La culpa es de la Merkel

Antes de empezar, un caveat: Arthegarn el Peregrino no se hace responsable de la veracidad o el ajuste a la realidad de las teoría económica aquí expuesta. Este artículo es principalmente informativo y no refleja mi opinión al respecto. Habrá una segunda parte próximamente en la expresaré, pero no en este.

Estoy seguro de que todos, o al menos una gran mayoría, lleváis algo así como dos años oyendo decir que el Banco Central Europeo (“BCE”) sigue exclusivamente los dictados de Alemania o que hace lo que a Alemania le conviene y lo que a España le perjudica. Ya sabéis que yo no soy nada dado a las teorías de la conspiración, pero creo que es tanto importante como interesante analizar un poco en profundidad por qué tantos economistas de prestigio dicen esto y si es cierto.

Lo que hoy conocemos por la “ortodoxia económica”, es decir los economistas que siguen la escuela mayoritaria (los mainstream, vamos) se basan en una idea bastante sencilla, pero no por ello menos genial, de John Maynard Keynes(1), recogida en su indispensable Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero (generalmente conocida como la “Teoría General del Dinero” o simplemente “Teoría General”) de 1936. Esta idea se resume en la siguiente fórmula:

  Y=C+I+G+(X-M)  

donde:

Y es la Demanda Agregada,
C es el Consumo ,
I es la Inversión ,
G es el gasto público,
X son las exportaciones y
M son las importaciones.

¿Y todo esto qué quiere decir? Bien, la Demanda Agregada es la suma de todas las demandas de bienes y servicios en la economía de un país (en un momento y nivel de precios dado) y que esa economía puede pagar.

Como todos sabéis, la economía de mercado se basa en el intercambio de bienes y servicios por otros bienes y servicios, en muchos casos representados por el dinero. Supongamos que tenemos una economía limitada a dos personas: Caín y Abel. Caín, que es agricultor, está harto de comer zanahorias y Abel, que es pastor, se encuentra bastante decaído por su falta de vitaminas. Abel quiere zanahorias (v.gr. tiene demanda de zanahorias) que a Caín le sobran (tiene zanahorias que ofrecer, v.gr. oferta de zanahorias), y viceversa con las patas de cordero, así que como son buenos hermanos y no se van a poner a regatear intercambian esos bienes y satisfacen sus mutuas demandas con sus mutuas ofertas. Y antes del intercambio, la demanda agregada de la economía de los hijos de Adán y Eva era de [una pierna de cordero + un manojo de zanahorias].(3). Si esta idea básica la multiplicamos por 23.000.000 y traducimos todas las demandas específicas por su valor en dinero nos sale que, por ejemplo, la demanda agregada de un país como España es de, digamos, un billón y medio de euros.

El Consumo es exactamente eso: la cantidad total de bienes y servicios consumidos en un periodo de tiempo . En el ejemplo anterior, el consumo sería igual (una vez efectuada la transacción entre los hermanos) a [una pierna de cordero + un manojo de zanahorias]. (4)

La Inversión es, para que nos entendamos, el ahorro. Es la cantidad de bienes y servicios que se producen pero no se consumen inmediatamente, sino que se reservan para consumirse después. Este ahorro puede hacerse básicamente de dos maneras: metiendo el excedente bajo el colchón para usarlo luego, o entregando el excedente a un tercero a cambio de la promesa de una compensación en el futuro. Por ejemplo: Caín tiene dos manojos de zanahorias y Abel tiene una oveja embarazada. Los dos tienen hambre. Caín se come un manojo de zanahorias y ahorra el otro, hasta aquí todo claro. Pero Abel no ha comido y no quiere matar a su oveja antes de que tenga el cordero, así que le pide a Caín que le de el manojo de zanahorias a cambio de una participación en las ganancias de su negocio ganadero, i.e.: medio cordero cuando nazca(5), y de esa manera el ahorro (concepto de andar por casa) se convierte en inversión (concepto de andas por casa).(6)

El Gasto Público no es en realidad lo que gasta el Estado, sino la diferencia entre lo que gasta y lo que recauda. En una economía equilibrada el Estado debería gastar lo mismo que lo que recauda así que este valor debería ser cero, pero no todas las economías son equilibradas. A veces el Estado gasta menos de lo que recauda y se produce algo llamado superávit mientras que otras (muchas más) gasta más de lo que recauda, generando un déficit, palabra que nos es mucho más conocida que la anterior.

Y por último las importaciones y exportaciones sí que no requieren (de momento) mayor explicación: todos sabemos lo que son.

Vale, muy bonito pero, todo esto ¿para que sirve? Bien, el modelo de la demanda agregada keynesiano permite predecir, en teoría, el efecto que tienen todas estas variables la una sobre la otra y sobre otros factores económicos como el paro o la inflación, y ayudan a determinar la política económica y monetaria de los gobiernos en función de sus objetivos. Por ejemplo, supongamos un país con una tasa de paro muy alta, o asomémonos por la ventana para verlo si carecemos de imaginación. ¿Cómo podemos solucionar esa alta tasa de paro? Bien, el paro se produce cuando no todo el mundo está produciendo bienes o servicios, y como la oferta es igual a la demanda, si no todo el mundo está produciendo bienes o servicios es que la demanda agregada de ese país es menor que su oferta. En otras palabras: podríamos producir más, pero es que ya nos estamos gastando todo el dinero que tenemos en comprar lo que producimos ahora (y en ahorro y en importaciones, claro). No hay más demanda que cubrir, así que no hay más producción, así que no hay forma de salir del paro. A menos…

A menos que aumentemos artificialmente la demanda agregada, claro. Si el país produce bienes y servicios por un millón de euros está consumiendo bienes y servicios por un millón de euros, yo te doy algo a ti y tú me lo das a mi, yo trabajo en una zapatería y el dueño me da un salario, yo le doy dinero al de la verdulería y él me da zanahorias, el verdulero le da dinero al zapatero y se queda con los zapatos que he hecho… Al final el flujo de dinero, de bienes y servicios, es circular, lo que sale de un bolsillo siempre va a parar a otro, y de ahí a otro, y de ahí a otro… Así que ¿qué pasaría si yo, el Estado, empezara a demandar más bienes y servicios, en otras palabras, si aumentara el gasto público? Pues según la teoría keynesiana, insisto, que es la ortodoxia económica generalmente aceptada, si la demanda agregada de un país es de, por ejemplo, cien, y yo aumento el gasto público en diez, la demanda agregada pasa a ser de ciento diez. Eso hace que haya que, para cubrir esa demanda agregada, sea necesario producir diez más que, en este momento, la economía no puede producir. Así que ¿cómo satisfacer ese incremento en la demanda? Pues solo hay una forma: incrementando la oferta. Y solo hay una forma de incrementar la oferta, que es incrementar la producción. Y solo hay una forma de incrementar la producción, que es contratar a más gente. Así que et voilá, si incrementamos el gasto público “activamos” la economía y hacemos bajar el paro, con lo que generamos más riqueza y todos contentos

Claro que ¿cómo se las puede ingeniar el Estado para aumentar el gasto público? Bien, en una economía equilibrada eso solo puede hacerse subiendo los impuestos, pero como ya hemos visto eso en realidad no incrementaría la demanda agregada, ya que el gasto público es la diferencia entre lo que el Estado gana y lo que gasta. Así pues la única forma de que el Estado incremente la demanda agregada es que gaste más de lo que ingresa, en otras palabras, que genere déficit. Y este déficit se puede generar de dos maneras básicas: (i) bajando los impuestos y gastando lo mismo o (ii) pidiendo prestado dinero (deuda pública) para gastarlo ahora. O las dos cosas a la vez, claro. Así que el remedio económico contra el paro es aumentar el gasto público, bajar los impuestos y aumentar el déficit(7). Y ¿en qué gastar ese dinero extra que voy a inyectar en la economía? Pues, de acuerdo a esta teoría económica… ¡da igual! Lo importante es activar el consumo, que genera demanda, que genera producción, que genera puestos de trabajo. Cómo se haga es irrelevante porque el flujo de dinero es circular: da igual a quien se lo des, lo importante es que lo gaste. Da igual que le des un subsidio a un parado que que hagas obras públicas (y las constructoras tengan que contratar más gente porque no dan abasto) o que amplíes el ejército o que contrates más funcionarios. Lo importante es inyectar dinero y que la gente se lo gaste. Ahora que tienen dinero, los soldados y los funcionarios podrán irse de cañas lo que aumentará la demanda de cerveza, lo que aumentará la producción de cerveza, lo que hará que las cerveceras contraten más gente. Y los productores de cebada, y los transportistas de cerveza, y los técnicos de reparación de grifos de cerveza, y los fabricantes de vasos, y los distribuidores de banderillas, y… Como el flujo de dinero es circular y todo va de un bolsillo a otro no importa en qué bolsillo empiece, lo que importa es que se gaste, y este aumento del consumo lleva consigo un efecto multiplicador de la riqueza, ya que a mayor consumo, mayor cantidad de gente con trabajo, más gente que tiene que gastar, más demanda, más consumo, más producción, menos paro. Todo a cambio de un poco de déficit que, de cualquier forma, se “paga solo”, ya que el aumento de actividad económica trae consigo un aumento en la recaudación sin necesidad de subir los impuestos, y con ese aumento de la recaudación podremos sanear nuestro déficit y volver a equilibrar el Estado.

Así pues, la solución de Keynes para el problema del paro está clara: aumentar el déficit y estimular la economía. Y a grandes rasgos, en esto está de acuerdo el 95% de los economistas.

Y, si esto es así y está así de claro… ¿por qué el imbécil de Mariano no lo está haciendo? Pues muy sencillo: porque el tratado de Maastricht, los pactos de estabilidad, no se lo permiten. En teoría ningún estado miembro del euro puede tener un déficit presupuestado superior al 3% ni una deuda pública superior al 60% del PIB, y en España vamos por el 8,5% y el 72,15% respectivamente. ¿Y no podrían mirar hacia otro lado nuestros socios europeos y dejarnos aumentar un poco más el déficit, que es lo que dice la ortodoxia económica que tenemos que hacer para salir de este embrollo con un 22% de paro? ¡Que no pedimos nada que no esté en los libros! O, al menos, ¿no podría el BCE bajar los tipos de interés, que es la otra gran medida (junto con la devaluación, claro) con la que cuenta el estado para estimular el consumo?

Bien, pues no voy a establecer una relación causa efecto (para eso se bastan y se sobran ciertos analistas) pero voy a dar dos datos adicionales.

El primero es que todas estas medidas de estímulo a la economía tienen un efecto secundario: la inflación. Cuando la gente tiene más dinero quiere consumir más, y como pasa un tiempo entre que la gente quiere consumir más y que el tejido productivo efectivamente produce más (en lo que se crean nuevas empresas, se contrata a la gente, se construyen fábricas, etc.) ese incremento de la demanda sin incremento de la oferta conduce a un incremento de los precios. Y, como todo el mundo sabe, la inflación es mala, mala, mala y controlar la inflación es la tarea fundamental de todo gobierno o banco central (por ejemplo es el objetivo tanto del BCE como de la Reserva Federal), así que este tipo de medidas deben evitarse siempre que sea posible, de hecho solo son justificables para solucionar un problema de paro anormalmente elevado y deben abandonarse en cuanto sea posible para evitar la aparición de burbujas y el sobrecalentamiento de la economía.

El segundo es que el paro medio en la UE es del 10,2%, en la zona Euro del 10,7% y en Alemania es del 5.6%. Así que las medidas que conviene aplicar en España no son en absoluto las que conviene aplicar en la Eurozona. Muchísimo menos en Alemania, o en Austria, o en Holanda. Hasta en Grecia tienen menos paro que nosotros.

Y eso es todo. Así que, recordando una vez más que este artículo no refleja necesariamente mi opinión, sino que simplemente intenta explicar por qué la mayor parte de nuestros economistas están diciendo que la culpa es de Alemania y sus compinches y del Banco Central Europeo que no nos permiten aplicar las recetas y políticas que necesitamos para salir de esta sino que únicamente aplican las que les convienen a ellos; recordando que éste artículo es básicamente divulgativo así que contiene simplificaciones e inexactitudes en las que he incurrido adrede para aumentar la claridad; y sugiriendo enérgicamente a quien le interese el tema que lea libros de expertos de verdad y no asigne valor de dogma a los artículos del blog de un gótico liberal que se cree muy listo y muy leído pero que en su vida ha pisado una facultad de Económicas, se despide de ustedes hasta su próximo ladrillo, agradeciendo su atención y fidelidad,

Arthegarn, el Peregrino_______________________

(1) Sin duda el economista más influyente del siglo XX y un tipo que, personalmente, me cae francamente bien. Hijo de un profesor de universidad y de una de las primeras mujeres que cursaron estudios superiores en Reino Unido, extremadamente inteligente, bicurioso (¡en la Inglaterra de entreguerras!) amigo de Bertrand Russell, encumbrado a la cámara de los Lores con un premio Nóbel y una baronía, casado con una bailarina de la que siguió enamorado toda su vida, padre de un científico y de un aventurero…
(2) El patrón oro era una forma de medir el valor de una moneda en términos de cuánto oro representaba. De acuerdo al patrón oro, un Estado respondía de su papel moneda con el oro que tenía en sus reservas, de tal forma que dividiendo la cantidad total de oro en reservas del estado en cuestión entre la cantidad de su moneda que había emitido se podía obtener un criterio objetivo sobre su valor comparado con otras monedas. Así, por ejemplo, una peseta podría representar medio gramo de oro y una libra cinco gramos con lo que tendríamos que una libra vale diez pesetas. Idealmente los titulares de billetes y otros vehículos comerciales con valor representativo (a diferencia de, por ejemplo, una moneda de oro, que vale tanto como el oro del que está compuesta) podían comparecer ante el banco central del estado emisor y exigir su cambio por la cantidad correspondiente de oro. Históricamente el patrón oro es el origen de aquella frase que había en los billetes españoles del sigo pasado que decía: “El Banco de España pagará al portador X pesetas”, teniendo en cuenta además que la peseta empezó siendo una fracción del peso, moneda de valor intrínseco que contenía 27 gramos de plata y valía exactamente eso.
(3) Llegados a este punto es importante insistir en que la oferta y la demanda no son solo de cosas (”bienes”) como zanahorias y patas de cordero sino también de servicios, es decir cosas que alguien hace por nosotros porque nosotros no podemos o no queremos hacerlas. Así, Caín puede querer satisfacer sus bajos instintos y ofrecerle un manojo de zanahorias a una nefilim que pasaba por ahí a cambio de… am… bueno, de sus “servicios”.
(4) Es fundamental para lo que vendrá después mencionar que, en teoría económica clásica ( sea, esta), la oferta y la demanda son siempre iguales (o tienden a serlo con el tiempo vía ajuste de precio). En el ejemplo anterior la oferta (cordero y zanahorias) es igual a la demanda (zanahorias y cordero). Si incrementamos la oferta de, digamos, zanahorias, al final lo único que ocurrirá será que bajará el precio de las mismas y que una pierna de cordero ya no valdrá cinco zanahorias sino, por ejemplo, diez, y volverán a equipararse oferta y demanda. Lo mismo ocurriría si aumentáramos la demanda de cordero o redujéramos la oferta de zanahorias: al final oferta y demanda se equilibran vía precio.
(5) ¿Y por qué medio cordero y no simplemente una pata, que es lo que valía un manojo de zanahorias en el ejemplo anterior? Porque no vale lo mismo una pata de cordero ahora que una promesa de darte una pata de cordero en el futuro si todo va bien: a lo mejor la oveja se escapa, por ejemplo, y Caín se queda sin su pata de cordero Y sin su manojo de zanahorias, que Abel ya se habrá comido. Este fenómeno, llamado traslación del riesgo, es lo que da origen a los préstamos con interés, en los que el riesgo asumido por el prestamista se compensa por el prestatario ofreciendo devolverle una cantidad mayor que la prestada. Por supuesto, cuanto menos se fie el prestamista del prestatario mayor tendrá que ser la compensación: no es lo mismo prestarle cincuenta euros a tu hermana que prestárselos al vago de tu amigo Pepe que prestárselos a Ruiz-Mateos, con que mi hermana me prometa devolverme el capital me vale, pero Pepe igual me tiene que prometer que me devolverá 55 dentro de un mes para que se los preste (y solo lo haré si creo que de verdad podrá tener esos 55 euros dentro de un mes) y a Ruiz-Mateos no le presto 50 euros así me ofrezca devolverme esos 50 euros y cinco millones más, porque sé que llegado el plazo no voy a ver un céntimo. Complicando mucho las cosas, eso es la prima de riesgo esa que tanto nos trae por la calle de la amargura: la gente se fia más de su hermana Alemania que de su amiga España y no pondrían un duro en Grecia si no les obligaran.
(6) En el mundo real, además, está conversión es mucho más perfecta e inmediata ya que la inmensa mayor parte del ahorro está en un banco, no debajo del colchón, y ese banco lo presta (es decir, lo invierte) en cuanto puede.
(7) Y también bajar los tipos de interés, por ejemplo, pero no quiero complicar más el modelo. Si el Estado baja los tipos de interés el ahorro se hace menos atractivo, recordemos el ejemplo de (5). Si el tipo de interés está muy alto cogeré mi dinero y lo ahorraré porque me va a rentar mucho, si presto cien y en un año me devuelven ciento diez estoy haciendo un buen negocio. Pero si presto cien y en un año me devuelven ciento uno… pues es menos atractivo, oye, para eso cojo esos cien y me voy de cañas.

Intervención, rescate y préstamo.

Comenta mi querido amigo y compañero Eduardo Marqués en una nota en Facebook cuya lectura recomiendo que esto del rescate a las cajas(1) no es en realidad un rescate a España pero no por las razones que yo considero correctas sino porque “España lleva ya intervenida desde hace años. Más concretamente, desde que Zapatero “se volvió loco”. Europa dijo que si quería que alguien (el BCE) le comprara deuda, que se dejara de hacer el idiota y empezara a preocuparse por cuadrar las cuentas y llevar a cabo reformas económicas de calado en vez de de dedicarse a legislar sobre si los gorilas deben de tener derechos humanos. Te presto dinero, y a cambio te pido contrapartidas: eso es un rescate, de toda la vida.”. Y estoy de acuerdo con ese análisis, pero es que eso no es una intervención. Afortunadamente.

Hay una diferencia nada trivial entre una maniobra comercial y una intervención. El resumen de la situación de la deu897a8aafc3b9ff41db13f2b16ea10b0ada del año pasado es correcto, pero las razones por las que no nos querían comprar deuda eran estrictamente comerciales: el Estado estaba llegando a tal nivel de endeudamiento y estaba utilizando los ingresos de la deuda pública de tal forma (porque lo más triste de todo esto, y lo digo ahora que no me oye nadie, es que los españoles todavía no se han enterado de que el PSOE les ha estado engañando como a bobos, con una operación esencialmente idéntica a los fondos de Madoff, usando las entradas de capital para pagar intereses y al mismo tiempo repartir dividendos que no tenían razón de ser y-ya-veremos-como-salimos-de-esta) que los compradores empezaron a oler a chamusquina y decidieron dejar de comprar nuestra deuda (y con razón) porque aquello tenía toda la pinta de que iba a petar. Hasta entonces el incremento del riesgo (i.e. la mayor intensidad de olor a chamusquina) se había compensado ofreciendo cada vez más interés (igualito que Madoff, insisto), pero llegó el momento en que la peste era tan intensa que ni por esas se iba a seguir comprando deuda.

Pero, claro, como somos estados soberanos y jefes de gobierno por tanto no nos podemos meter en la cárcel porque tenemos iure imperii (que es lo que habría que haber hecho con Zapatero y compañía, igualito que Madoff), cuando se destapa el pastel hay dos opciones: dejarnos quebrar (y perder todo el dinero invertido) o intentar salvarnos (con el objetivo fundamental de recuperar la inversión, por supuesto, no por nuestra cara bonita). Así que nos dicen: “Mira, estamos dispuestos a seguir comprándote deuda, pero solo si acabas con esto del timo piramidal, empiezas a amortizar y nos 897a8aafc3b9ff41db13f2b16ea10b0a.jpgdas garantías de que no vas a quebrar”. “¿Y cómo hago yo eso?” “Bueno, pues que empecemos a ver que vas a ser competitivo, chico. Para empezar, tendrías que cerrar el grifo de los regalitos que les estabas dando a tus ciudadanos con nuestro dinero, y luego… pues empezar a ganar más de lo que gastas, básicamente.”

Así que nos toca trabajar más (reforma laboral, reducción del sector público, reconversión de sectores de baja rentabilidad) y gastar menos (y hablamos de gastar comparativamente MUCHO menos, porque. (i) simplemente cerrar el grifo de los regalitos son miles de millones que el Estado deja de inyectar en el Estado del Bienestar y (ii) ese “dejar de endeudarnos más” no significa ganar más sino simplemente dejar de perder a manos llenas, así que hay que recortar todavía más para empezar a tener dinero para pagar a nuestros acreedores). El tema es que en ese momento la decisión de cómo hacerlo y de qué medidas tomar era nuestra (y afortunadamente sigue siéndolo) por lo que No estábamos intervenidos. La intervención se da con la cesión de soberanía y no antes, cuando tienes un señor que te dice “no puedes hacer esto”, no “como hagas esto dejo de comprar tu deuda pública y te abandono a tu suerte en el hoyo en el que tú mismo te has metido”.

Y con el tema del rescate a las cajas pasa lo mismo. España dice “oye, que tengo un problema grave con mi banca pública que acabo de privatizar y que están saliendo todos los agujeros y la pésima gestión de los últimos 30 años” y Europa echa un vistazo y dice: “Bueno, hasta ahora estás cumpliendo lo que habías prometido, has dejado de gastar como un manirroto y claramente se te ve listo para empezar a ganar dinero con el que pagarnos… Mira, te prestamos dinero (y venga a prestarnos dinero) para las cajas pero queremos garantías adicionales”. Ahí entra el tira-y-afloja de hace dos semanas que se salda con la promesa de española de continuar por el camino de la rentabilidad (que ya habíamos empezado y que en realidad no se ve afectado por este préstamo, aunque mucho imbécil crea que los recortes y subidas del IVA del año que viene estarán motivadas por el rescate; que no, chicos y chicas, que ya estaba decidido) y la intervención, ahora sí, de las cajas que sean rescatadas. Pero de las cajas, no del Estado. Los que van a tener un hombre de negro diciendo “¿Qué coño es eso de la obra social? ¡A reservas!” van a ser las cajas, no España. Las intervenidas son las cajas, no España. Y eso nos permite tener un cierto margen de maniobra, al menos en el calendario de aplicación de las reformas (por ejemplo) o en exactamente 897a8aafc3b9ff41db13f2b16ea10b0ade donde recortamos y de donde no para intentar respetar la idiosincrasia de los españoles. Porque si nos intervinieran nos iban a hacer los cambios que necesitamos en plan serio, lo antes posible, y sin entender que es mejor recortar de aquí que de allá porque un interventor alemán no va a entender (ni a respetar) que “a la Virgen de la Macarena(2) no me la toques que es sagrá”, va a hacer lo que haría en su propio país con su propia gente y va a acabar con una muy española pedrá en la cabeza.

Así que no estoy de acuerdo. Aun tenemos un cierto margen de maniobra, que verdaderamente opino que es fundamental para evitar acabar en un estado de pre-guerra civil como el que tienen en Grecia, y que es perfectamente posible habida cuenta de la gente que no hace más que pedir armas para el pueblo, meter bulla, cortar ferrocarriles, crear disturbios, sugerir que lo mejor para acabar con la crisis es una hoguera para quemar políticos y banqueros en cada plaza del pueblo o, en su defecto, una buena guillotina, y que alienta a su prójimo a la rebelión, la sedición y la violencia como si de ahí fuera a salir algo bueno (y esto son solo dos o tres de las cosas que he leído en Facebook últimamente, a veces en mi propio muro. No estamos intervenidos. Todavía no. Y es vital que no lleguemos a estarlo.

Hala, lapidadme.

Arthegarn._________________
(1) Me niego a hablar de rescate “a la banca” hasta que vea al BSCH o al BBVA acudir a esos fondos, aquí se está rescatando a las cajas de ahorro, a la exbanca pública de la nefasta gestión que de ella han hecho los políticos, algo esperable porque era desde el principio una nefasta idea).
(2) O la del Pilar. O la del Rocío. O el igualmente místico y etéreo sistema de pensiones. O la totalmente infravalorada Seguridad Social. O el Estatut. O el concierto económico vasco. O…

Los libros de mayo

A Brief History of Time es un libro al que tenía manía, casi tanta como a Stephen Hawking, desde que era casi un crío. Recuerdo una charla con mi padre en la que me decía que Hawking estaba sobrevalorado, que era un producto de los medios de comunicación, que no estaba a la altura de otros físicos como Hoyle o Penrose y que de cualquier forma su tesis central estaba equivocada. Por lo que recuerdo que me contaba, el error de Hawking consistía en aplicar el principio de indeterminación del Heisemberg al momento inicial del universo, lo cual carecía de sentido ya que si el espacio entero era un punto de dimensión cero, el momento y la posición del universo entero tenían que ser perfectamente determinables con exactitud infinita ya que no había otro sitio en el que pudieran poder estar que en ese punto de dimensión cero. Décadas después, tras haber leído finalmente el libro y saber qué dicen exactamente tanto Hawking como Heisemberg, tengo que decir que o yo no entendí a mi padre o mi padre no entendió a Hawking porque no dice nada parecido.

El libro, que me ha gustado muchísimo (aunque menos que La Nueva Mente del Emperador de su colega y amigo Roger Penrose, a quien menciona no menos de veinte veces) es mucho más de divulgación de lo que yo me esperaba. Oh, sí, divulgación seria, desde luego, pero no muy diferente de Los Tres Primeros Minutos del Universo, por ejemplo. Es un viaje breve por la historia de la ciencia, enfocándose en la física, la astrofísica y finalmente la física cuántica, en busca de una teoría de la gran unificación. Está francamente bien escrito, es una lectura amena (mi madre me tiraría algo a la cabeza si leyera esto), con ejemplos muy buen puestos y el nivel justo de erudición (por ejemplo, cuando habla de la gemetría de Minkowski ni siquiera menciona al pobre Hermann). La explicación que da de la relatividad (de las dos) es muy, muy buena, y la de la física cuántica, si bien no está a la altura de otras más eruditas que he estudiado, tiene ejemplos muy buenos para que se te quede en la cabeza qué son y para que sirven cosas como el spin o los colores de un quark.

Las páginas en las que habla (finalmente) del tiempo y su naturaleza son muy buenas. Abren la mente a reflexiones sobre la naturaleza del espaciotiempo que a mi me resultaron fascinantes. Recuerdo que esa parte del libro la leí en el metro y que, sin pasar de página, perdido en mis pensamientos sobre la relación entre la flecha del tiempo, la entropía y el crecimiento del universo, me di cuenta de que me había pasado de estación y tuve que cambiar de metro… ¡hasta tres veces! Sin quitarle mérito a Martin, esas cosas no me pasan con A Song of Ice and Fire, por ejemplo. También lo son las páginas sobre las singularidades cuánticas y la búsqueda de la Teoría del Todo, si bien es entrañable leer un libro escrito cuando la teoría de cuerdas era algo cuyo nombre no pasaba de las universidades y la gravedad cuántica ni siquiera había abandonado la mesa de investigación.

Podría pasarme horas hablando de este libro y de las cosas que cuenta (aunque no todas las haya leído ahí) porque es un tema que cada día me fascina más, pero me voy a limitar a recomendaros que, si tenéis un espíritu suficientemente inquieto, la suficiente capacidad de atención, y sobre todo de imaginación, lo leáis directamente. Es una muy buena puerta de entrada para pasar de ahí a cosas más serias y, entre nosotros, un rato más fácil de leer que, por ejemplo, GEB-EBG. Así que sus, y a ello. No os arrepentiréis. Ah, y queda uno como todo un intelectual leyendo estas cosas en el Metro, estoy descubriendo. En la oficina te miran de otra manera y te preguntan “Pero ¿tú no eras abogado?” y cosas así.

Beneficios colaterales, qué queréis que os diga.