Educación para la Ciudadanía.

De todos es sabido que la penúltima reforma educativa en España, la Ley Orgánica de Educación, ha introducido en primaria y secundaria la famosa asignatura de Educación para la Ciudadanía que tanta lata ha dado.

La Ley, en sí misma, no dice casi nada de la asignatura. Se limita a decir que hay que darla en un año de tercer ciclo de primaria y otro de primero de secundaria (en el preámbulo se dice que hay que darla otra vez en bachillerato, pero luego no se desarrolla, un prodigio de técnica legislativa esta ley…). No dice ni pío sobre su contenido, se limita a describirla como un “…espacio de reflexión, análisis y estudio acerca de las características fundamentales y el funcionamiento de un régimen democrático, de los principios y derechos establecidos en la Constitución española y en los tratados y las declaraciones universales de los derechos humanos, así como de los valores comunes que constituyen el sustrato de la ciudadanía democrática (…).”

Así expuesto, la verdad es que me parece muy bien. Tan aséptico, tan profiláctico… no se va a tratar de una asignatura obligatoria en la que el Estado adoctrine a todos sus ciudadanos en lo que el gobernante considera que es correcto o incorrecto, bueno o malo, cierto o falso, sino que se va a tratar de un “espacio de reflexión” en el que se plantearán y discutirán varios puntos de vista. Algo así como un aula de debate. Muy interesante, desde luego, pero… ¿cómo se evalúa un aula de debate, un “espacio de reflexión”? ¿En función de la lógica y coherencia de las reflexiones del alumno? ¿O en función de las conclusiones a las que llegue?

Si dejamos la LOE, con sus generalidades, y nos adentramos en el desarrollo legislativo, mucho más concreto, las cosas empiezan a pintar de otra forma. Cuando uno lee el contenido específico se encuentra con cosas como:

  • Autonomía personal y relaciones interpersonales. Afectos y emociones.
  • Las relaciones humanas: relaciones entre hombres y mujeres.
  • Relaciones intergeneracionales.
  • Valoración crítica de la división social y sexual del trabajo y de los prejuicios sociales racistas, xenófobos, antisemitas, sexistas y homófobos.
  • Diversidad social y cultural. Convivencia de culturas.
  • Los impuestos y la contribución de los ciudadanos. Compensación de desigualdades. Distribución de la renta.
  • Un mundo desigual: riqueza y pobreza.
  • La «feminización de la pobreza».
  • Los conflictos en el mundo actual: el papel de (…) las fuerzas armadas de España en misiones internacionales de paz.
  • Relaciones entre los ciudadanos, el poder económico y el poder político.

Pero resulta que no es que se vayan a abrir debates en clase sobre estos temas, no. Resulta que los alumnos van a recibir una educación, una formación sobre estos temas. A todos esos menores de edad les va a llegar el Estado y les va a decir… ¿qué? ¿Alguien es capaz de leer estos temas y decir, verdaderamente y desde su fuero interno, que se van a debatir desde ambos extremos, que se van a enseñar ambos lados de la moneda? Pensemos en el antisemitismo, por ejemplo. Si vamos a debatir y reflexionar sobre el antisemitismo no es suficiente con contar el sufrimiento del pueblo judío, su milenaria discriminación y el holocausto. Habría que exponer también los argumentos en favor del antisemitismo (la usura, el pueblo deicida, la lealtad a la etnia antes del Estado, etc.) y si, de verdad, se supone que el Estado no va a tomar partido, los datos deberían enseñarse con la misma seriedad y neutralidad.

Ahora en serio ¿Alguien se imagina al profesor de educación para la ciudadanía exponiendo con perfecta neutralidad las tesis de Hitler? ¿Malthus? ¿Alguien se imagina a ese mismo profesor exponiendo a debate si los continuos ataques mediáticos al estado de Israel son una forma de antisemitismo (debería, incluso hay una parte en la asignatura sobre la influencia de los medios de comunicación en la formación de la conciencia? ¿Alguien se imagina a ese profesor exponiendo argumentos a favor de la segregación de minorías? No.

El hecho es que el contenido de esta asignatura implica de forma necesaria que el Estado va a tomar partido. Va a enseñar a todos estos menores de edad una serie de valores (tolerancia, igualdad de sexos, distribución de la renta, etc.) y conceptos (“identidad sexual” frente a “sexo”) “positivos” y una serie de valores (inflexibilidad, discriminación) y conceptos (liberalismo impositivo, roles en función del sexo) “negativos”. Y ahí es donde hay que decir basta.

La Constitución Española y todas las declaraciones de derechos reconocen el derecho supremo e inalienable de los padres de dar a sus hijos la educación que deseen, de acuerdo a sus propias convicciones morales y religiosas. Esta asignatura de educación para la ciudadanía es una intromisión absolutamente ilegítima en la esfera más íntima y personal de la familia y de la educación del menor. Muchas religiones y filosofías tienen éticas y morales que no concuerdan con esta especie de mínimo común que intenta enseñar el Estado a sus ciudadanos. Yo, por ejemplo, creo en la tolerancia pero no en el relativismo moral; creo que la igualdad consiste en el trato igual a lo distinto y no en la identidad entre lo distinto y lo uniforme; creo en la paz pero no en el pacifismo; creo en la lucha contra la pobreza pero no en la distribución de rentas por medio del subsidio y creo en valores por los que merece la pena morir. Y para transmitir mis valores a mis hijos no voy a tener que luchar sólo con la apatía, mediocridad y tontería imperante, ahora resulta que en todo en lo que sean diferentes de ese mínimo común (que queda demostrado que no es tan común) voy a tener que luchar también contra lo que diga su profesor del cole. Y, lo que es más, debido al sistema de evaluación (que se fija en las actitudes personales del alumno), se puede dar el caso de que si mi hijo hereda mis valores y estos son claramente diferentes de los que enseña el Estado, a mi hijo le van a suspender. ¿Y si soy musulmán y mi hija se somete al hombre y mi hijo espera sumisión de las chicas? ¿Y si soy hindú y no quiero que mi hijo toque a según los de qué casta? ¿Y si soy mormón y quiero que mi hijo defienda los roles basados en el sexo? ¿Y si soy comunista (porque, no es engañéis, la propiedad privada se enseñará como “positiva” ya que así consta en la Constitución) y quiero que mi hijo considere negativa la propiedad privada? ¿Y si soy ultraliberal y creo que mi hijo piense lo que yo sobre los impuestos progresivos? ¿Y si soy anarquista y quiero que mi hijo crezca rechazando toda autoridad?

Por muy loable que me puedan parecer el 95% de sus contenidos no puedo estar de acuerdo con la existencia de esta asignatura que me parece, sintiéndolo mucho, además de entrometida, inconstitucional. Esta no es, ni puede ser, la solución para la galopante falta de valores que se extiende entre la juventud.

Pasaron las épocas del Comité de Salubridad Pública e incluso de los Principios Fundamentales. El Pueblo necesita formación y educación, pero no adoctrinamiento.

Arthegarn