Recuerdos y planchazos

Hoy, día internacional de la mujer trabajadora, quiero compartir un recuerdo de cuando era adolescente.

Tenía yo unos catorce años, debía de acabar de entrar al instituto, y una mañana de sábado en la que mi hermana Eva y yo estábamos estudiando (bueno, ella muy probablemente estaría estudiando, yo estaba preparando la partida de D&D de la tarde, de eso sí que estoy seguro) tuvimos una bronca de esas de hermanos porque decía que la música que estaba poniendo (Reinzi) no le dejaba concentrarse. Como, de cualquier manera, yo no tenía ninguna gana de seguir encerrado en el cuarto, tras los siete gritos de rigor que se tienen que pegar dos hermanos adolescentes que comparten cuarto, máxime si son de distinto sexo, quité la música, cogí mis papeles y me fui dando un portazo. Como misplanchar[1] otras hermanas estaban en la salita y mi padre leía en el salón (y, en cualquier caso, era muy pronto para poner la tele, que en mi casa no se ponía hasta el medio día) me fui a la cocina donde me encontré a mi bendita madre planchando.

Saludé, me senté en el banquito, puse mis papeles sobre la mesa pero, como en realidad estaba a medias entre aburrido, furioso y hormonado como solo un adolescente puede estarlo, no pude seguir. Mi mente divagaba y era incapaz de concentrarme en el esquema defensivo de combate en exterior que estaba diseñando, con el grupo formado en cuadro, los magos en el centro, los clérigos en segunda línea y los guerreros de mayor nivel en punta y ese tipo de cosas que antes se hacían con la imaginación y ahora requieren una consola y una conexión a internet de alta velocidad. Y mientras razonaba que la mejor forma de formar el cuadro era que el personaje de mi hermana, Lady Andruin, se colocara en la punta del cuadro opuesta a en la que estaría Sir Drymard (mi personaje) porque era claramente segundo personaje más poderoso en lucha cuerpo a cuerpo ya que podía hacer lo mismo que los otros caballeros y contra algunos monstruos como orcos y goblins era casi hasta mejor que yo cuando, al alzar la mirada distraídamente mientras meditaba sobre el tema, vi a mi madre planchando y algo hizo “click” en mi cabeza.

Por supuesto, eran otros tiempos así que para las generaciones actuales esto debe sonar más de la edad media que las armaduras que llevábamos, pero lo que pensé fue que ya no había chicas como mi madre. Que todas las chicas listas que conocía querían ir a la universidad y trabajar y tener carreras profesionales y que, aunque probablemente acabaran casándose y teniendo hijos y quedándose en casa, que era lo natural, ninguna de ellas estaba aprendiendo lo que tenía que aprender. Vale, sí, sabrían mucho de verbos intransitivos, y de enlaces covalentes y algunas (como mi hermana) podían ser mejores que yo con las ecuaciones de segundo grado, pero… ¿Cuántas de ellas iban a aprender a barrer, o a limpiar? ¿O a planchar, aquél país desconocido al que yo jamás me había ni siquiera acercado? Porque, aunque encontrara una chica como mi madre, algo totalmente imposible porque cuando Dios la hizo rompió el molde, una mujer que no entrara a la Universidad a buscar novio sino a cursar una ingeniería superior y que, en un momento determinado, decidiera cambiar las ecuaciones diferenciales por sus hijos y la plancha… Aunque encontrara a esa mujer, si se había dedicado a estudiar y no a aprender sus labores… ¿quién iba a planchar mis camisas?

Así que, tras considerar brevemente la posibilidad de restringir mis posibles esposas a solo aquellas que supi38655_1491556801583_5561391_neran planchar y desechar la idea por ser tan restrictiva como estúpida, le dije a mi madre: “mamá, ¿me enseñas a planchar?”

Hoy en día mi hermana, además de madre, es ingeniera aeroespacial, una de las mejores y más consideradas en su campo en Europa. Mis otras dos hermanas, emigrantes por desgracia, son: la rubia, madre y científica dedicada a la investigación (en Francia) y la morena productora del cine que se ve en Cannes y en la Berlinale (en Costa Rica). Y yo soy un virtuoso de la plancha. Con mi carrera profesional también, desde luego, pero os apuesto cualquier cosa a que plancho mejor que todas ellas. Y, a diferencia de cómo era en aquella época en las que daba tantas cosas por sentado, también soy feminista.

La moraleja de esta historia es que, en este día de la mujer trabajadora no quiero quedarme simplemente en recordar los problemas adicionales a los que se enfrentan sus mujeres en sus vidas profesionales. Quiero recordar también a todas las mujeres que hacen de sus labores su laboro y que tienen que luchar contra el increíblemente injusto estigma de que lo hacen porque no saben hacer otra cosa, o porque han fracasado en la vida profesional, o porque están psicológicamente sometidas a sus maridos. Y quiero recordar a los hombres que, por contra, saben que con tener una carrera profesional fuera de casa no está todo hecho y que la igualdad no es solo de puertas a fuera sino también de puertas a dentro; los hombres que viven en pareja y planchan, cosen, barren, friegan y se ponen los guantes de plástico para rascar bien la taza del váter los fines de semana; y los hombres que no viven en pareja… pero no esperan que lo hagan sus madres.

Que aquí, o todos moros o todos cristianos pero para todo.

Feliz día de la mujer trabajadora,

Arthegarn

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