La Ilusión de la Consciencia (IV)

NOTA PRELIMINAR: Este es el cuarto y último artículo de una serie encadenada. Si llegas aquí de primeras deberías leerlos para aclarar algunos conceptos y comprender el objetivo de la disertación y el camino que nos ha traído hasta aquí. Si estás siguiendo la saga ya puedes saltar de alegría ante su tan esperado final.

Hablábamos en el último capítulo de la asignación de intencionalidad (la idea de que cuando algo -como una catedral, un termitero o esta larga disertación- parece hecho con un objetivo o siguiendo un plan es porque, existen ese objetivo, ese plan y sobre todo todo un agente que lo ha organizado todo y sabía lo que estaba haciendo) y decíamos que es universal, que ocurre a lo largo y ancho de la especie y la historia humanas. Me siento tentado de contaros, como introducción, la conmovedora historia de Percival Lowell, el astrónomo más estudió los canales de Marte, y sus implicaciones, pero no quiero alargar esto más de lo imprescindible así que os dejaré con la conclusión de Carl Sagan: En el fondo, Schiaparelli tenía razón: los canales que observaba en Marte implicaban la existencia de vida inteligente. En lo único en lo que se equivocó es en a qué lado del telescopio estaba la inteligencia.

Volvamos de nuevo al origen de la vida, la evolución de la vida inteligente y nuestras amigas las termitas, gigantescos “robots” construidos de acuerdo a los “planos” contenidos en sus genes y “programados” por esos genes para que reaccionen ante los estímulos del medio de una forma automática que maximiza las posibilidades de que esa cadena genética en concreto se multiplique y perpetúe. En los animales superiores las cosas funcionan de forma muy parecida, con la principal diferencia de que los genes ya no “mandan”(1) de forma tan obvia.

La evolución por selección natural nos demuestra que los genes cambian y dan como resultado individuos mejor adaptados al ambiente, pero esos cambios adaptativos se producen aleatoriamente(2) y, como mucho, una vez por generación, necesitando de hecho varias generaciones para consolidarse. No obstante, si los genes fueran capaces de crear un órgano capaz de cambiarse a si mismo dentro de la vida del organismo que “pilotan”, este órgano podría adaptarse al medio muchísimo más eficientemente que los genes y dar inmensas ventajas a los genes que contengan ese “plano”; la diferencia sería más o menos la misma que hay entre un libro y un ordenador capaz de propgramarse a si mismo…

Bien, como habréis imaginado ese órgano existe y es el cerebro (3).

A medida que vamos ascendiendo en la cadena evolutiva vemos animales cada vez más complejos, más rápidos, más adaptados al medio, con cerebros más grandes y útiles y reacciones menos predecibles que las de una termita o una ameba. Pero ¡ojo! El hecho de que el comportamiento de un perro sea menos predecible que el de una termita no quiere decir que no responda a una serie de procesos automáticos análogos a los de la termita; lo que ocurre es simplemente que esos procesos son tan complejos que no los entendemos. De la misma manera que una termita no sabe que es parte de un complejo sistema que está creando un arco, una neurona no sabe que es parte de un complejo sistema que está viendo un matorral, o intuyendo un tigre, o dando la orden de salir por patas… o creando un pensamiento. Lo que nos lleva de vuelta al inicio de la saga.

El hecho de que exista el pensamiento no quiere decir que exista el pensador, de la misma forma que el hecho de que existan castillos de termitas no quiere decir que exista un arquitecto termita, ni una entidad colectiva que es consciente de que está construyendo un castillo. Todo son, simplemente, cosas que pasan. Complejas, maravillosas, pero cosas que pasan.

“Eh, un momento”, me diréis. “Hay una diferencia fundamental entre mi cerebro y una colonia de termitas y es que aunque la colonia no sea consciente de si misma yo sí lo soy; de mi y de mi mente y de la diferencia entre ambas cosas. Si tu analogía fuera válida yo no sería consciente de mis pensamientos, (el “arco” que están creando mis “ternitas”) ni de mi mismo, solo del medio que es lo importante para los fines de los genes. Pero cuando yo me miro a un espejo me veo y sé que soy yo.

Bien, eso es relativamente cierto. Como ya hemos establecido, nuestro cerebro no funciona analizando exhaustivamente la realidad para extraer de ella toda la información, separar la relevante, extraer conclusiones y ordenar acciones a los músculos. Funciona tratando de anticipar, de adivinar esas conclusiones lo antes posible incluso con información incompleta y eso lo hace resumiendo la realidad, creando imágenes, modelos, simplificaciones. Permitidme un ejemplo: hay una leyenda que dice que los reptiles no ven los objetos que no se mueven, es totalmente falsa. Sí que los ven, los fotones impresionan la retina y el nervio óptico manda impulsos al cerebro se mueva el objeto o no, lo que pasa es que su cerebro no les da importancia y los descarta. Los reptiles funcionan con un modelo de la realidad simplificado en el que solo existen las cosas que se mueven porque solo las cosas que se mueven son relevantes. Como diría Pratchett, el universo del reptil está cuidadosamente dividido entre cosas (a) con las que copular (b) que comer, (c) de las que huir, y (d) piedras; así que estas últimas, como si no existieran. El reptil se comporta como si no viera lo que no se mueve, pero sí lo ve, lo que pasa es que no le importa. Pero como su comportamiento es indistinguible de si no lo viera la narrativa más sencilla, que es la que nos cuentan y la que nosotros contamos a otros es que no lo ve.

El cerebro humano (y el de algunos animales) funciona de forma muy semejante aunque muchísimo más compleja e incluye entre sus modelos el crucial concepto de “agente”, que es un ente identificable a lo largo del tiempo y que tiene interactúa con nosotros. Este concepto también se desarrolla evolutivamente, en el sentido de que el cerebro que es capaz de procesar la información a través de agentes tiene ventajas sobre el que no lo hace y la razón de esta ventaja es que la agencia nos permite identificar a un individuo a través del tiempo y de esa forma saber, por ejemplo, si nos ha atacado antes o ha colaborado con nosotros y poder predecir con mayor fiabilidad que hará en el futuro. Por ejemplo, el perro de Ana, Freddy, para mí es un agente: le identifico como el mismo a lo largo del tiempo, sé qué puedo esperar más o menos de él, como puede influir sobre mi y como puedo influir yo sobre él. Y para Freddy, por cierto, animal dotado de un cerebro lo suficientemente desarrollado, también yo soy un agente: sabe que cuando le digo que se siente se tiene que sentar mientras que a otros les puede ignorar tranquilamente, y sabe que si me pide comida lloriqueando no se la voy a dar mientras que si me la pide con la pata… a lo mejor. La agencia, la identificación del “otro” a través del tiempo es terriblemente útil porque nos permite influir sobre otros agentes con mecanismos estímulo-respuesta, premio-castigo; y está tan imbricado en nuestros cerebros que es lo que nos hace darle una patada al hardware cuando se estropea el software. Nuestro cerebro, como órgano, no sabe que el ordenador no está vivo y que no responde a esos estímulos. A nuestro cerebro eso le da lo mismo, al igual que no se para a pensar en P-zombis: si tiene pinta de ser un agente es un agente y ya está; el modelo funciona mejor y más eficientemente sin meterse en complicaciones.

Como habéis visto en el ejemplo de Freddy, por cierto, no es necesario ser consciente para asignar agencias en nuestro entorno. La agencia tiene que ver con reconocer a los demás y prever lo que harán, no con reconocernos a nosotros mismos. Los mecanismos automáticos y predecibles en el cerebro de Freddy están condicionados(3) para reaccionar de una manera cada vez que yo digo algo y de otra manera cuando lo dice otro, pero sigue sin haber nada especial en el cerebro de Freddy, nadie “a los mandos”, ningún sujeto de sus verbos que toma las decisiones. “Sólo” hay un cerebro maravillosamente complejo con una programación indeciblemente compleja, pero que al final sigue funcionando automáticamente y que asigna a determinadas entidades una agencia, una identidad a lo largo del tiempo, la tengan (como yo) o no la tengan (como el ordenador). Lo importante es que “los demás” “hacen cosas” “porque quieren” y que esas “querencias” pueden ser definidas y catalogadas en otros modelos llamados “personalidades” e incluso modificadas para que los agentes hagan “otras cosas” que son placenteras (como las golosinas o los mimos).

El modelo de la realidad evoluciona entonces para incluir la personalidad y responsabilidad del agente. Así, algunos individuos tienen características tal que si yo les rasco la espalda luego ellos me la rascan a mi, y otros hacen justo lo contrario: les rasco la espalda y pasan de mi. Ese tipo de rasgos definen, en un primer momento, la presonalidad, y la evolución apoya los cerebros que, cuando se enfrentan a un egoísta, no vuelven a prestarle atención. Si yo le rasco la espalda a alguien (o le despiojo, o le doy parte de mi comida) más me vale hacerlo con alguien que luego hará lo mismo conmigo, con un simbionte, y no con alguien que no lo hará, con un parásito. Eso hace que perciba la compañía de ciertos individuos como deseable, y que me sienta bien estando junto a cierta gente que me va a proteger a cambio de mi protección. Definimos así personalidades más o menos atractivas en función de lo que reportan de vuelta al modelador por sus esfuerzos. Con un mecanismo idéntico, si alguien nos pega con un palo y nos quita la comida, los cerebros que le hagan responsable a lo largo del tiempo y se protejan cuando le vean venir (o vayan a buscar un palo más grande y luego no se olviden de lo que iban a hacer) tienen ventaja frente a otros, no solo porque tienen mayores posibilidades de volver al status quo ante sino porque si le rompo la cabeza a quien me pegó con un palo existen muchas menos probabilidades de que vuelva a hacerlo porque sabe lo que le espera. Y el modelo de la realidad se vuelve cada vez más complejo, con amigos, enemigos, gente en la que se puede confiar, actividades que es mejor hacer con este que con aquel…

Y, finalmente, llegamos a un cerebro cuyo modelo de la realidad es tan elaborado que incluye un modelo del modelador (y no creo que sea necesario explicar las ventajas evolutivas de esto). Aparece entonces la consciencia, el ser humano, cuyo cerebro modela la realidad “como si él existiera”, sin que sea relevante si verdaderamente existe o no, y que como a todos los entes semejantes asigna la categoría suplementaria, adicional, de agente. Y con la agencia viene la asignación de una personalidad, de unas características, de una identidad. Primero fueron los demás, ahora somos nosotros mismos. La forma más sencilla que tiene uno de modelizar a los demás es crear una identidad, llamada “Papá” o “Mamá” o lo que sea, y asignarle unas características de acuerdo a la observación; la forma más sencilla de modelizar nuestra existencia es mirar alrededor, ver a Papá y Mamá y concluir que nosotros también existimos, que también somos agentes, que también controlamos nuestros actos como ellos controlan los suyos.

Pero en realidad no es así. Es solo una ficción, una simplificación, un modelo útil. Al igual que el ordenador con el que me cabreo no es un agente aunque a mi cerebro se lo parezca, yo mismo no lo soy. Y no lo soy porque tampoco lo son Freddy, ni Ana, ni Papá ni Mamá. Somos organismos vivos, maravillosamente complejos que aparentamos tener personalidades y tomar decisiones y a los que es útil y simple considerar como dotados de personalidades y de libertad para decidir y de responsabilidad por nuestros actos. Pero en el fondo, en realidad, no somos más que hermosos termiteros, construidos por termitas que no saben ni lo que hacen ni por qué y que, cuando se miran en el espejo, se creen la Sagrada Familia.

No hay nadie a los mandos, nadie tras nuestros ojos tomando decisiones. Nuestros pensamientos no tienen pensador. No hay agente. No hay yo. Son conceptos que inventamos a lo largo de los milenios para simplificar la realidad de una forma que se nos hiciera comprensible y son conceptos bonitos y útiles pero, en el fondo, en realidad, son falsos.

What you see is all there is.

Arthegarn_______________________________________
(1) En realidad los han dejado de “mandar” mucho antes desde el punto de vista evolutivo: todo sistema nervioso, incluso el más simple, es básicamente el organismo reaccionando más deprisa de lo que los genes pueden reaccionar y, por tanto, “quitándoles control”. Las termitas no tienen cerebro como tal, pero a estos efectos su sistema nervioso hace las veces del mismo. El hecho de que su “programación” sea más obvia que la de, por ejemplo, un perro, no quiere decir esa programación no exista y que por tanto los genes no tienen ya control directo.
(2) Es importantíismo esto de que los genes mutan aleatoriamente. El error más común al entender la evolución por selección natural es precisamente la asaignación de intencionalidad a la misma, la concepción de que los genes cambian “para” adaptarse al medio. No es así. Cuando se produce una mutación en general es negativa y el ser producto de ella muere o queda estéril, pero algunas mutaciones mejoran el fenotipo, lo hacen más eficiente y competitivo y hacen que ese genoma se reproduzca más, eventualmente sustituyendo al modelo original. Pero no caigais en el sesgo cognitivo de la historia de éxito: el hecho de que la evolución solo os enseñe a los mutantes ganadores no quiere decir que todas las mutaciones mejoren la especie y muchísimo menos que los genes muten “para” adaptarse al medio. Es pura suerte. Somos el producto de 3.000 millones de años de muchísima suerte.
(3) En realidad cogerá el más útil, es decir, el que para igual cantidad de recursos invertidos produzca mejores resultados teniendo siempre en cuenta que los resultados se miden en progenie. Vuelvo a decir que esto es muchísimo más complicado de cómo lo cuento, la mejor forma de verlo y entenderlo en serio es mediante modelos matemáticos.
(4) Nota particularmente para los frikis de las ciencias: la única razón por la que escribo aquí “condicionados” en vez de “programados” o “determinados” es que no está demostrado que determinados sucesos cuánticos que suceden en los microtúbulos de las neuronas no tengan una influencia relevante en si esa neurona se “dispara” al recibir un estímulo determinado de las neuronas circundantes o no. En el primer caso nuestro cerebro sería un sistema determinista y determinable (sería hipotéticamente posible adquirir suficiente información como para predecir exactamente qué va a hacer en cada momento), en el segundo sería un sistema determinista pero indeterminable (sería imposible saber qué va a hacer exactamente en momento alguno con toda certeza porque el funcionamiento del sistema sería parcialmente aleatorio). En cualquier caso la conclusión es
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Para saber más:
• Sobre evolución por selección natural, El Gen Egoísta (1976, edición anotada y corregida de 2006), que también tiene mucha información sobre etología y “psicología” animal y, sobre todo, El Fenotipo Extendido (1982) del biólogo Richard Dawkins.
• Sobre la relación y comunicación entre genes y mente, El Error de Descartes (1994, edición revisada de 2011) del neurólogo y filósofo Antonio Damasio.
• Muchas de las ideas sobre la relación y diferencia entre mente y cerebro están mucho mejor desarrolladas en La Conciencia Explicada (1991) y La Evolución de la Libertad (2003) del filósofo Daniel Dennett. También de Dennett, pero para entender la evolución por selección natural, La Peligrosa Idea de Darwin (1995).
• Sobre el mismo tema, La Nueva Mente del Emperador (1989) del matemático Roger Penrose. El lector con suficiente base puede saltar a la parte X, pero a todo el que no tenga un máster en una disciplina científica le recomiendo muy encarecidamente que se arme de paciencia y se lea el libro entero, va a aprender una burrada de forma muchísimo más amena de lo que espera.
• Lo de los arcos de las termitas lo saqué, como muchas otras cosas, del maravillosa Gödel, Escher, Bach, un Eterno y Grácil Bucle (1979, Pullitzer en 1980) del también matemático y divulgador Douglas Hoftstadter. Aproximadamente a mitad de este libro uno se da cuenta de que el mundo se divide entre los que se lo han leído y los demás.

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