé que sería una guía de Madrid en la que le contaran a uno el lado “oculto”, desde el punto de vista de “ocultista” de la ciudad, algo que siempre queda muy gótico y que afianza leyendas. Resultó que no; que, es en efecto, una guía de Madrid pero no desde el punto de vista mágico sino desde el punto de vista de aquello que no resulta obvio. ¿Por qué se llama de Salamanca el barrio de Salamanca? ¿Qué hay detrás de los fantasmas del palacio de Linares (vale, eso tiene algo de ocultista? ¿Por qué a los madrileños se les llama gatos (no, no tiene nada que ver con lo de que no pueden estar quietos en el mismo sitio toda la noche)? ¿Quién era el Caballero de Gracia? ¿Donde comió, y donde no comió Hemmingway? O, ya que estamos, ¿dónde vive el ratoncito Pérez? Pues hasta eso lo contesta, nuestra particular Hada de los Dientes vive en la C/ Arenal, 8, con lo que creo que se convierte en el único ente mitológico con una dirección exacta, para más datos leed el libro, que es uno de los que más me han solicitado en préstamo en las semanas en las que me lo he leído. Ahora mismo lo tiene J.A.S.O. y la lista de préstatarios incluye a Ana, Zalasa, Copito de Nieve. que dice que si se lo regalo me regala él otro. Un libro curioso, la verdad, que a mi me vendrá bien para cuando aparezca por aquí n un par de semanas y que tuvo tanto éxito que sus autores sacaron una segunda parte que, si encuentro, me compraré. Una lectura entretenida para cualquier madrileño, sea de origen o de adopción.

La Historia de los Griegos de Indro Montanelli es otro de esos libros que tenía en la parte de la biblioteca que es herencia de mi abuelo, al lado de la tan manoseada y leída como excelente Historia de Roma del mismo autor. A ver, es un buen libro, sobre todo de divulgación e iniciación para quien no tenga demasiada idea sobre la historia de la civilización griega y no tenga muy claro si la Guerra de Troya verdaderamente existió, que no tenga muy claro quién es el Pericles del Siglo de Pericles o Si el Leónidas de Marathon es el mismo Leónidas de las Termópilas pero se queda bastante en la superficie. El propio autor dice que en la civilización griega las fuerzas centrípetas fueron tan grandes que no se puede hablar de una verdadera historia de Grecia, sino uno a uno de los personajes más importantes de aquella época y la influencia que tuvieron en la historia, y así enfoca el libro, estando (básiamente) cada capítulo dedicado a uno de estos personajes, lo que desde mi punto de vista quiere decir que mete demasiados nombres propios entre losm que el lector se acaba perdiendolib. El libro es entretenido y aprendes cosas, pero no está en absoluto a la altura de la Historia de Roma, que recomiendo en cambio muy encarecidamente. De los pocos puntos que yo considero verdaderamente positivos, la descripción que hace de Alejandro frente a Filipo, que considero muy acertada y muy en contra del tratamiento prácticamente divino que se le da por la mayoría de los historiadores (uno de los grandes interrogantes de la historia, para mi, fue por qué un general y un estadista de la talla de César, cuya obra duró siglops y repercutió en milenios, tenía esa obsesión con una estrella fugaz como Alejandro, que como comandante no estaba mal pero que como general se lo debía todo a la gente de la que supo rodearse su padre y cuyo “imperio” (por llamarlo de alguna manera, porque de imperio no tuvo nada) no le sobrevivió ni cinco minutos). Muy recomendable para gente que no conozca casi nada de esa época, un poco superficial para los que sí, e, insisto, si no la habéis leído leed antes la Historia de Roma que es fenomenal.

La Sopa Boba (II)

Una vez contada la fábula, ¿Qué quería Arthegarn decir con “¿Y por qué, exactamente, los que producimos con nuestra habilidad tenemos que mantener a los que no aportan al Sistema otra cosa que su necesidad?” y, ya que estamos, por qué ha titulado a esta serie de artículos “La Sopa Boba”?

Lo que quiero decir, ya sin ambages, es que es injusto que se obligue a quienes producen a mantener a los que no producen. Y no es que simplemente sea injusto; es que construir un sistema en torno al principio de la caridad obligatoria sub poena, en torno a la idea de que todo aquel que pase necesidad debe ser sacado de ese estado pura y simplemente porque pasa necesidad, es estúpido y rayano en el suicidio. Si encima no estamos hablando de necesidades básicas para la vida (comida, agua, etc,) sino de garantizar a todos los ciudadanos, simplemente por ser ciudadanos, una determinada calidad de vida, entonces el sistema es directamente suicida y está destinado al colapso a corto o medio plazo.

Eso no quiere decir que opine que hay que dejar que la gente se muera de hambre por las esquinas. Para nada. Lo que ocurre es que hay una diferencia muy importante entre que yo elija darle parte de mEs de 1976 pero no me cansare de recomendar este libro, en este caso el capitulo 10i dinero a quien tiene menos porque me da pena, y que el que tiene menos que yo tenga derecho a meter la mano en mi bolsillo y quedarse con parte de mi dinero, pura y simplemente porque yo tengo más que él, sin pararnos a preguntar por qué eso es así. Que es lo que pasa ahora, aunque hemos disfrazado esa acción haciendo que la mano que se mete en mi bolsillo lo haga recubierta por el guante del Estado. Pero, al final, es lo mismo.

La caridad es una idea muy buena, no solo por motivos humanitarios sino por motivos egoístas. Es tan buena que está escrita en nuestros genes, estamos genéticamente condicionados a ayudar a nuestros semejantes, por eso nos conmovemos cuando vemos a alguien sufrir (y, si no lo hacemos, es que algo va mal). Ahora bien, la caridad consiste en que yo, voluntariamente(1), dedique parte de mis recursos a ayudar a mis semejantes: es una decisión que tomo porque soy así de bueno, no porque el otro tenga derecho a que le ayude, que no lo tiene(2). El hecho de ayudar a mis semejantes me hace mejor persona, sí, pero el hecho de no ayudarles no me hace peor aunque nuestra estructura conceptual así lo sugiera.

El problema es que vivimos inmersos en un sistema de ideas tan infectado por los memes de las religiones del Libro que ciertos conceptos, como la bondad de la caridad, a base de repetirse una y otra vez generación tras generación se han incrustado en nuestras mentes, y no solo en las individuales, sino en el imaginario colectivo, y han perdido su significado original. En algún momento, dejamos de ayudar a la gente porque pensábamos en lo que hacíamos y pasamos a hacerlo simplemente porque nos decían desde la infancia que había que hacerlo, que era bueno hacerlo; dejamos de ser motivados, de pensar y decidir caso por caso si esa persona merecía nuestra caridad, y asociamos la idea de caridad con la idea de bien. Desde ese momento, toda caridad era siempre buena, y de esa desgraciada identidad nació la sopa boba.

La sopa boba, como casi todos sabréis, era una comida que se ofrecía a los pobres en los conventos, consistente fundamentalmente en sopa de lo-que-hubiera-a-montones-esa-semana aderezada con lo-que-se-estuviera-poniendo-malo-en-la-despensa y con tropezones de sobras. Nadie preguntaba nada. Uno llegaba ahí, se ponía a la cola y el capuchino o la monja de turno le daba una escudilla de sopa con la que se podía sobrevivir un día más. La historia de la sopa boba y de la España en que se desarrolló es fascinante y ofrece algunas lecciones que, como no, hemos olvidado. Por ejemplo, es cierto que la sopa boba salvó vidas, pero también es cierto que contribuyó decisivamente a la ruina de España, creando un estrato social importantísimo de sopistas(3), de gente que andaba a la sopa (v.gr.: que vivía una existencia holgazana y a expensas de otro) y que no trabajaba y no producía porque no le hacía falta. Sin sopa boba, sin una posibilidad de vivir sin hacer nada para ganarse el sustento, quien sabe si nos hubiéramos visto obligados a adelantar un siglo el decreto de Carlos II sobre la honra del comercio y el trabajo… pero divago. Ya volveremos a la sopa boba y a los subsidiados.

Una vez apareció esa identidad (caridad=bien) nos la repitieron hasta la saciedad, hasta el agotamiento, generación tras generación. El valor de bondad de la caridad dejó de depender de nuestra decisión sobre quién la merecía y quien no, y de la misma forma el valor de verdad de la asociación dejó de depender de nuestro entendimiento y pasó a estar vinculado a la autoridad de quien nos lo contaba, con lo que cuestionar esa identidad era cuestionar la autoridad de quien nos la inculcaba. Cuando este cuestionamiento inevitablemente ocurrió, cuando alguien dijo “la caridad no es buena en todos los casos” (o “la sopa boba hace más mal que bien”), la autoridad sintió atacada en si misma y se defendió desde el poder, con un simple argumento ad hominem, del tipo: “Los hombres buenos hacen cosas buenas. La caridad es buena. Quien discute que la caridad es buena es porque no quiere ser caritativo. Quien no es caritativo no es bueno. Quien no es bueno es malo. Quien discute que la caridad es siempre buena es un malvado”. Y, desde entonces, quien abre la boca para reivindicar el verdadero significado de la caridad es inmediatamente tachado de malvado egoísta(4)

Las cosas no deberían ser así. Quien decide dedicar parte de sus recursos a ayudar a los demás merece nuestro elogio, pero quien decide no hacerlo no merece nuestra reprobación, porque está en su derecho. ¿Por qué vamos a reprobarle? ¿Perjudica a alguien quien va a lo suyo y no se mete en la vida de los demás, ni para bien ni para mal? No, por definición. Pero el subconsciente colectivo, después de siglos de machacamiento de esa identidad (reforzada con un insisdioso mem que dice que es bueno ser malo con los malos) le pone a la altura de los ladrones y los asesinos. Es fascinante lo que se puede conseguir cuando se introduce en una cultura la idea de pecado de omisión: la virtud deja de ser verdaderamente virtuosa y se convierte en obligatoria. Uno nunca puede ser suficientemente bueno, al final todo queda a la misericordia de Dios…

Este concepto de la caridad como algo obligatorio lleva, con el tiempo (no demasiado) a la institucionalización de la caridad: ya no es solo el individuo quien tiene que ser caritativo, es la sociedad en su conjunto quien tiene que serlo. Y así el Estado, esa máquina, ese constructo jurídico por definición incapaz de sentir empatía ni solidaridad ni ninguna de las emociones que dan lugar a la caridad, se pone a imitar las acciones de sus ciudadanos caritativos y a “ayudar a los pobres”, a “dar de comer a los hambrientos”… con la sopa boba. Pero todo cambia, todo se desvirtúa, no estamos hablando ya de un ser humano que ayuda a un semejante porque se identifica con él, porque padece con él, porque le compadece; sino de un ente sin sentimientos que solo actúa por criterios objetivos(3) más o menos adecuados a la realidad. La caridad deja de ser un asunto de compasión y moral y pasa a ser… política.

¿Por qué he dicho que el Estado da de comer con la sopa boba? Porque tiene que guiarse por criterios objetivos a la hora de repartir los subsidios. Los capuchinos no preguntaban a sus sopistas si verdaderamente eran pobres de solemnidad que necesitaban comer o si es que de esa forma se ahorraban unos reales para vino que era lo más habitual. De la misma forma, el Estado no se fija en si quien recibe el subsidio lo merece o lo necesita, solo en si cumple (o no) determinados requisitos formales, Hace cuatrocientos años el requisito formal era plantarse ante el convento, hoy en día es… bueno, quizá haber cotizado doce meses en los últimos seis años, por ejemplo. Pero ninguna de las dos cosas, ni la sopa boba ni los subsidios estatales, son verdadera caridad.

Y el problema de la caridad institucionalizada (uno de ellos) es que crea la aberrante idea de que quien la recibe de tiene derecho a recibirla. No hay diferencia entre los tumultos del XVI si se acababa la sopa boba y los rebuznos de los sindicatos contra las últimas medidas, bastante titubeantes, del Gobierno para intentar que los parados vuelvan a situación activa lo antes posible. O con la idea de “tener seis meses de paro”, que todos sabemos que todo el mundo lo interpreta como si tuviese derecho a cobrar seis meses del Estado cuando en realidad no es así. El origen del subsidio de desempleo es caritativo y no porque lo diga yo, sino porque es como está configurada la ley. Quid pro quo, sí; en plan mutua, sí, pero caritativo. No es un sueldo o una pensión a la que tienes derecho por haber cotizado, es una ayuda que los que cotizan te prestan para que no lo pases tan mal en el periodo mínimo imprescindible hasta que encuentres otro trabajo y puedas volver a mantenerte por ti mismo. Pero, claro, ¿quién se lo toma así? Mirad a vuestro alrededor, o dentro de vosotros, y decidme que me equivoco, que la gente no cree que tiene derecho a “cobrar el paro” y que no reaccionaría violentamente si se le cuestiona el mismo…

Derecho a la caridad. Esta es la horrible idea contra la que quiero luchar. El derecho a la caridad es, básicamente, decir que uno tiene derecho a que le mantengan solo por existir. En otras palabras, que uno puede estar inmerso en un sistema sin aportar nada más que su propia existencia y sus propias necesidades y exigir del sistema que le mantenga. Su contribución neta al sistema es negativa y eso tiene un nombre en biología: parasitismo. Lo bueno es que en biología el huésped trata de defenderse del parásito, pero nosotros no. Nosotros no es solo que no nos defendamos, es que reconocemos el derecho del parásito a chuparnos la sangre. Perdón, no reconocemos ese derecho, porque no lo tiene; se lo otorgamos, que es todavía peor. Al igual que un organismo que no se defiende de los parásitos acaba devorado por estos, una sociedad que no solo no se defiende de los parásitos, sino que los fomenta reconociendo el derecho de todo el mundo al parasitismo, está herida de muerte. Porque, si existe la posibilidad de vivir sin trabajar, ¿por qué trabajar? (y mucho cuidado que, al igual que la caridad, esto también está escrito en nuestros genes y mucho más profundamente) Y si encima no es solo que me vayan a mantener sino que lo “progresista” es reconocer el derecho del parásito a la sanidad y el vestido y la vivienda digna con electricidad y gas y agua corriente… y a unos taquitos de jamón de vez en cuando.

Porque claro, en un mundo ideal no es solo que nadie pasa necesidad, es que todos comemos jamón y atamos a los perros con longanizas. Pero ese mundo no es cierto, y todas esas cosas hay que pagarlas, y ¿de dónde sale el dinero que se destina a esa cada vez más cara y atractiva sopa boba? Del bolsillo de los que producen, por supuesto, que algún día se preguntarán, como yo, exactamente por qué tienen que mantener a los que no producen.

Suficiente para la segunda parte, creo yo. Buen fin de semana a todos,

Arthegarn__________
(1) O todo lo voluntariamente que se pueden hacer las cosas en un mundo sin libre albedrío, vamos.
(2) Por supuesto, esta idea mía de que uno no tiene derecho a robar (por ejemplo), es mía. Hay sistemas filosóficos enteros basados en la inexistencia de la propiedad privada, por ejemplo, lo que excluye el concepto mismo del robo; y  nuestra propia constitución habla de la “función social de la propiedad”, lo que básicamente viene a decir que la propiedad privada existe y debe ser respetada… siempre que le parezca bien al Estado. Yo es que no estoy de acuerdo en esas configuraciones porque me parecen excesivamente artificiosas, poco acordes con la realidad. No creo en las limitaciones a la propiedad privada por la misma razón por la que no creo en Dios: puede que sea una buena idea, pero el Universo no funciona como si existiera. Intentaré abordar este asunto en el próximo artículo de la serie.
(3) Y, en última instancia, el mayor de los males de España… ¡la tuna!
(4) Lo cual es una redundancia, porque tan arraigada está la identidad caridad=bien como lo está la identidad egoísmo=mal. Y tan falsa es la una como la otra.
(4) Eso cuando hay suerte, claro.

El libro de febrero

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Como es bastante sabido llevo unos meses bastante liado de trabajo. En febrero sólo me ha dado tiempo de leerme un libro: El Símbolo Perdido, del infame Dan Brown.

Bien, tengo que decir que es el segundo peor pedazo de mierda que he leído, inmediatamente por detrás de la espeluznante La Mano del Muerto, de la que creo que ya he hablado en alguna ocasión. No es que me esperara mucho (Dan Brown no es Umberto Eco precisamente)(1) pero los otros libros suyos que me había leído(2) tenían algo, al menos. Es cierto que exigían una suspensión de la incredulidad muy alta, pero eran thrillers bien construidos, entretenidos, interesantes, que te tenían en tensión si eras capaz de olvidar las estupideces sobre la sanidad española o la etimología de Yahveh o la Iglesia Católica o el método científico o casi cualquier cosa de las que dice saber y que suelta cada dos páginas. Pero éste…

El libro es lento. Aburrido. Sin ritmo. Sin línea argumental definida. Sin intriga. A los protagonistas les van pasando cosas pero un poco como amanece nublado o soleado, sin que nadie pueda hacer nada al respecto; la historia emite un tufo a Deus ex machina desde el tercer capítulo que no le abandona hasta la última página. No hace falta que diga que Dan Brown sabe del tema de trasfondo del libro (los masones) más o menos lo mismo que de, por ejemplo, la Iglesia Católica (o sea, nada)(3) porque a eso ya nos tiene acostumbrados, pero en este caso además deja claro que tampoco tiene ni idea de ciencia (bueno, eso ya quedaba claro en Deception Point, ahora que lo pienso) ni del funcionamiento de las instituciones de su propio país (el involucramiento de la CIA, por ejemplo, no hay quien se lo crea) y, ya que estamos, que tiene un concepto exagerado de su propia importancia(4). El golpe final, el gran giro argumental de la muerte mortal yo, personalmente, me lo venía oliendo desde el cuarto capítulo.

Pero lo peor de todo no es que sea un libro objetivamente malo y aburrido (esto último, insisto, algo que no suelen ser los libros de Dan Brown). Lo peor de todo es que es un libro tóxico.

El Símbolo Perdido intenta reintroducir (o, de existir ya, explotar) en el acervo memético(5) una serie de ideas infecciosas, malas, retrógradas, pueblerinas, perjudiciales y cabreantes. Supongo que mucha gente pensará que al fin y al cabo no es más que un libro de ficción, que no hay que tomárselo en serio y que el autor está legitimado para inventarse lo que le de la gana, pero yo no las tengo todas conmigo: Europa todavía está llena de gente buscando rayas inexistentes en catedrales mencionadas en El Código da Vinci y el otro día alguien me preguntó por el Gran Elector de la Iglesia Católica. Dan Brown tiene la irritante capacidad de conseguir que el vulgo más inculto (y numeroso) se trague sus estupideces como si fueran ciertas y todo lo que dice de la ciencia noética(6) es algo que creo que hay que desenmascarar lo antes posible.

Para empezar, el Instituto de Ciencias Noéticas existe, es cierto, pero está compuesto por una panda de colgadas que deben haber sido expulsadas de alguna comunidad evangelista por estar particularmente idas; os recomiendo que os deis una vuelta por su página web si queréis contrastar lo que digo. También es cierto que existió el PEAR(7) en Princeton, dedicado a experimentos psicoquinéticos dignos de las escenas iniciales de Los Cazafantasmas  (y, tras que el ejército americano lo abandonara, a continuar el Proyecto Stargate, los famosos “visores lejanos”). No me voy a poner a criticar los métodos de esta institución porque sería largo(8), pero digamos que afortunadamente cerró hace tres años tras haber sido descrito como “una vergüenza para la Ciencia y para Princeton”. Y, desde luego, no es cierto que, como dice el libro en la página 74, los experimentos que se llevan a cabo en esas instituciones hayan “demostrado categoricamente que el pensamiento humano, debidamente canalizado, tiene la capacidad de afectar y modificar la masa física.” Nada más lejos de la realidad. Hasta Walter Bishop hubiera dicho que sus resultados eran inconcluyentes.

Dicho esto, que en el fondo no es más que poner de relieve otra memez y verdad a medias de las de Dan Brown, el mem verdaderamente peligroso se resume en esta cita (p.80):

Los antiguos poseian un concimiento cientifico profundo” La ciencia moderrna no hacia tanto “descubrimientos” como “redescubrimientos”. Al parecer  la humanidad antaño había alcanzado a comprender la verdadera naturaleza del universo… pero no la había retenido… y se habia olvidado de ella. “La física moderna nos puede ayudar a recordarla”  Esta búsqueda se había convertido en la misión vital de Katherine: utilizaba ciencia avanzada para redescubrir el saber perdido de los antiguos.

No. No, no, no y mil veces no. El hecho de que el Kybalion describa fuerzas positivas y negativas en el universo (también se hace en la Biblia) no quiere decir que su desconocido autor tuviera idea de lo que es el electromagnetismo, al igual que el tipo que dibujó el Ying/Yang no tenía ni idea de lo que es la antimateria. El hecho de que en los Upanisads se describa el caos del universo (también se hace en la Biblia) no quiere decir que sus autores entendieran el Principio de Indeterminación. El hecho de que en el Zohar se hable del árbol de la vida (también se hace en la Biblia) no quiere decir que sus autores tuvieran una explicación físico-matemática de la estructura de la realidad que implica diez dimensiones(9). Lo único que pasa es que si te lees un texto místico de setecientas páginas de hace mil años como es el Zohar es probable que encuentres algo que te recuerde, aunque sea vagamente, a una teoría científica actual (sobre todo una tan arcana como la Teoría de Cuerdas). Pero eso no quiere decir que Moisés de León tuviese conocimientos matemáticos mil años por delante de su tiempo, simplemente que escribió algo que se parece; lo otro es pareidolia, es como los canales de Percival Lowell: “no hay duda de que los canales marcianos tenían un origen inteligente, la única duda estaba en saber a qué lado del telescopio se encontraba la inteligencia”(10).

Un texto místico suficientemente amplio por fuerza tiene que contener algo que huela a ciencia, pero ¿qué pasa, por seguir con el ejemplo, con las otras seiscientas páginas de Zohar? ¿Qué pasa con el Ein Sof, o con la gematria, o con el tetragramatón, o con otro montón de conceptos fundamentales para la Cábala? Como eso no se parece a nada, pasamos de ello, ¿no? Pues sí, eso es precisamente lo que hacen Dan Brown y miles de charlatanes y pseudocientíficos por todo el mundo, ir por el mundo abriendo textos antiguos que no llegarían a comprender ni aunque los leyeran (cosa que no hacen) y vendiéndonos que los Antiguos ya sabían lo que nuestra ciencia actual sólo puede alcanzar a vislumbrar, una idea que la humanidad ya tuvo una vez en una época en la que renunció a la investigación y al crecimiento partiendo de la base de que lo que había que hacer es centrarse en el estudio del pasado porque éramos “quasi nanos, gigantium humeris insidentes“, como enanos encaramados a los hombros de gigantes y que todo lo que veíamos era solo porque nos apoyábamos en esa sabiduría especial y visionaria de los Antiguos. Hablo, en efecto, de la Edad Media, que es a donde nos puede hacer volver el darle cabida a este tipo de ideas.

Los Antiguos no” tenían un conocimiento científico profundo”. Los Antiguos tuvieron miles de años para que miles de iluminados dijeran millones de estupideces apriorísticas, algunas de las cuales se parece remotamente al conocimiento científico.

Pero hay más. La ciencia, a la que tanta técnica, conocimiento y bienestar debemos, no es tanto una colección de saberes como un método de conocimiento. Incluso en el hipotético caso de que Moisés de León hubiera recibido por inspiración divina el conocimiento de la Teoría de Cuerdas sus ideas, aunque ciertas(11) serían científicamente inaceptables. Lo importante no es tener la inspiración, el momento eureka que da la solución al problema, sino luego demostrar la adecuación de lo que se te ha ocurrido a la realidad. Lamarck, por ejemplo, ya tuvo la idea de la evolución de las especies décadas antes que Darwin, y mucho antes que él la tuvieron Empédocles o Anaximandro, lo que hace que recordemos a Darwin es que demostró e integró esa idea con la selección natural, no que se le ocurriera ex nihilo. Hay una razón por la que a largo plazo tienen más éxito los científicos que los visionarios, y es que cuando los científicos no están razonablemente seguros de algo(12) se callan, mientras que los visionarios dicen lo primer que se les pasa por la cabeza con la idea, tristemente cierta, de que al vulgo se le olvidarán rápidamente las cosas que dijo que resultaron ser falsas y se quedará sólo con aquellas en las que (milagrosamente) acertó. Proponer, como hace este libro (no solo en la cita anterior sino a lo largo de sus quinientas plúmbeas páginas), que abandonemos la investigación científica y dediquemos nuestros esfuerzos a revisar lo que escribieron decenas de miles de iluminados, generalmente puestos de algo, a lo largo de la historia para ver si podemos sacar algo en claro es para tirarse de los pelos. ¡Y lo peor es que hay gente que aboga en serio por esto! El trasfondo filosófico de este libro, la idea que propone, es echarle gasolina al fuego de la ignorancia y del fanatismo.

En fin, lo dicho. El libro, malo y aburrido. La idea subyacente, digna de resucitar a Santo Domingo.

No os lo compréis, en serio.

Arthegarn_______________

(1) Bueno, un Umberto Eco bakaluti, inculto y de farlopa hasta las orejas, quizá.
(2) Y, aunque sea quedar mal, acabo de darme cuenta de que me los he leído todos
(3) Bueno, igual sabe mucho pero en el libro no se nota.
(4) Por qué digo esto es un poco complicado y requeriría algún spoiler. Digamos que el secreto “de Seguridad Nacional” que la CIA trata de proteger (violando sistemáticamente derechos individuales) no es ni tan secreto ni, en absoluto, de Seguridad Nacional. Afecta de forma tangencial y populista a la imagen pública de determinados cargos electos en su faceta privada y para de contar, la idea de que el que se revelara podría tener las consecuencias que insinúa Sato en el libro (que poco menos son el fin de la democracia en Estados Unidos) sólo se le puede ocurrir a un narcisista que cree que todo gira en torno suyo. Pero si os lo leéis, cosa que no recomiendo, ya me contaréis vuestra opinión.
(5) Antes hubiera dicho “en el subconsciente colectivo”.
(6) Que, por supuesto, no existe; la noética es un campo de la filosofía clásica y la propia wikipedia se refiere a la “ciencia noética” diciendo “Noetics is often viewed as a completely unscientific field, based on nothing more than misguided spirituality and philosophical hand-waving.”
(7) Princeton Engineering Anomalies Research Laboratory. Como diría John Parr, tiene un nombre muy bueno.
(8) Todos sabemos que si tiramos suficientes veces una moneda se producirá en algún momento una serie de caras consecutivas que dará la apariencia de desviarse de la norma general. Eso es una coincidencia, no que en ese momento el sujeto del experimento haya, por alguna razón, experimentado un subidón de habilidades psicoquinéticas. Las desviaciones estadísticas que se apreciaban en los experimentos del PEAR eran del orden del 0.025% y son mucho más fácilmente atribuibles, siguiendo nuestro ejemplo, a que la distribución de la masa en la moneda haga que las posibilidades de salir cara sean un 0.025% mayores. En serio hacían estas cosas.
(9) Todas estas asociaciones están sacadas del libro. De verdad. La asociación entre el Seder Hishtalshelus y la forma que tienen de comportarse ciertas dimensiones de ciertas variantes de la Teoría de Cuerdas es particularmente enrevesada y solo puede hacerla alguien que esté buscando analogías de forma leyendo las cosas por encima, sin importarle un cuerno lo que dicen de verdad ni la Cábala ni la Teoría de Cuerdas; es tan disparatado como decir que los antiguos egipcios conocían las teorías de Maslow porque construyeron las pirámides.
(10) (C) Carl Sagan.
(11) En el hipotético caso de que la Teoría de Cuerdas sea cierta, claro.
(12) No solo seguros de algo, sino seguros de poder defenderlo ante gente tan preparada como ellos mismos.

Los libros de junio

La Rebelión de Atlas es un regalo del ínclito Profesor Ignatius. No deja de sorprenderme la habilidad que tiene este hombre de descubrirme joyas como ésta o la saga de Flashman y no equivocarse nunca, muchas gracias, caballero. Aparte de lo dicho, no sé si es que estoy particularmente sensible por las cosas que digo de ciertos libros últimamente (ver Alicia en el País de los Cuantos, por ejemplo) o que tengo mucha suerte con mis lecturas, pero he disfrutado como un cerdo en un charco de barro con La Rebelión de Atlas. No había leído nada de Ayn Rand y tenía informes contradictorios de Lord Warden (“Ayn Rand es maravillosa”) y Mithur (“Esa gilipollez es digna de Ayn Rand”), pero tras haberla leído y haber leído sobre ella, me decanto sin fisuras del lado de Lord Warden.

La Rebelión de Atlas son 1.250 páginas en las que la autora narra los esfuerzos de Dagny Taggart, Vicepresidente de Operaciones de Taggart Transcontinental (una de las mayores operadoras ferroviarias en unos Estados Unidos imaginarios de mediados de los 50) para salvar la compañía de la ruina a la que la está llevando la inepta dirección (en realidad, el inepto desgobierno) de su hermano Jim, a la sazón presidente de la compañía. A medida que avanza el libro vemos que los problemas de la compañía no son sino un reflejo de los problemas del país y vamos conociendo a los pocos personajes (sobre todo Francisco D’Anconia y Hank Rearden pero también Ellis Wyatt o Dwight Sanders) que podrían salvar la situación y que, a medida que avanza el libro, van desapareciendo misteriosamente entre las críticas y el desprecio de unos Estados Unidos cada vez más deprimidos y que culpan de su situación a la avaricia y el egoísmo de estos empresarios y no a su propia incapacidad; todo ello mientras toda la nación se pregunta quién es John Galt.

Independientemente de que el libro sea interesante y que contenga, entre otras muchas cosas, escenas de sexo que fueron censuradas en las primeras ediciones (y no por lo explícito, sino por el (leve) componente sadomasoquista y, sobre todo, de D/s que impregna las mismas), tengo que decir que me ha impactado muchísimo. El libro plasma, blanco sobre negro, pensamientos que yo siempre he tenido y a los que no he podido dar forma hasta ahora; realiza además una durísima crítica al buenismo; cuestiona muchas de las bases de la moralidad (que no moral) social que damos por descontadas, como por ejemplo que los ricos tienen que (como en “están obligados a”) ayudar a los pobres simplemente porque los ricos son ricos y los pobres, pobres; y no deja piedra sobre piedra del principio marxista “A cada uno según su necesidad, de cada uno según su capacidad”.

Desde hace más de un mes tengo ganas de escribir un artículo, probablemente dos, con las reflexiones a las que me ha llevado este pedazo de libro. No he tenido tiempo, por desgracia, y quiero escribir algo sobre pastores adocenados próximamente así que aun tendrá que esperar, pero lo que sí puedo hacer es recomendar La Rebelión de Atlas a todo el mundo, especialmente a los buenistas, a los kumbayás y a algún otro que opino que es demasiado bueno, a sabiendas de que a mucha gente no le va a gustar y que habrá quien lo considere una Abominación. Pero así es la vida y, ¿sabéis? no tengo por qué vivir de acuerdo a vuestras normas, conque ahí os quedáis.

Flashman y Señora también es regalo del Profesor Ignatius. En esta ocasión, el cobarde más laureado de la Inglaterra victoriana empieza jugando al cricket y se encuentra, sin saber muy bien como, con su mujer raptada por un príncipe pirata indonesio. En su persecución (a la que, por supuesto, si hubiera podido no hubiera ido), se esconderá detrás de personajes tan interesantes y, para mi, tan hasta entonces desconocidos como James Brooke, el primer Rajá Blanco, y caerá cautivo de la despiadada reina de Madagascar, Ranavalona I, un personaje interesantísimo, una mujer cruel, despiadada y completamente loca que deja a Hitler a la altura de un aficionado, y que en 35 años de reinado asesinó de formas extraordinariamente crueles a casi la mitad de la población de la isla, lo que no está nada mal para los técnicos medios de mediados del siglo XIX. Como todos los Flashmans, recomendable tanto por su divertido guión como por las puertas que te abre a la historia fuera de Europa de ese siglo. A mediados de mes, a Ana le dio un ataque consumista, entre la devolución de Hacienda y la paga extra, que se materializó, entre otras cosas, en una maravillosa fiebre compradora de Pratchetts.

El Quinto Elefante es uno de ellos, en el que seguimos a Vimes a Úberwald, donde va a ser coronado el Bajo Rey de los enanos entre vampiros, hombres lobo, intrigas, emociones y bollos robados. A mi Vimes me parece uno de los personajes más interesantes, completos, complejos y realistas de Terry Pratchett y cada vez que saca un libro suyo me encanta, pero para aquellos que no estén para delikatessen psicológicas (que, entre los lectores de Sir Terence serán los menos, claro) hay que decir que también rondan por ahí Detritus, Jovial, Zanahoria y Angua, que conocemos la historia del ingreso de Igor en la Guardia, que por primera vez oímos hablar de los clacks y de Lady Margolotta, y que conocemos a la encantadora familia de Angua. Bueno, como todos los Pratchetts, éste con una reflexión interesante sobre la feminidad que luego será mucho más explotada en Unseen Academicals.

Ronda de Noche debe ser el libro que sigue cronológicamente a El Quinto Elefante. No lo agarré primero porque creí que ya lo había leído, pero en realidad lo que pasaba es que el título de alguna manera hizo que me patinara una neurona y creí que se trataba de Hombres de Armas. A Ana le pasó lo mismo, conque cuidado, camaradas. En este libro nuestro héroe Sir Samuel persigue al malo a través del tiempo por el pasado de Ankh-Morpok, más o menos a la altura en la que un nuevo Guardia Interino, apodado Vimesito, se une al cuerpo. Además de la reflexión sobre la naturaleza y efectos de las rebeliones populares, en la que vemos que los errores de Murat en Madrid se reproducen por todo el multiverso, este libro nos da la posibilidad de conocer a muchos de los personajes del Mundodisco en su juventud, por ejemplo a un joven sargento (entonces cabo) Colon, a un jovencísimo Nobby Nobbs, a un Vetinari aun no graduado en la Escuela de Asesinos, a un Reg Shoe todavía vivo, o a un Escurridizo que aun no es Y.V.A.L.R.. Bueno, como todos los Pratchetts, particularmente incisivo con el caracter de Vimes y su opinión sobre la Ley, la Justicia Y Todas Esas Cosas.