La Ilusión de la Consciencia (IV)

NOTA PRELIMINAR: Este es el cuarto y último artículo de una serie encadenada. Si llegas aquí de primeras deberías leerlos para aclarar algunos conceptos y comprender el objetivo de la disertación y el camino que nos ha traído hasta aquí. Si estás siguiendo la saga ya puedes saltar de alegría ante su tan esperado final.

Hablábamos en el último capítulo de la asignación de intencionalidad (la idea de que cuando algo -como una catedral, un termitero o esta larga disertación- parece hecho con un objetivo o siguiendo un plan es porque, existen ese objetivo, ese plan y sobre todo todo un agente que lo ha organizado todo y sabía lo que estaba haciendo) y decíamos que es universal, que ocurre a lo largo y ancho de la especie y la historia humanas. Me siento tentado de contaros, como introducción, la conmovedora historia de Percival Lowell, el astrónomo más estudió los canales de Marte, y sus implicaciones, pero no quiero alargar esto más de lo imprescindible así que os dejaré con la conclusión de Carl Sagan: En el fondo, Schiaparelli tenía razón: los canales que observaba en Marte implicaban la existencia de vida inteligente. En lo único en lo que se equivocó es en a qué lado del telescopio estaba la inteligencia.

Volvamos de nuevo al origen de la vida, la evolución de la vida inteligente y nuestras amigas las termitas, gigantescos “robots” construidos de acuerdo a los “planos” contenidos en sus genes y “programados” por esos genes para que reaccionen ante los estímulos del medio de una forma automática que maximiza las posibilidades de que esa cadena genética en concreto se multiplique y perpetúe. En los animales superiores las cosas funcionan de forma muy parecida, con la principal diferencia de que los genes ya no “mandan”(1) de forma tan obvia.

La evolución por selección natural nos demuestra que los genes cambian y dan como resultado individuos mejor adaptados al ambiente, pero esos cambios adaptativos se producen aleatoriamente(2) y, como mucho, una vez por generación, necesitando de hecho varias generaciones para consolidarse. No obstante, si los genes fueran capaces de crear un órgano capaz de cambiarse a si mismo dentro de la vida del organismo que “pilotan”, este órgano podría adaptarse al medio muchísimo más eficientemente que los genes y dar inmensas ventajas a los genes que contengan ese “plano”; la diferencia sería más o menos la misma que hay entre un libro y un ordenador capaz de propgramarse a si mismo…

Bien, como habréis imaginado ese órgano existe y es el cerebro (3).

A medida que vamos ascendiendo en la cadena evolutiva vemos animales cada vez más complejos, más rápidos, más adaptados al medio, con cerebros más grandes y útiles y reacciones menos predecibles que las de una termita o una ameba. Pero ¡ojo! El hecho de que el comportamiento de un perro sea menos predecible que el de una termita no quiere decir que no responda a una serie de procesos automáticos análogos a los de la termita; lo que ocurre es simplemente que esos procesos son tan complejos que no los entendemos. De la misma manera que una termita no sabe que es parte de un complejo sistema que está creando un arco, una neurona no sabe que es parte de un complejo sistema que está viendo un matorral, o intuyendo un tigre, o dando la orden de salir por patas… o creando un pensamiento. Lo que nos lleva de vuelta al inicio de la saga.

El hecho de que exista el pensamiento no quiere decir que exista el pensador, de la misma forma que el hecho de que existan castillos de termitas no quiere decir que exista un arquitecto termita, ni una entidad colectiva que es consciente de que está construyendo un castillo. Todo son, simplemente, cosas que pasan. Complejas, maravillosas, pero cosas que pasan.

“Eh, un momento”, me diréis. “Hay una diferencia fundamental entre mi cerebro y una colonia de termitas y es que aunque la colonia no sea consciente de si misma yo sí lo soy; de mi y de mi mente y de la diferencia entre ambas cosas. Si tu analogía fuera válida yo no sería consciente de mis pensamientos, (el “arco” que están creando mis “ternitas”) ni de mi mismo, solo del medio que es lo importante para los fines de los genes. Pero cuando yo me miro a un espejo me veo y sé que soy yo.

Bien, eso es relativamente cierto. Como ya hemos establecido, nuestro cerebro no funciona analizando exhaustivamente la realidad para extraer de ella toda la información, separar la relevante, extraer conclusiones y ordenar acciones a los músculos. Funciona tratando de anticipar, de adivinar esas conclusiones lo antes posible incluso con información incompleta y eso lo hace resumiendo la realidad, creando imágenes, modelos, simplificaciones. Permitidme un ejemplo: hay una leyenda que dice que los reptiles no ven los objetos que no se mueven, es totalmente falsa. Sí que los ven, los fotones impresionan la retina y el nervio óptico manda impulsos al cerebro se mueva el objeto o no, lo que pasa es que su cerebro no les da importancia y los descarta. Los reptiles funcionan con un modelo de la realidad simplificado en el que solo existen las cosas que se mueven porque solo las cosas que se mueven son relevantes. Como diría Pratchett, el universo del reptil está cuidadosamente dividido entre cosas (a) con las que copular (b) que comer, (c) de las que huir, y (d) piedras; así que estas últimas, como si no existieran. El reptil se comporta como si no viera lo que no se mueve, pero sí lo ve, lo que pasa es que no le importa. Pero como su comportamiento es indistinguible de si no lo viera la narrativa más sencilla, que es la que nos cuentan y la que nosotros contamos a otros es que no lo ve.

El cerebro humano (y el de algunos animales) funciona de forma muy semejante aunque muchísimo más compleja e incluye entre sus modelos el crucial concepto de “agente”, que es un ente identificable a lo largo del tiempo y que tiene interactúa con nosotros. Este concepto también se desarrolla evolutivamente, en el sentido de que el cerebro que es capaz de procesar la información a través de agentes tiene ventajas sobre el que no lo hace y la razón de esta ventaja es que la agencia nos permite identificar a un individuo a través del tiempo y de esa forma saber, por ejemplo, si nos ha atacado antes o ha colaborado con nosotros y poder predecir con mayor fiabilidad que hará en el futuro. Por ejemplo, el perro de Ana, Freddy, para mí es un agente: le identifico como el mismo a lo largo del tiempo, sé qué puedo esperar más o menos de él, como puede influir sobre mi y como puedo influir yo sobre él. Y para Freddy, por cierto, animal dotado de un cerebro lo suficientemente desarrollado, también yo soy un agente: sabe que cuando le digo que se siente se tiene que sentar mientras que a otros les puede ignorar tranquilamente, y sabe que si me pide comida lloriqueando no se la voy a dar mientras que si me la pide con la pata… a lo mejor. La agencia, la identificación del “otro” a través del tiempo es terriblemente útil porque nos permite influir sobre otros agentes con mecanismos estímulo-respuesta, premio-castigo; y está tan imbricado en nuestros cerebros que es lo que nos hace darle una patada al hardware cuando se estropea el software. Nuestro cerebro, como órgano, no sabe que el ordenador no está vivo y que no responde a esos estímulos. A nuestro cerebro eso le da lo mismo, al igual que no se para a pensar en P-zombis: si tiene pinta de ser un agente es un agente y ya está; el modelo funciona mejor y más eficientemente sin meterse en complicaciones.

Como habéis visto en el ejemplo de Freddy, por cierto, no es necesario ser consciente para asignar agencias en nuestro entorno. La agencia tiene que ver con reconocer a los demás y prever lo que harán, no con reconocernos a nosotros mismos. Los mecanismos automáticos y predecibles en el cerebro de Freddy están condicionados(3) para reaccionar de una manera cada vez que yo digo algo y de otra manera cuando lo dice otro, pero sigue sin haber nada especial en el cerebro de Freddy, nadie “a los mandos”, ningún sujeto de sus verbos que toma las decisiones. “Sólo” hay un cerebro maravillosamente complejo con una programación indeciblemente compleja, pero que al final sigue funcionando automáticamente y que asigna a determinadas entidades una agencia, una identidad a lo largo del tiempo, la tengan (como yo) o no la tengan (como el ordenador). Lo importante es que “los demás” “hacen cosas” “porque quieren” y que esas “querencias” pueden ser definidas y catalogadas en otros modelos llamados “personalidades” e incluso modificadas para que los agentes hagan “otras cosas” que son placenteras (como las golosinas o los mimos).

El modelo de la realidad evoluciona entonces para incluir la personalidad y responsabilidad del agente. Así, algunos individuos tienen características tal que si yo les rasco la espalda luego ellos me la rascan a mi, y otros hacen justo lo contrario: les rasco la espalda y pasan de mi. Ese tipo de rasgos definen, en un primer momento, la presonalidad, y la evolución apoya los cerebros que, cuando se enfrentan a un egoísta, no vuelven a prestarle atención. Si yo le rasco la espalda a alguien (o le despiojo, o le doy parte de mi comida) más me vale hacerlo con alguien que luego hará lo mismo conmigo, con un simbionte, y no con alguien que no lo hará, con un parásito. Eso hace que perciba la compañía de ciertos individuos como deseable, y que me sienta bien estando junto a cierta gente que me va a proteger a cambio de mi protección. Definimos así personalidades más o menos atractivas en función de lo que reportan de vuelta al modelador por sus esfuerzos. Con un mecanismo idéntico, si alguien nos pega con un palo y nos quita la comida, los cerebros que le hagan responsable a lo largo del tiempo y se protejan cuando le vean venir (o vayan a buscar un palo más grande y luego no se olviden de lo que iban a hacer) tienen ventaja frente a otros, no solo porque tienen mayores posibilidades de volver al status quo ante sino porque si le rompo la cabeza a quien me pegó con un palo existen muchas menos probabilidades de que vuelva a hacerlo porque sabe lo que le espera. Y el modelo de la realidad se vuelve cada vez más complejo, con amigos, enemigos, gente en la que se puede confiar, actividades que es mejor hacer con este que con aquel…

Y, finalmente, llegamos a un cerebro cuyo modelo de la realidad es tan elaborado que incluye un modelo del modelador (y no creo que sea necesario explicar las ventajas evolutivas de esto). Aparece entonces la consciencia, el ser humano, cuyo cerebro modela la realidad “como si él existiera”, sin que sea relevante si verdaderamente existe o no, y que como a todos los entes semejantes asigna la categoría suplementaria, adicional, de agente. Y con la agencia viene la asignación de una personalidad, de unas características, de una identidad. Primero fueron los demás, ahora somos nosotros mismos. La forma más sencilla que tiene uno de modelizar a los demás es crear una identidad, llamada “Papá” o “Mamá” o lo que sea, y asignarle unas características de acuerdo a la observación; la forma más sencilla de modelizar nuestra existencia es mirar alrededor, ver a Papá y Mamá y concluir que nosotros también existimos, que también somos agentes, que también controlamos nuestros actos como ellos controlan los suyos.

Pero en realidad no es así. Es solo una ficción, una simplificación, un modelo útil. Al igual que el ordenador con el que me cabreo no es un agente aunque a mi cerebro se lo parezca, yo mismo no lo soy. Y no lo soy porque tampoco lo son Freddy, ni Ana, ni Papá ni Mamá. Somos organismos vivos, maravillosamente complejos que aparentamos tener personalidades y tomar decisiones y a los que es útil y simple considerar como dotados de personalidades y de libertad para decidir y de responsabilidad por nuestros actos. Pero en el fondo, en realidad, no somos más que hermosos termiteros, construidos por termitas que no saben ni lo que hacen ni por qué y que, cuando se miran en el espejo, se creen la Sagrada Familia.

No hay nadie a los mandos, nadie tras nuestros ojos tomando decisiones. Nuestros pensamientos no tienen pensador. No hay agente. No hay yo. Son conceptos que inventamos a lo largo de los milenios para simplificar la realidad de una forma que se nos hiciera comprensible y son conceptos bonitos y útiles pero, en el fondo, en realidad, son falsos.

What you see is all there is.

Arthegarn_______________________________________
(1) En realidad los han dejado de “mandar” mucho antes desde el punto de vista evolutivo: todo sistema nervioso, incluso el más simple, es básicamente el organismo reaccionando más deprisa de lo que los genes pueden reaccionar y, por tanto, “quitándoles control”. Las termitas no tienen cerebro como tal, pero a estos efectos su sistema nervioso hace las veces del mismo. El hecho de que su “programación” sea más obvia que la de, por ejemplo, un perro, no quiere decir esa programación no exista y que por tanto los genes no tienen ya control directo.
(2) Es importantíismo esto de que los genes mutan aleatoriamente. El error más común al entender la evolución por selección natural es precisamente la asaignación de intencionalidad a la misma, la concepción de que los genes cambian “para” adaptarse al medio. No es así. Cuando se produce una mutación en general es negativa y el ser producto de ella muere o queda estéril, pero algunas mutaciones mejoran el fenotipo, lo hacen más eficiente y competitivo y hacen que ese genoma se reproduzca más, eventualmente sustituyendo al modelo original. Pero no caigais en el sesgo cognitivo de la historia de éxito: el hecho de que la evolución solo os enseñe a los mutantes ganadores no quiere decir que todas las mutaciones mejoren la especie y muchísimo menos que los genes muten “para” adaptarse al medio. Es pura suerte. Somos el producto de 3.000 millones de años de muchísima suerte.
(3) En realidad cogerá el más útil, es decir, el que para igual cantidad de recursos invertidos produzca mejores resultados teniendo siempre en cuenta que los resultados se miden en progenie. Vuelvo a decir que esto es muchísimo más complicado de cómo lo cuento, la mejor forma de verlo y entenderlo en serio es mediante modelos matemáticos.
(4) Nota particularmente para los frikis de las ciencias: la única razón por la que escribo aquí “condicionados” en vez de “programados” o “determinados” es que no está demostrado que determinados sucesos cuánticos que suceden en los microtúbulos de las neuronas no tengan una influencia relevante en si esa neurona se “dispara” al recibir un estímulo determinado de las neuronas circundantes o no. En el primer caso nuestro cerebro sería un sistema determinista y determinable (sería hipotéticamente posible adquirir suficiente información como para predecir exactamente qué va a hacer en cada momento), en el segundo sería un sistema determinista pero indeterminable (sería imposible saber qué va a hacer exactamente en momento alguno con toda certeza porque el funcionamiento del sistema sería parcialmente aleatorio). En cualquier caso la conclusión es
_______________________________________________
Para saber más:
• Sobre evolución por selección natural, El Gen Egoísta (1976, edición anotada y corregida de 2006), que también tiene mucha información sobre etología y “psicología” animal y, sobre todo, El Fenotipo Extendido (1982) del biólogo Richard Dawkins.
• Sobre la relación y comunicación entre genes y mente, El Error de Descartes (1994, edición revisada de 2011) del neurólogo y filósofo Antonio Damasio.
• Muchas de las ideas sobre la relación y diferencia entre mente y cerebro están mucho mejor desarrolladas en La Conciencia Explicada (1991) y La Evolución de la Libertad (2003) del filósofo Daniel Dennett. También de Dennett, pero para entender la evolución por selección natural, La Peligrosa Idea de Darwin (1995).
• Sobre el mismo tema, La Nueva Mente del Emperador (1989) del matemático Roger Penrose. El lector con suficiente base puede saltar a la parte X, pero a todo el que no tenga un máster en una disciplina científica le recomiendo muy encarecidamente que se arme de paciencia y se lea el libro entero, va a aprender una burrada de forma muchísimo más amena de lo que espera.
• Lo de los arcos de las termitas lo saqué, como muchas otras cosas, del maravillosa Gödel, Escher, Bach, un Eterno y Grácil Bucle (1979, Pullitzer en 1980) del también matemático y divulgador Douglas Hoftstadter. Aproximadamente a mitad de este libro uno se da cuenta de que el mundo se divide entre los que se lo han leído y los demás.

La Ilusión de la Consciencia (III)

NOTA PRELIMINAR: Este es el tercer artículo de una serie que dejé inconclusa en 2009. Si llegas aquí de primeras deberías leerlos para antes (aunque no es imprescindible) para aclarar algunos conceptos y comprender el objetivo de la disertación. Si estás siguiendo la saga… pues perdona por el retraso.

Decíamos ayer que el argumento del cogito cartesiano es lógicamente erróneo y que el hecho de que existan mis pensamientos no quiere decir que exista un “yo” inmaterial que los piense, rebatiendo el argumento filosófico más popular para probar la existencia del pensador-agente. Pero por supuesto, esto no demuestra que el pensador no exista, estamos muy lejos de eso. Simplemente demuestra que una prueba de su existencia es errónea, pero estamos muy lejos de evidenciar la inexistencia de la conciencia individual, de la que todos una experiencia íntima y directa. “Yo” existo y eso es obvio; antes nos resultaría más creíble que nos dijeran que todo lo que sabemos y percibimos es en realidad una ilusión, que vivamos en Matrix, que el que nos digan no existamos como agente pensante, que “yo” no estoy detrás de mis ojos, pensando mis pensamientos y tomando mis decisiones. Así pues, ¿qué puede llevar a Arthegarn a decir que la consciencia , esa percepción inmediata de uno mismo, es en realidad una ilusión?

Empecemos por ahondar en cómo funciona nuestro cerebro y, en concreto, en el campo de las ilusiones. Descartes escribió las Meditaciones Metafísicas al calor de la chimenea, sentado en un sillón, con su bata puesta y su coñac, pero por acercar la filosofía a las masas, estoy seguro que alguna vez os habréis sentado en la taza del váter y, mientras estáis a lo vuestro y bastante aburridos, habéis el gotelé frente a vosotros y habréis visto caras aparecer de la pared. No como las caras de Bélmez o en plan peli de miedo sino como si esas gotas sugirieran una caras que vuestro cerebro termina de montar. Es un fenómeno universal, muy estudiado por la psicología, llamado pareidolia, consistente en que nuestro cerebro toma percepciones vagas y aleatorias y les otorga significado. Y no es solo el gotelé, la pareidolia nos hacer ver caras en todas partes, y formas en las nubes, y tendencias en el IBEX. Realmente no están ahí, son ilusorias, pero las percibimos de cualquier modo. Hay una razón para este efecto y es una razón evolutiva: nuestro cerebro no evolucionó para analizar exhaustivamente la realidad  y encontrar la Verdad absoluta (aunque podamos usarlo para eso), sino para el mucho más mundano propósito de sobrevivir, reproducirnos y que nuestra progenie sobreviva y se reproduzca.

Imaginad hace unos cuantos millones de años dos pequeños mamíferos dotados de pequeños cerebros que están tranquilamente al sol cuando oyen un ruido en un matorral cercano. Los dos miran a ver qué ha causado el ruido y entre el follaje ven una forma difusa difícil de definir. El cerebro de uno de ellos coge esa forma difusa, le da contenido (“¡un tigre!”) y sale corriendo; el cerebro del otro, más meticuloso, busca más datos para elaborar una respuesta correcta y evitar equivocarse… y para cuando ha terminado su análisis es almuerzo de un tigre. El animal dotado de un cerebro que imaginó el tigre donde en realidad no lo había visto sobrevivió y tuvo crías con cerebros parecidos, el otro no. La evolución determina que hayamos desarrollado el tipo de cerebro que funciona con pareidolia, es un instrumento de supervivencia, una ventaja frente a quien no la tiene. Todos nuestros cerebros, y no solo los de nuestra especie sino todos los del planeta, funcionan de la misma manera en este sentido. Aunque la información sea incompleta, aunque de vez en cuando se equivoque, el que se equivoca en ver un tigre donde no lo hay vive para volver a equivocarse, pero el que se equivoca en no verlo donde lo hay, no(1)

Este suceso no se da solamente en el estadio de desarrollo del ejemplo, sino en ancestros muchísimo más remotos. No solo desde que se empieza a desarrollar un cerebro propiamente dicho, sino desde que se empieza desarrollar la vida autónoma, animal, semoviente, quien reacciona más deprisa tiene una ventaja, que es por lo que tenemos cerebros. Una ameba, por ejemplo, reacciona automáticamente a los estímulos tan deprisa como puede de acuerdo a una programación, extremadamente sencilla, determinada y desarrollada por sus genes. Una ameba no es más que la forma que tienen los genes de la ameba de hacer copias de si mismos. Para que nos entendamos, los genes de la ameba llevan codificados una especie de “robot” biológico, que les sirve a la vez como transporte y como protección, y que les da más posibilidades de copiarse que a las cadenas de ADN que no son capaces de desarrollar estos robots.

Una ameba reacciona a sus estímulos de forma independiente y distinta a como reaccionan sus genes. Los genes no saben hacer otra cosa más que copiarse, pero una ameba, por ejemplo, siempre se dirigirá a la zona de la placa Petri que tiene mayor concentración de glucosa. Como ser carente de cerebro debería estar claro que no está decidiendo hacerlo: una ameba se mueve respondiendo a instrucciones extremadamente simples que le hacen comportarse siempre de una forma determinada; instrucciones (esto es muy importante) que no están escritas en el genotipo de la ameba sino en su fenotipo. No son los genes de la ameba los que “deciden” buscar glucosa, “conduciendo” la ameba como quien condice un coche; los genes (sin voluntad ni mente) han construido una máquina (sin voluntad ni mente) que tiene la característica de que siempre va hacia la glucosa.  Pero no hay volición en absoluto en una ameba, se comporta así porque está físicamente determinada para comportarse así, no hay mente ni libertad ni alternativa alguna. Existe la tentación de asignar a la ameba algún tipo de volición rudimentaria, ya que la vemos comportarse de una forma, hacer cosas como si supiera qué le conviene. Bien, no es cierto. Al igual que un espejo es capaz de reflejar imágenes muy complicadas a través de un proceso físico muy simple y totalmente determinista (2) una ameba puede comportarse de forma aparentemente inteligente, pero no es más inteligente, ni tiene más libertad a la hora de decidir qué hacer, que la que un espejo tiene a la hora de decidir qué reflejar.

Este tipo de programación automática y determinista puede verse igualmente en animales muchísimo más desarrollados que una ameba y que tienen comportamientos infinitamente más complejos, pero no por ello menos predeterminados, que una ameba. Consideremos, por ejemplo, a las termitas. Una termita tiene un rango de libertad, de cursos posibles de acción, increíblemente mayor que el de una ameba, pero eso no quiere decir que tenga intencionalidad –es decir, capacidad para elegir dentro de ese rango de libertad en función de un objetivo- ni en su mínima expresión. Sus acciones están tan programadas y predeterminadas como las de la ameba, y siguiendo el mismo procedimiento. Una termita responde a una serie de instrucciones muy simples, inscritas en su sistema nervioso de forma parecida a cómo los circuitos impresos de una máquina(3) determinan su funcionamiento. Por ejemplo, una instrucción puede ser “si no estás haciendo nada, baja a la cámara inferior y coge un poco de arcilla”, otra, “si llevas arcilla ve hacia arriba hasta que la temperatura sea X”, otra “si la temperatura es X y detectas que otra termita ha pegado su pegote de arcilla cerca, pega el tuyo encima”, otra “si estás trepando para colocar tu piedra y detectas que otra termita ha colocado una piedra cerca pero no en vertical, coloca tu piedra lo más cerca posible de esta segunda”, etc. Y así, sin saber lo que están haciendo, sin saber ni siquiera que existen, respondiendo a programa un codificado en sus genes y escrito en sus sistemas nerviosos, las termitas construyen arcos y levantan la Sagrada Familia.

Y es que al observar la vida y obra de los insectos sociales surge en nosotros la idea de que es imposible que construyan sus hormigueros, colmenas y termiteros sin tener la más mínima idea de lo que están haciendo. Una obra tan compleja parece diseñada por alguien y quizá, aunque individualmente los insectos no tengan consciencia, en colonias desarrollen algún tipo de inteligencia colectiva que les da la capacidad de concebir y ejecutar estas obras que requieren de tanta coordinación y que a un ser humano le costaría diseñar. Pero en realidad no es así: ni la termita tiene consciencia ni decide nada, ni la colonia tiene consciencia ni decide nada. La presencia de otras termitas afecta al comportamiento de la termita individual exhibiendo conductas que no exhibe en soledad, pero eso es todo, y es parte de su programación como hemos visto. El hecho de que una acción o una obra parezcan ejecutados por un ente inteligente y consciente de lo que hace no implica que verdaderamente sea así. No obstante la asignación de intencionalidad, la idea de que las termitas tienen que saber lo que están haciendo o no serían capaces, también es un fenómeno universal, parecido aunque muy superior a la pareidolia, que es crucial para nuestro tema y del que hablaremos, junto con de la función y funcionamiento de los cerebros y las diferencias entre cerebro y mente, en el próximo capítulo.

(Continua.)

Arthegarn
____________________________________
(1) Todo esto es, en realidad, muchísimo más complicado pero detallar pormenorizadamente cuales son exactamente los mecanismos evolutivos que llevan a la pareidolia y que determinan (por ejemplo) qué grado de la misma es el aconsejable y cual no (si saliéramos corriendo cada vez que vemos un matorral no ganaríamos para sustos, por ejemplo) excede con mucho el ámbito de este artículo. En particular quiero hacer notar que la evolución por selección natural no es determinista como la estoy describiendo, ese ejemplo es ilustrativo nada más. En realidad siempre deberíamos hablar de probabilidades: de unos genes que llevan codificado un cerebro con una estructura morfológica tal que es más tendente a la pareidolia que los demás, que da a su poseedor mayores posibilidades de supervivencia y reproducción y que por tanto tiene más probabilidades de fijarse en la cadena genética. Por el mismo proceso no se fijan en la cadena genética los genes que producen cerebros que tienen demasiada tendencia a la pareidolia e imaginan una realidad errónea demasiado a menudo y hacen que el animal salga corriendo cuando no debe demasiadas veces,, malgastando los recursos y reduciendo sus posibilidades de supervivencia. En términos estrictos, en el proceso de evolución por selección natural nunca podemos decir que un cambio se produjo “para” algo, simplemente se produjo, resultó útil en ese momento y se fijó en el ADN.
(2) La “intencionalidad” de la evolución (esa tentación de poner el “para”) es otra de las características de la mente humana, muy parecida a la pareidolia, y que veremos más adelante.
(3) Técnicamente, de una máquina no reprogramable.

Sobre el valor y el ejercicio de la libertad de expresión

Abre tus labios solo si lo que vas a decir es más hermoso que el silencio.”
Proverbio árabe.

Le debo a mi querido amigo Eduardo Marqués, desde hace una semana una respuesta a su artículo sobre la masacre de Charlie Hebdo, que más parece una arenga a las tropas que la inteligente reflexión liberal que suelo esperar de él(1). Desgraciadamente no me va a dar tiempo a tratar uno por uno los puntos del mismo, como me hubiera gustado, pero sí que me voy a meter en sutilezas con el asunto de los límites de la libertad de expresión.

La primera idea perniciosa con la que tenemos que acabar es la de que la libertad de expresión no tiene límites porque sí que los tiene. Podemos discutir, como intentaré hacer en este artículo, donde están esos límites, pero el hecho es que sí que los tiene y que están marcados de dos formas: convencionalmente por las leyes y éticamente por el principio del daño(2). Los límites convencionales (legales) varían de nación a nación y de cultura en cultura y en pueden llegar a ser tan estrechos que, a la hora de la verdad, nieguen lo que intentan definir(3) por lo que no creo que sean relevantes a estos efectos; pero los límites éticos sí.

El primer y fundamental derecho que tiene la persona es a que le dejen en paz. A que no le maten ni le hieran ni le quiten lo que es suyo. Y en este derecho se incluyen tanto la protección contra los daños materiales como los morales. Lo de la protección de los daños materiales es bastante fácil de ver: yo tengo derecho a que nadie me de una paliza o me robe o me corte un brazo; requiere un poco más de perspicacia. El hecho es que existe alrededor de cada persona un conjunto de ideas intangibles en las que se apoya la parte más humana, social e intelectual de su vida, y que tiene uno tiene derecho a que nadie dañe ese bien que no por intangible es inexistente.

Como lo que acabo de decir se presta a muchas interpretaciones y utilizar las palabras exactas es bastante farragoso(4) voy a poner un ejemplo cercano: tú tienes derecho a tu imagen pública (que es un conjunto de ideas que existen alrededor de cada uno, específicamente sobre uno mismo y al que se dedican ingentes esfuerzos para configurar de un modo específico) y a que nadie la destruya. Si alguien va diciendo de ti que eres un ladrón y un sinvergüenza la gente no se fiará de ti: no encontrarás trabajo, nadie te prestará nada ni te alquilará nada, no encontrarás pareja y a lo mejor incluso pierdes amistades que no quieren contaminar su propia imagen por asociación. Por mucho que digan los ingleses aquello de que sticks and stones may break my bones but names will never hurt me lo cierto es que sí que sí pueden. Y como.

Queda claro pues que uno tiene derecho, como mínimo, a que no se le calumnie, a que nadie le joda la vida con mentiras(5). Establecido pues que la libertad de expresión tiene ciertos límites, lo que tenemos que preguntarnos es dónde están.

Por ejemplo, ¿qué pasa si alguien dice que soy un ladrón y un sinvergüenza y es yo en realidad soy un ladrón y un sinvergüenza? Entonces no me está calumninando, me está describiendo; no está contando una mentira sobre mí, está de hecho deshaciendo una mentira (mi falsa apariencia de honradez) para que brille la verdad. Recurrimos en este caso otro derecho, previo al de la libertad de expresión, que es el de la libertad de información. Si algo es cierto yo tengo el derecho (algunos pensamos que el deber) de difundirlo, y ese derecho es superior al derecho a la propia imagen. ¿Por qué? Porque la sociedad en su conjunto se beneficia de la verdad. Si eres un sinvergüenza, yo lo sé y no se lo digo a nadie, la sociedad se verá perjudicada porque continuarás aprovechándote de los demás; pero si eres un sinvergüenza y yo lo cuento la sociedad se verá beneficiada ya que estará al corriente de tus deshonestidades y podrá estar en guardia contra ti. En efecto, el derecho a la información está por encima del derecho a la propia imagen, siempre que la información difundida sea cierta(6). Lo que nos lleva al derecho a la libertad de expresión.

La libertad de expresión es hija : (i) de la libertad de conciencia, que dice que yo tengo derecho a pensar lo que me de la gana y a creer lo que me parezca bien(7) y (ii) de la libertad de información, que dice que yo tengo derecho a informar de hechos ciertos; y entra en juego cuando yo informo de una opinión, de una creencia que, aunque no puede ser demostrada, tengo la certeza moral de que es verdadera. Por ejemplo, puede que no sea cierto, o que no sea demostrable, que Bárcenas es un ladrón y un sinvergüenza, por lo que no tengo derecho a divulgar que lo sea. Pero lo que sí que es cierto es que yo creo que lo es y ese hecho tengo derecho a divulgarlo. Es en estos casos coando entra en juego esa especialidad del derecho a la información que llamamos derecho a la libertad de expresión.

Ahora bien, tampoco es ahí donde están los límites de la libertad de expresión. Si se limitara a la veracidad del hecho de que yo tengo una creencia X la libertad de expresión ampararía que yo difundiera, por ejemplo, que creo Hitler fue un gran hombre, que creo que el mundo estaría mejor si judíos (o sin moros, o sin gitanos), que creo que los negros son una especie inferior que nunca deberían tener acceso a la ciudadanía o que creo que los problemas de España se solucionarían en dos patadas con una guillotina en cada plaza por la que pasaran un buen puñado de [políticos / empresarios / vagos y perroflautas / banqueros / comunistas / fachas / rojos / catalanes / vascos], para que aprendan. O que creo que el sitio de las mujeres está en la cocina y que si le llevan la contraria a su marido se merecen un buen guantazo. ¿Verdad?

Queda claro que no. Que resulta que hay cosas que no las puedo decir. Aunque sean ciertas (porque sea cierto que lo pienso). La libertad de expresión no es una tarjeta de “salga de la cárcel gratis”; va a resultar no solo que tiene límites sino que son más estrechos de lo que aparecen en determinados discursos populistas y libertarios. Pero ¿por qué? Y, sobre todo, ¿dónde están los límites?

La razón por la que la libertad de expresión, o de hecho por la que cualquiera de nuestras libertades, tiene límites es porque el ejercicio de nuestras libertades tiene efectos sobre los demás y fb14215b8d52b1d0c690abd8a186e4c0y que esos efectos no son siempre positivos(8). El ejercicio ético y responsable de nuestros derechos implica preguntarnos sobre las consecuencias, no solo sobre nosotros sino sobre los demás, incluso mediatas y a largo plazo, que tiene el que yo realice una acción que aparentemente está permitida en abstracto. Supone, en otras palabras, dejar el mundo teórico y bajar al mundo real en el que vive (y sufre) la gente. Supone preguntarse, humilde y responsablemente, si voy a hacer más mal o más bien a la sociedad y a mi prójimo con la acción que considero, con la opinión que quiero difundir; preocuparse no solo por los derechos de uno, sino por los de los demás, entre otros a no sentirse insultado o agredido. Porque, como creo que todos sabemos, la integridad y la estabilidad emocionales son preciosas para todos, hasta el punto de ser indispensables. Cuando alguien ataca nuestra estabilidad emocional nos produce un daño, que en muchos casos se traduce en un dolor físico y que puede llevar a diversas enfermedades e incluso a la muerte(9). Y eso no solo nos pasa cuando nos atacan a nosotros; en muchos casos es mucho peor cuando atacan a quienes amamos. Es lo que tiene el amor, que nos hace empáticos con la persona amada, que cuando sufre ella sufrimos nosotros y que en muchos casos nos resulta más fácil soportar nuestro propio sufrimiento que el de aquellos a los que amamos. Ese daño, ese dolor, es real; y un ciudadano consciente, un ser humano íntegro, no puede vivir su vida ignorando el dolor que causa entre sus semejantes. Y, aunque resulte difícil de creer para algunos, ese amigo imaginario de los creyentes, Dios, es para ellos tan real como para vosotros vuestra madre, pareja o hijos; y cuando se le insulta, se le veja o se le hace de menos, les duele. Y mucho. Y como faltarle a tu madre a ti es faltarle a Dios a los creyentes, a la Corona a los monárquicos o sacarle a relucir el Libro Negro del Comunismo a un comunista.

¿Significa esto que deberíamos prohibir los chistes de mal gusto sobre Dios? ¿Que los de Charlie Hebdo se lo tenían merecido? ¿Que deberían haberse retirado de los quioscos los libros de Salman Rushdie, o los de Richard Dawkins, o El Jueves número 1580? No. No quiero decir eso.

Lo de Charlie Hebdo, como lo de Theo Van Gogh(10), es injustificable. En primer lugar por un asunto de justicia: el hecho de que yo sea te haga daño no te da derecho a ti a hacérmelo a mí. En segundo lugar por un asunto de proporcionalidad: no importa cuánto te hayan dolido mis palabras, acabar con mi vida no es una retribución proporcional. Y, en tercer lugar porque, si dejar en manos de los ciudadanos la represión por el abuso de la libertad de expresión es mala idea (como hemos visto), dejarla en manos del Estado es infinitamente peor. La libertad de expresión es, como la presunción de inocencia, imprescindible para vivir en libertad. Limitar la presunción de inocencia es, en última instancia, favorecer que el Estado pueda meter en la cárcel a quien quiera; de la misma manera, limitar por ley la libertad de expresión es darle a quien ostente el poder la capacidad de amordazar a quien quiera, permitir a quien dirija el Estado hacerse invulnerable a la crítica, superior a sus oponentes, perpetuo en el poder. Y de eso ya hemos tenido demasiado en el pasado y ya sabemos que no trae nada bueno.

Muchos lumbreras reniegan de la presunción de inocencia cada vez que un culpable escapa de su justa sentencia por un tecnicismo y piden a gritos una justicia distinta en la que los delincuentes vayan a la cárcel, porque está claro que este sistema que permite que los culpables se escapen no funciona, confundiendo que el sistema no sea perfecto con que no funcione, y las consecuencias indeseadas pero inevitables del sistema (que algunos culpables queden libres) con el objetivo del sistemaimages Quiero pensar de ellos que son simples bobos que no se han parado a pensar en el sistema que proponen como alternativa y las consecuencias que tiene y no verdaderos proponentes de ese sistema. De la misma manera, muchos puritanos reniegan de la libertad de expresión cada vez que, amparándose en ella, se ofende o insulta a lo que aprecian y respetan, y se atreven a sugerir un sistema en el que se prohíban faltas de respeto, insultos o vejaciones como los que decimos. Como en el caso anterior, prefiero pensar que son bobos. Los insultos gratuitos a la religión, a la corona, a la patria, al Real Madrid o a lo que sea, no son el objetivo del derecho a la libertad de expresión; son las indeseables consecuencias de ese derecho con las que, sin embargo, tenemos que vivir porque la alternativa, que es vivir sin libertades, no es considerable.

Y, dicho esto, dejada clara la necesidad imperiosa de la libertad de expresión y de que el Estado no pueda legislar más que mínimamente al respecto, ¿es tanto pedir, conciudadanos, un poco de empatía? ¿Un poco de responsabilidad? ¿Es tanto pedir, que no exigir, que antes de decir o escribir o dibujar algo, pensemos si vamos a hacer daño a otro? ¿Es tan grave sugerir que cada uno, en uso de nuestra libertad individual, piense si lo que va a hacer va a causar más bien que mal, más risa que ira, más felicidad que dolor a aquellos que le rodean? ¿Tanto pedir que se piense dos veces a ver si hay alguna forma de hacer reír que no haga rabiar a nadie? ¿Y que si, tras un examen de conciencia, llega uno a la conclusión de que quizá lo que iba a hacer iba a hacer sufrir a su prójimo, a su conciudadano, no lo haga? ¿No es elegir callar una inconveniencia, un insulto, una calumnia, también un ejercicio de la libertad de expresión? ¿O es que solo quien suelta sapos y culebras y estira esa libertad hasta sus es quien auténticamente la ejerce mientras que todos los demás, la inmensa mayoría de nosotros que nos movemos dentro de esos límites intentando no pisar demasiados callos a los demás porque no queremos que sufran somos unos cobardes mojigatos incapaces de decir lo que en realidad piensan? ¿Son la contención, la paciencia y la templanza defectos hoy en día?

Pues esto, amigo Eduardo, es la autocensura. Una mezcla de empatía, responsabilidad, autocontrol… y libertad individual.

Saludos a todos,

Arthegarn__________________
(1) Y es que lo siento, amigo mío, pero desde que estás en política tratas temas complejos y delicados, como los límites éticos de los derechos humanos, con la sutileza de una carga de caballería. Quiero pensar que lo haces porque buscas el voto, si no el aplauso, de la masa indistinta que puebla la parte alta de la campana de Gauss; que dices lo que dices porque el gran público al que te diriges no llega a más y no porque te estés volviendo tosco últimamente. Pero como nunca se sabe, y como aunque yo no sea parte de tu público objetivo sí que soy uno de tus fieles lectores, me vas a -tener que- disculpar que yo, en uso de esa libertad de expresión de la que hablas, y que en mi opinión tratas con la delicadeza de una verdulera metida a taxista, te haga algunos comentarios y precisiones.
(2) Si eres liberal, claro, si eres totalitario el principio del daño te da lo mismo. Claro que en ese caso también te da lo mismo el derecho a la libertad de expresión y, ya que estamos, todos los derechos individuales ya que solo existen y son dignos de respeto en tanto benefician al colectivo…
(3) Lo de la “libertad de culto” en Arabia Saudí, por ejemplo, es simplemente increíble.
(4) La idea básica, traducida a un lenguaje jurídico-político, viene a ser que la integridad emocional es, como la integridad física, un bien jurídico que debe ser protegido por el Estado. Esto implicaría, dada nuestra concepción weberiana del Estado como único capacitado para el legítimo uso de la fuerza, que esa protección debe ser dada por el Estado y no por los particulares. El problema es que nuestro concepto de la libertad de expresión deja al ciudadano idefenso ante el ataque a ese bien y la causación del daño ya que el Estado: (i) ni es efectivamente protege al ciudadano ni le permite protegerse a si mismo y (ii) ni obtiene coercitivamente del ofensor una idemnización por el daño causado ni le permite obternerla por si mismo.
(5)Este asunto tiene particular relevancia en la sociedad actual en la que la información (y la desinformación) se mueven a tanta velocidad y son tan difíciles de controlar. ¿Alguien se acuerda de Amanda Todd? ¿O, ,ás cerca, de Carla Diaz?
(6) Incidentalmente: los que defienden que la libertad de expresión no tiene límites defienden implícitamente que tan válida y digna de protección es la mentira como la verdad.
(7) Otra cosa es que tenga razón en lo que creo y pienso, por supuesto…
(8) Ni inmediatos. Ni fáciles de ver.
(9) Y a los casos anteriores me remito.
(10) ¿Alguien se acuerda de Theo van Gogh?

Thinking, fast and slow.

Es difícil escribir una reseña de Thinking, Fast and Slow, del psicólogo y premio Nobel de economía Daniel Kahneman. Es uno de esos libros maravillosos como GEB-EGB o La Nueva Mente del Emperador que hace falta que alguien que se lo haya leído te lo recomiende porque si no igual ni te enterabas de que existía. En este caso fue el inefable Julian quien me lo recomendó en mi último viaje a Londres y tengo que darle las gracias porque me ha gustado una burrada. El libro trata fundamentalmente de cómo la mente humana toma decisiones, sobre todo decisiones en las que existe un grado de incertidumbre respecto al resultado o que se prolongan en el tiempo. Habla del tipo de algoritmos que utilizamos para decidir, de los errores sistémicos más habituales existentes en esos algoritmos y de cómo podemos evitar caer en esos errores para tomar las decisiones razonables y no simplemente decisiones razonadas.

La primera tesis del libro es la coexistencia en nuestra mente de dos “sistemas” (que Dennett llamaría homunculi en Consciousness Explained) de pensamiento a los que denomina “sistema 1” y “sistema 2”. El sistema 1 es inmediato, intuitivo e instintivo, fácil de usar y de reacciones rápidas ante lo que ocurre a nuestro alrededor y es el que, en general, tiene el mando de la inmensa mayor parte de nuestra actividad. El sistema 2 es más lento y más pesado, requiriendo mucho más esfuerzo para ponerse en marcha, pero es lógico, analítico y racional y sus conclusiones son mucho más de fiar que las del Sistema 1. La mayor parte de las decisiones de la vida las toma, automáticamente, el sistema 1; y no estamos hablando sólo de cosas como mantener el equilibrio, hacer la digestión o retirar la mano del fuego, sino de verdaderas decisiones humanas, que requieren de obtención, análisis y proceso de información figurativa. El problema es que los seres humanos asociamos nuestro ego con el sistema 2 y, si se nos pregunta por qué tomamos una decisión determinada, decisión que en realidad no nos paramos a pensar sino que la tomamos automáticamente, daremos a nuestro interlocutor una explicación que confundiremos inmediatamente con una causa, a veces hasta el punto de crear un recuerdo artificial en el que valoramos las opciones (con el sistema 2, claro) y llegamos lógicamente a la conclusión que tomamos. Esto es así porque la alternativa “no pensé, la decisión se tomó automáticamente” es extremadamente desagradable en términos de disonancia cognitiva, incluso si añadimos la coletilla “porque no la consideré importante” ya que sugiere que, en realidad, no estamos a los mandos de nuestras decisiones, algo que el 99% de la humanidad da totalmente por sentado.

Por ejemplo, un error de los algoritmos del sistema 1 efecto muy conocido es el “efecto ancla” (anchoring effect) según el cual, dado un rango de posibilidades, la que se menciona cronológicamente la primera se “ancla” en la discusión que de ahí en adelante se desarrolla en torno a esa posibilidad: si estamos discutiendo un posible precio entre 100 y 200 y yo sugiero 115, el resto de la conversación se moverá entre 105 y 150, por ejemplo, pero nunca va a llegar a 185 a menos que la contraparte sea consciente de este efecto ancla y luche contra él (el libro dice como). Otro ejemplo es el efecto marco (framing effect) que hace que se tome una decisión diferente según su resultado se presente como un beneficio o un perjuicio. Por ejemplo, si una epidemia mortal afecta a 400 personas y tenemos la opción de aplicar el tratamiento A (que salva a 100 personas) o el tratamiento B (que ofrece un 25% de posibilidades de salvar a las 400 y un 75% de no salvar a ninguna), la inmensa mayor parte de la gente (72%) elige el tratamiento A. Sin embargo, si ante la misma epidemia hemos de elegir entre el tratamiento A (que deja morir a 300 personas) y el tratamiento B (que ofrece un 25% de posibilidades de que no muera ninguna y un 75% de que mueran las 400), solo el 22% de la gente elige el tratamient a pesar de que las dos situaciones ofrecen soluciones  matemáticamente idénticas. De hecho, cuando a la misma persona se le plantean ambas opciones en el contexto de un test más largo, tienden (65%) a caer en ese mismo patrón, incluyendo a médicos y epidemiólogos que, cuando son expuestos a este detalle y preguntados el porqué de sus elecciones (al sistema 2) , caen en general en un silencio embarazoso y avergonzado. Y este no es en absoluto el único sesgo cognitivo o defecto heurístico que describe (y prueba experimentalmente, el libro está plagado de referencias a diversos experimentos que sostienen sus tesis) sino que otros pueden incluir el efecto WYSIATI (lo que ves es todo lo que existe), el Efecto Linda (falacia de conjunción), o el fascinante efecto sustitución, en el que enfrentados a una pregunta complicada cuya respuesta desconocemos, tendemos a razonar por analogía, buscar una pregunta análoga (emocionalmente análoga) cuya respuesta sí que conocemos y darnos esa misma respuesta más o menos modificada mientras pensamos que, en realidad, lo que hemos hecho es responder a la primera pregunta. Esto explica, por ejemplo, por qué todo el mundo tiene ideas muy claras sobre una cuestión tan compleja como “¿qué debemos hacer para salir de la crisis?”: porque en realidad están contestando a algo del estilo de: “¿qué hace falta para que los efectos que yo percibo de la crisis, como que desahucien a mi vecino, que mi mejor amiga siga en paro, o que mi hermano no llegue a fin de mes, desaparezcan?” Si no me creéis, analizad las respuestas que da la gente a esa pregunta y decidme cuántas incluyen una proyección de las consecuencias a medio o largo plazo de la aplicación de las medidas que proponen…

Toda esta primera parte es fascinante, pero el libro no se queda ahí. La segunda tesis, consecuencia de la primera y básicamente por lo que tiene un Nóbel en economía, desmonta dos de las premisas básicas en las que se ha venido basando esta disciplina, a saber: la idea de que el mercado (y los operadores de mercado) toman siempre decisiones racionales; y el propio concepto de utilidad de Bernouilli, demostrando que la psicología y la economía estudian dos especies diferentes: la primera los seres humanos y la segunda una simplificación de estos a los que podríamos llamar “econs“. La tercera tesis defiende que dentro de nosotros existen dos yos: el “yo que siente” (experiencing self, el yo que experimenta, en el presente, el placer y el dolor) y el “yo que recuerda” (remembering self) que, a pesar de nunca sentir nada, es quien toma las decisiones respecto a qué y cómo vamos a sentir en el futuro. Ahora, los criterios y mecanismos a través de los cuales el “yo que recuerda” toma las decisiones no se parecen nada a lo que imaginaríamos; por ejemplo, sus “objetivos” no son, como cabría esperar, maximizar el placer y minimizar el dolor del “yo que siente” sino…

Y hasta aquí puedo leer. Espero haberos picado lo suficiente para que os lo leáis. Por lo que a mi respecta me parece un libro tan recomendable que, cuando había leído algo más de la mitad, ya había comprado otro ejemplar para regalárselo a Roweena por su cumpleaños y cuando me quedaban unas 50 páginas, encargué otros cuatro más para seguir regalándolos a diversa gente, uno de los cuales ya le ha caído a . Ya tardáis. En serio. Y como nota curiosa y para terminar de animaros, comentar que el otro día mi compañero filósofo Eduardo vino a casa a jugar una partida de República de Roma y me trajo de regalo de reyes… la traducción al castellano, cuya existencia yo hasta el momento desconocía. Pensar deprisa, Pensar Despacio, se titula, y va por la segunda edición. Así que ya no tenéis ni la excusa de que está en inglés. ¡Adelante!

“Buy it fast, read it slow. It will change the way you think.”

Higiene memética

A mediados de los años 70 un estudiante le preguntó a Richard Dawkins si aparte de los seres vivos basados en química orgánica, existía en la naturaleza algún otro ente capaz de hacer copias de si mismo que también estuviera sujeto a la evolución por selección natural. En el momento, Dawkins no supo qué contestar, pero un par de años después, en el capitulo final de El Gen Egoísta (1976) respondió afirmativamente diciendo que, en efecto, se le ocurría otro ente de esas características. Como no existía una palabra para definir el concepto al que quería referirse Dawkins sugirió el nombre de mem(1) (en inglés, meme) para la unidad de transmisión cultural por imitación. De forma paralela al gen, que es la unidad de transmisión de la herencia biológica, el mem transmite ideas, comportamientos y actitudes de un individuo a otro, de una mente a otra esencialmente copiándose en el cerebro del receptor.

Como todo esto puede sonar muy raro permitidme poner un ejemplo.

Todos sabemos más o menos como funciona un virus. Un virus es un parásito que inyecta su material genético en una célula a la que infecta y “engaña” para que haga copias de ese virus mientras que la célula cree que está copiándose normalmente a si misma. Al final que llega un momento en el que hay tantas nuevas copias del virus dentro de la membrana de la célula que ésta muere y los nuevos virus se esparcen por el medio en busca de nuevas células a las que infectar. Un virus, en principio, no hace absolutamente nada más, no aporta nada a la célula ni tiene ninguna otra función; es una máquina que solo sirve (y es muy buena en ello) para obligar a otras células a que hagan copias de él.

El paralelo memético de un virus podría ser, por ejemplo, “Cumpleaños feliz”. Supongamos que un niño va por primera vez a una fiesta de cumpleaños y ve como todos los demás niños le cantan al homenajeado “Cumpleaños feliz”. Se dará cuenta de que “Cumpleaños Feliz” es “eso que se canta en los cumpleaños” aprenderá la canción y repetirá el comportamiento durante toda su vida, eventualmente enseñando la canción a otros niños que no la han oído y perpetuando el comportamiento.

En este ejemplo, “Cumpleaños feliz” es un mem. Al igual que un virus en una célula, un mem se introduce en un cerebro y se aprovecha de los recursos del mismo para sobrevivir y multiplicarse creando copias de si mismo en otros cerebros e “infectándolos” de si mismo. Por supuesto, el paralelismo no es exacto (por ejemplo: nuestro cerebro no explota cada vez que enseñamos a alguien “Cumpleaños feliz”) pero creo que es suficiente para que, de forma intuitiva, entendáis qué son los memes y cómo las ideas pueden ser consideradas (como lo son por la memética) como entes con vida propia que nacen, crecen, se reproducen y mueren(3).

La memética es que ofrece una perspectiva totalmente nueva sobre la mente humana y la transmisión de las ideas. Sugiere que, al igual que en realidad nuestro cuerpo (soma) está compuesto y es el resultado de la interactuación de millones de células individuales, que en muchos casos ni siquiera comparten nuestro código genético(4) y que existen y funcionan sin tener conocimiento ni de su función en el organismo ni del propio organismo en su conjunto; nuestras mentes están en realidad compuestas de millones de memes individuales que se comportan de forma semejante y que es sólo la interactuación holística de esos memes entre ellos la que da como resultado emergente la psique(5). La mente, así, funcionaría en paralelo, tanto a nivel neuronal como al nivel de las ideas; algo que es muy difícilmente imaginable por la consciencia, un recurso extremadamente útil pero que funciona en serie, pero que no obstante podemos estudiar y modelizar para ofrecer explicaciones hasta ahora inexistentes de quien somos.(6)

Pero, volviendo a los memes, sus similitudes con los seres vivos no terminan en su ciclo vital. Los memes también interactúan entre ellos de muy diversas formas Por ejemplo, exactamente igual que los seres vivos compiten entre ellos para obtener los recursos necesarios para sobrevivir y multiplicarse, también los memes compiten por los vastos pero finitos recursos del cerebro, intentando permanecer en él, no ser olvidados a favor de nuevos memes “invasores” y reproducirse y ser transmitidos a otros cerebros. Y al igual que los seres vivos, los memes están sujetos a la evolución por selección natural: a veces no se transmiten de un cerebro a otro con total exactitud sino que aparecen cambios en las copias, cambios que harán que ese nuevo mem se transmita y multiplique mejor o peor que el original, lo que puede dar como resultado la desaparición de la nueva copia o su éxito llegando incluso a implicar la desaparición del mem original.(7)

Pero la competición no es la única forma de relación entre memes. Hay memes que se alían entre ellos de forma simbiótica, a veces hasta el punto de dar lugar a una nueva “forma de vida” memética; al igual que un liquen es una magnífica simbiosis entre un hongo y un alga que da como resultado un ente que casi tiene taxonomía propia, cuando los memes “Dios” (existe un ente sobrenatural creador del Universo que da sentido y objetivo al mismo) y “fe” (creer en este mem aun en ausencia de pruebas es bueno) se alían dan como resultado un memeplex poderosísimo llamado “religión”. Y, por supuesto, hay memes que son parásitos de otros memes incluso hasta el punto de acabar con el mem huésped, como pasa cuando los memes de la superstición parasitan a los de la religión hasta que la idea de la relación con Dios se olvide totalmente para ser sustituida por una serie de prácticas más o menos mágicas (vid infra). Algunos memes son espectacularmente buenos reproduciéndose, sea porque otorgan ventajas al cerebro huésped (por ejemplo, carecer del mem de “lectura” es un grave problema), sea porque simplemente son buenos reproduciéndose aunque, al igual que los virus, acaben causando daños al huésped. Los memes supersticiosos, por ejemplo, no aportan absolutamente nada, pero  todos sabemos que los viernes trece traen mala suerte, o tirar el salero, o que se nos cruce en el camino un gato negro. Esos memes están en nuestros cerebros y no tienen intención de irse ni sabemos como echarlos, pese a que sabemos positivamente que son inútiles y consumen recursos como cualquier otro parásito. Y algunos memes como el del fanatismo (“creer en este mem incluso en contra de las pruebas es bueno, y de hecho cuanto mayor sea la evidencia en contra de lo que crees mejor eres por seguir creyéndolo”)(7) o “inmolación” (“este mem y su difusión son más importantes que tú y es bueno que te mates para defenderlo o difundirlo”) son tan perniciosos que la única explicación para su supervivencia es que se multiplican más deprisa de lo que matan a sus huéspedes, exactamente igual que los virus

Pero, independientemente de lo amplia e interesante que pueda resultar la memética (tenéis una buena bibliografía en las notas a pie de página si os interesa), me gustaría llamaros la atención sobre un aspecto en particular: la epidemiología memética. Dado que los memes se transmiten de forma esencialmente análoga a la de las enfermedades podemos utilizar las herramientas de la epidemiolgía para estudiar (e incluso predecir y controlar) la transmisión de los memes, el modo en el que infectan poblaciones e individuos. Por cierto, el mem con los que quiero infectar vuestros cerebros es el siguiente: “eres responsable de tus memes, de los que entran en tu cuerpo y de los que transmites”.

Uno de los grandes avances de la humanidad fue la teoría microbiana, que proponía la revolucionaria idea de que las enfermedades eran causadas por unos seres vivos tan, tan pequeñitos que no podían ser vistos, pero que sin embargo estaban ahí. Si esto era así, era posible limitar la transmisión de enfermedades a través de procedimientos muy sencillos. Así, memes como “aléjate de la suciedad”, “lava lo que vayas a comer”, “tápate la boca con la mano al toser” y cientos de otros proliferaron en nuestros cerebros hasta crear lo que hoy en día llamamos “higiene”, que no es más que el conjunto de comportamientos y procedimientos que utilizamos, y que exigimos que los demás utilicen, para proteger nuestros cuerpos de la acción de  esos micro-bios dañinos(9). La higiene ha contribuido tanto a nuestra calidad de vida que se ha infiltrado en nuestro inconsciente sin que nos demos cuenta, a veces incluso disfrazada de cortesía o educación A nadie se le ocurriría estornudar en la cara de alguien, por ejemplo, o usar el cepillo de dientes de un desconocido, o meterse en la boca un chicle que acaba de encontrar pegado debajo de la mesa(10). Y, sin embargo, cuando se trata de memes la higiene, en todos los sentidos, brilla por su ausencia en una inmensa mayoría de los seres humanos. Incluso entre mis amigos más cercanos, gente inteligente que se cree totalmente a salvo de cualquier influencia intelectual no deseada, abundan prácticas que meméticamente no son muy diferentes a comerse el cadáver de una cucaracha y a continuación besar con lengua a quien tienes al lado.

Voy a decirlo claramente; creerte lo primero que te encuentras en Internet sin contrastar su veracidad y sus fuentes, simplemente porque te gusta lo que dice y porque concuerda con tus ideas y esperanzas, no es meméticamente diferente a meterte en la boca el caramelo cubierto de pelusas que te acabas de encontrar en la acera porque te apetece algo dulce. Es una marranada indescriptible, una falta de respeto a tu salud simplemente inenarrable y algo que, si te viera tu madre hacerlo, te aseguraría un buen azote en el culo. Yo entiendo que la memética es una ciencia relativamente joven y que la idea de la higiene aplicada a los memes no ha llegado a una inmensa parte de la sociedad(11) pero para los que tenemos un mínimo conocimiento de la misma las actitudes de muchos de nuestros congéneres nos resultan, simplemente, repulsivas.

Al igual que si quieres tener un cuerpo sano tienes que respetar unas mínimas y elementales normas de higiene corporal, si quieres tener una mente sana tienes que respetar unas mínimas y elementales normas de higiene memética. No creerme lo primero que me encuentro por ahí, aunque me apetezca mucho creérmelo, es tan elemental como no meterme en la bocacommon-cold-causes-symptoms-home-remedies-prevention lo primero que me encuentro por ahí, aunque me apetezca mucho comérmelo. Prefiero creerme las cosas que sé que salen de fuentes dignas de confianza, muchas gracias, exactamente igual que prefiero comerme los caramelos que sé de dónde han salido. Y si por alguna razón me veo forzado a considerar comerme algo que encuentro tirado en el suelo, ante todo lo lavo, hiervo y desinfecto como pueda. O, meméticamente hablando, dudo de que sea sano (cierto) y lo someto a todos los procedimientos que se me ocurren para minimizar sus efectos perniciosos y contrastar su veracidad, a ver si es bueno que me lo trague o no.

Desde este punto de vista, de verdad, es increíble el tipo de, no caramelos sucios, sino mierda de perro recién excretada que se traga la gente a manos llenas en Internet. Lo que es más, es increíble ver a cierta gente comérsela en un hermoso plato cuadrado, con cuchillo y tenedor, rozando los labios con la servilleta antes de acercarse la copa de vino, a veces incluso pagando por el plato de mierda mientras se permiten mirar desdeñosamente la humilde hamburguesa de McDonald’s que se está comiendo el de al lado.

Y el plato de algunos es de los que se comen con cuchara. No digo más.

Oh, existe la posibilidad de que comer mierda de perro a cucharadas no tenga ningún efecto perjudicial sobre tu organismo, desde luego, pero lo más probable es que sí. Del mismo modo, es posible que ese bulo que te has tragado enterito no te haga ningún daño, pero lo más probable es que sí aunque no sea más que porque evidencia que careces de mecanismos de higiene memética. O lo que es lo mismo, que tu cerebro es fácilmente accesible e infectable por el primero que te cuente lo que quieres oír; que eres fácilmente manipulable. Pero es que además resulta que quienes observamos ciertas normas elementales de higiene, como lavarnos las manos antes de comer o poner en duda que en España haya 445.000 políticos estamos, en todos los sentidos, más sanos que quienes no lo hacen. Y eso nos da ventajas porque (y ahora voy a evidenciar otro mem con el que quiero infectaros) la falta de sentido crítico, carecer de higiene memética entrante, te perjudica y debilita. Si te crees lo primero que te cuentan sin contrastarlo, por pura estadística vas a acabar creyendo creer que ciertas cosas son como no son. Y eso va a implicar que tomarás ciertas decisiones basadas en información errónea, lo cual casi garantiza que tales decisiones serán erróneas. Y eso te va a perjudicar, a ti y, probablemente, a tus seres queridos (vid infra), todo por tu falta de higiene memética, por permitir que cualquier idea se aposente en tu cerebro sin demostrar que merece estar ahí. Y mentras tanto los que lo ponemos en duda todo y nos esforzamos por alimentar nuestra mente solo de ideas ciertas tendremos más posibilidades de evitar esos errores y todo nos irá mejor.

No creerte lo primer que te cuenten va en tu propio beneficio. De verdad. Y además beneficiará también a la gente que te rodea, que supongo que incluye a la gente que quieres. Y directa o indirectamente me beneficiará a mi, por qué no decirlo.

Por supuesto yo, Arthegarn, como liberal que soy, voy a respetar tu libertad individual dentro de tu esfera de derechos. Si quieres comer mierda de perro a cucharadas es asunto tuyo. Pensaré que eres un gilipollas a la enésima potencia y probablemente me de una mezcla de asco y pena verte hacerlo, pero no te lo prohibiría (si pudiera) ni siquiera por tu propio bien. Probablemente intentaré hacerte ver lo que estás haciendo y por qué no es buena idea (como estoy haciendo con este artículo) pero si a pesar de todo persistes en tu coprofágica decisión, al final haré mutis y la respetaré porque al fin y al cabo mis consejos no van encaminados más que a lo que yo considero que es tu propio bien y tú tienes mucho más derecho a decidir qué es bueno para ti que yo.

Ahora, cuando hay terceros implicados…

Llenar la propia mente de basura es cosa de cada uno. Pero en el momento en el que transmites esos memes-basura a las mentes de los demás deja de serlo y pasa a ser un asunto de salubridad pública(12). Exactamente igual que tenemos la obligación de no toser y estornudar encima de la gente, exactamente igual que consideramos que es moralmente malo transmitir una enfermedad a sabiendas a nuestro prójimo, exactamente igual que si creemos que podemos estar infectados intentamos evitar a los que nos rodean antes de exponerles a una situación de contagio (aunque no sea más que  diciendo a quien va a compartir una sidra contigo que mejor coja otro vaso porque estás resfriado), antes de transmitir un meme a otra mente tenemos que velar mínimamente por su salud. Porque esa mente confía en nosotros en todos los sentidos, y al igual que bebería de nuestro vaso si no le decimos que quizá estemos enfermos, escuchará nuestras ideas y confiará en ellas si no le decimos que concedemos una razonable probabilidad a la posibilidad de que sean perjudiciales

No solo somos responsables de lo que comemos y de cómo luchamos contra las infecciones, también somos responsables de poner los medios a nuestro alcance para evitar el contagio de nuestras enfermedades. Exactamente igual, no sólo somos responsables de las ideas que aprehendemos, también somos responsables de las ideas que transmitimos. Conozco gente que tiene una higiene memética entrante (es decir, un sentido crítico) decente, en algunos casos bastante respetable, pero que no tiene la menor consideración con su prójimo a la hora de compartir sus memes. Hay gente, por ejemplo, que es lo suficientemente inteligente como para saber que alguien de la categoría de José Luis Sampedro no empezaría un artículo diciendo “Querido señor Presidente, es usted un hijo de puta” pero que aun así difunde el bulo, lo reenvía, retwittea, comparte, cuelga en su muro o lo que sea. Meméticamente esto es análogo a estornudar con fuerza encima de tus amigos sabiendo que tienes la gripe. Y llegó el momento de poner en claro el tercer mem: carecer de higiene memética saliente perjudica y debilita a quien te rodea y lo peor es que cuanto más te quieran, más les perjudicas. En efecto, todos confiamos en la gente a la que queremos, creemos que no van a hacer nada que nos pueda dañar y por eso les damos acceso privilegiado a través de nuestras barreras de todo tipo. Yo no compartiría cubiertos con un desconocido, pero podría hacerlo con un amigo. Igualmente, yo no daría credibilidad alguna a un desconocido que me recomendara que comprar pagarés de Nueva Rumasa diciendo que es un gran negocio, pero si fuera un amigo a quien quiero y en quien confío…

Somos responsables de los memes que transmitimos al igual que de los memes que alojamos. No podemos desentendernos de las consecuencias de esa transmisión memética escudándonos detrás de la excusa de que cuando decimos algo esperamos “que cada uno ejerza su sentido crítico”. O al menos no podemos hacerlo más de lo que podemos escudarnos cuando estornudamos en la cara de alguien pensando que esperamos “que cada uno ejercite su sistema inmunológico”. Está mal, está igual de mal. Y en el caso de la gente que nos quiere o respeta, está todavía peor, no solo porque ese amor y respeto les hace particularmente vulnerables sino porque responder a la admiración y el respeto de alguien con un estornudo en la cara y una llamada al uso del propio sistema inmunológico es bastante desagradable.

Y este artículo me está quedando larguísimo, lo sé, pero no quiero terminar sin llamar vuestra atención sobre otro problema que es tan predecible como evitable con conocimientos meméticos y que podríamos denominar el Síndrome del Día Después del Apocalipsis. El día después del Apocalipsis es cuando uno se levanta de entre los escombros, recuerda las atrocidades que se han cometido y se pregunta “¿Pero cómo hemos podido llegar a esto? ¿Cómo hemos podido permitir que algo así pasara?”. Es la pregunta del hombre bueno ante Auschwitz y la respuesta es: “gradualmente”.

Goebbels es frecuentemente citado como autor de la frase “Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”. En realidad nunca dijo tal cosa(13), pero a nuestros efectos la idea es buena. Creo que estaréis conmigo en que hoy en día nadie en su sano juicio se plantea seriamente entrar a tiros en el Congreso de los Diputados, sacar a Rajoy a rastras y lincharle en la Plaza de las Cortes, pero eso es algo que pasa ahora y que tiene que ver con el estado de ánimo y la consideración de lo que es bueno de la sociedad ahora. Si alguien propusiera seriamente hacerlo, si alguien intentara transmitir ese mem, sería inmediatamente contrarrestado por la acción de cientos de otros memes que tenemos ahora mismo en nuestro cerebro, como el del respeto a la vida o a la presunción de inocencia o el repudio de la violencia, que actuarían de una forma análoga a los anticuerpos y neutralizarían el mem. Lo normal ahora mismo, lo que la sociedad quiere y a lo que nos condiciona, es a respetar a los que nos rodean y a que la idea de entrar a tiros en el Congreso y linchar a Rajoy nos resulte inconcebible. Oh, bueno, puede ser concebible como parte de un chiste o algo así, como el cartelito ese de la guillotina enfrente del Congreso y el lema “Yo también veo necesario hacer algunos recortes”, pero ¿hacerlo en serio? Ni hablar, hombre, yo no soy un asesino. Y, sin embargo, el mem que vive en ese chiste es  ese: “matemos a los políticos”.

Un chiste tiene gracia precisamente por el contraste con la realidad. Si viviéramos en la época de la revolución francesa un cartel como el que acabo de mencionar no sería interpretado como un chiste sino como una sugerencia seria de un curso de acción. Cuando vemos y compartimos ese chiste estamos, sin darnos cuenta, infectando nuestros cerebros y los de los demás con el mem “matemos a los políticos”. Algo que podía ser inconcebible deja de serlo, una idea que antes no existía en nuestra mente de pronto aparece. Y cuando infecta todas las mentes que nos rodean, de repente deja de ser algo impensable y el chiste pierde su gracia porque el contraste con la realidad se ha diluido. Hace falta hacer un chiste más bestia en el mismo tono para que haga gracia y, poco a poco, el mem “matemos a los políticos” se va normalizando. Si antes cuando alguien nos decía “matemos a los políticos” le contestábamos inmediatamente “¿pero qué dices, hombre?” ahora dejamos de hacerlo porque, claro habla en broma. Pero el hecho está en que hemos eliminado uno de los memes que evitaba que efectivamente matáramos a los políticos: el primer “anticuerpo” contra ese comportamiento. A medida que esa idea se va repitiendo se va normalizando, a medida que van cayendo las defensas meméticas contra el uso de la violencia esa idea deja de ser tan impensable (porque ya no es respondida inmediatamente con un “¿pero qué dices?”) y pasa a ser pensable. Y eventualmente el mem muta a “matemos a los políticos… y lo digo en serio”. Y un mem que no hubiera tenido jamás ninguna posibilidad de tener éxito en el ambiente previo a la normalización, ahora puede tenerlo porque las defensas están débiles. Poco a poco, con el transcurso del tiempo, el mem va mutando e infectando más cerebros, haciendo que la gente “cambie de idea” y deje de ver el asesinato como algo absurdo y esperpéntico, solo contemplable en un contexto humorístico y pase a convertirse en una posibilidad real. Hasta que, eventualmente, la chispa salta, la civilización estalla por los aires y el pueblo enfurecido entra a tiros en el Congreso de los Diputados, saca a Rajoy a rastras y le lincha en la Plaza de las Cortes. Hasta que un año después, entre las ruinas del congreso, en medio de la destrucción y los disturbios, el que inventó el chiste de la guillotina alza la mirada al cadáver y se pregunta “¿Cómo hemos podido llegar a esto?”

Pues gradualmente. A partir de acciones inocentes que no parecían tener relevancia. A través, como siempre, de la evolución por selección natura. Nadie quería que existiera el ser humano, nadie lo había planeado, pero existe; exactamente igual, nadie quería que todo acabara así, pero acabó así.

Somos responsables de los memes que permitimos que entren en nuestras mentes. Somos responsables de los memes que transmitimos y de las consecuencias que tienen, incluso a muy largo plazo. Y algunos, los más morales y exigentes de nosotros, somos responsables incluso del control epidemiológico de los memes más peligrosos. Evitar que ciertos memes peligrosos se contagien es bueno, pero evitar que lleguen a producirse mutaciones meméticas peligrosas es todavía mejor.  Así que, amigo lector, cuidado con lo que lees, cuidado con lo que cuentas… y cuidado con lo que crees. Y si te quieres unir a la Orden de los Pobres Caballeros del Sentido Crítico y de la Higiene de los Memes y dedicar tu vida a luchar contra los bulos, serás bienvenido. Porque somos tres y el de la guitarra…

Gracias por dejarte infectar,

Arthegarn________________

(1) La forma correcta del singular de este neologismo en español ha de ser “mem” y no “meme” como se lee por ahí. Esto es así porque cuando Dawkins sugiere su nombre lo hace partiendo del griego μίμημα (mimema), acortándolo a “mema” y sustituyendo la “a” final por una “e” para reforzar el paralelismo con la palabra gene (gen). Así pues, puesto que en castellano el singular de genes es gen, el singular de memes ha de ser mem. Este es un caso en el que el calco de la palabra del inglés desvirtúa su significado y etimología.
(2) Tengo que pedir perdón por le lenguaje volitivo que utilizo en este artículo para referirme a entes que, como los memes, no tienen ni siquiera la capacidad de entender o querer algo. Cuando digo que una célula “quiere sobrevivir”, por ejemplo, no quiero decir que verdaderamente sea así: la célula no tiene ni siquiera consciencia de si misma, mucho menos de lo que podría ocurrirle si se acerca demasiado al interior del estómago, por ejemplo. No, lo que quiero decir es que el ente tiene una serie de mecanismos automáticos que le hacen reaccionar ante determinados estímulos como si verdaderamente se diera cuenta de que (por ejemplo) algo es peligroso y quisiera evitarlo para intentar sobrevivir.
(3) Un mem muere, por supuesto, cuando se olvida. Todos conocemos “Cumpleaños feliz” pero casi nadie recuerda a Shutruk Nahhunté
(4) El ejemplo clásico es la flora bacteriana, literalmente cientos de especies diferentes que conviven dentro de nosotros en una relación de beneficio mutuo. Un ejemplo algo menos conocido pero verdaderamente fascinante es el de las mitocondrias, presentes en cada célula de nuestro cuerpo y sin las que éstas no podrían funcionar y que tienen su propio ADN, distinto del del individuo a quien sirven. De hecho, se puede remontar la historia mitocondrial hasta un primer y único ancestro de toda la humanidad, la llamada Eva Mitocondrial. La ciencia es preciosa.
(5) Un pensamiento que puede resultar bastante amenazador para aquellos que necesitan que la ciencia no sea capaz de explicar la mente para poder aferrarse a la posibilidad de la existencia de lo sobrenatural y de la supervivencia de la mente tras la muerte del cuerpo. Yo mismo cuando leí esa teoría tuve que luchar contra una especie de picor espiritual que no sabía donde rascarme (entre otras cosas porque siempre tuve muy clarito lo de Lc. 20,38) y que solo años después entendí de donde procedía.
(6) Este tema, verdaderamente fascinante, es desarrollado en mucha mayor profundidad en La Consciencia Explicada (Dennett, 1991).
(7) Incluyo algún ejemplo de evolución memética más abajo, pero si os interesa el tema hay estudios tanto en El Espejismo de Dios (Dawkins, 2006, donde el autor lo usa para proponer que el mem “Dios” es un parásito de la evolución de memes más útiles como “obedece a tus mayores”), La Máquina de los Memes (Blackomre, 1999) y Virus of the Mind: The New Science of the Meme (Brodie, 1996)
(8) Los lectores avezados se darán cuenta inmediatamente de que el mem “fanatismo” es una evolución del mem “fe”. Si no recuerdo mal Dawkins lo comenta también en El Capellán del Diablo (2003)
(9) Porque, no lo olvidemos, no todos los microbios son dañinos. También son microbios los hematíes, los leucocitos y las plaquetas (y, puestos a ello, técnicamente, las mitocondrias) sin los que no podríamos sobrevivir.
(10) Tengo que decir que uno de los editores que ha tenido a bien criticar el primer borrador de esta entrada me ha comentado que “este párrafo es falso, o al menos no cierto, ya que hay mucho cafre, mucho cerdo, mucho ignorante y mucho imbécil que hace lo que tu dices que a nadie se le ocurriría”. Como diría Romanones, vaya tropa.(11) Esto no es del todo cierto. Al igual que antes de la teoría microbiana la humanidad observaba ciertas normas higiénicas por puro sentido común, en nuestra sociedad también existen mecanismos de higiene memética aunque no se denominen así. Por ejemplo, mi madre a la higiene memética la llamaría “salud mental”.
(12) Término elegido con toda la maldad del mundo.
(13) Es una aliteración de una de las técnicas de propaganda descritas por Hitler en Mein Kampf, la de la Grosse Lüge, particularmente una de la que acusa a los judíos de utilizar por lo que es prácticamente imposible que Goebbels la incorporara a su repertorio.

¿Por qué quiero lo que quiero?

Esta semana he tenido cinco ofertas para cambiar de trabajo. Dos de ellas eran para aquella compañía de seguros que aquellos que me conocéis personalmente ya sabéis (si, otra vez, es la séptima vez que me ofrecen ese puesto y sigue estando igual de absurdamente bien pagado). Otra es irrelevante. Pero tengo dos, ahora mismo, que me están dando tanto que pensar que ya no puedo más.

Una es en la misma línea en la que ya trabajo, en uno de los despachos de abogados más importantes de España (en las Torres KIO, y a buen entendedor pocan palabras bastan). Están encantados conmigo, pero soy caro. Debo de estar ahora mismo como un 50% por encima de lo que pagan a gente de mi nivel, y yo obviamente quiero más para cambiarme, así que tienen que pensárselo. Pero la decisión final (seguro) la tomará el socio del departamento, que aun no me ha visto pero a quien estoy seguro de que puedo convencer de que valgo lo que cuesto. Supondría un diez o quince por ciento más de lo que ya cobro (y que me paguen las horas extra, algo que no hacen en Vestas, y quienes hayan trabajado conmigo saben que yo rindo cada minuto de cada hora, no me voy a fumar pitillos o tomar “cafeses” a cada rato) y ahorrarme una hora de viaje cada día. Ah, y trabajar a 700 metros de Ana.

La otra opción es irme a ser abogado de verdad. Hace falta ser amigo mío para entender lo que quiero decir con esto y no espero que la mayoría lo entendáis. Se trata de un despacho pequeño, de diez o quince abogados, en el que me especializaría en procesal civil, Seguro que se pregunta lo mismo a cada penalty. Más o menos...lo cual curiosamente fue la razón por la que estudié Derecho (siempre he pensado que tengo el tipo de mente estúpidamente inteligente y desarraigada de la realidad que hace falta para el procesal). Saben toda mi historia profesional y hasta qué punto tengo que reciclarme pero creo que se han dado cuenta de lo que valgo. Lo que me estoy planteando en ese despacho (que, por cierto, está justo enfrente de la oficina de Ana) es ganar un diez o un quince por ciendt menos de lo que estoy ganando ahora, y eso sin contar que sería un contrato mercantil con todos los problemas que tiene y que valoro como en otro diez por ciento. Pero es volver a ser abogado (de verdad) y, si soy tan bueno como creo que puedo serlo, abrir las puertas a un tipo de salario y nivel adqusitivo que está un 200 o 500% por encima de lo que puedo esperar cobrar si me quedo en “mi categoría” (y eso a pesar de que estoy convencido de que, en lo mío, soy de los mejores de España).

Y no debemos olvidar la tercera opción, por supuesto, que es contarle a Copito de Nieve (lo haré la semana que viene) como están las cosas a ver si me contraoferta para que me quede en Vestas, donde estoy haciendo (opino) un magnífico trabajo. Tanto en dinero como en carrera Vestas tiene aun algo que decir. Pero, en realidad, no es esta la razón por la que escribo esto.

La verdad es que ya no sé qué quiero. O ya no sé por qué quiero las cosas. Ayer tuve una conversación con Vieja Bruja (que se alargó hasta bien entrada – y etilizada- la madrugada) que me hizo volver a recapacitar sobre el hecho de que (i) la gente que me quiere me quiere por como soy (o sea, por las cosas que hago constantemente sin darme cuenta) pero que (ii) yo sólo me quiero a mi mismo en función de cómo veo en el espejo de los demás las cosas que hago. En otras palabras, que carezco casi por competo de autoestima.

Volver a ejercer es una tentación. Es una tentación horrible. No solo por lo que podría, en potencia, ganar, sino sobre todo (o quizá no), porque podría volver a llamarme a mi mismo abogado sin que me le caiga la cara de vergüenza. Podría dejar de decir medias verdades sobre en qué trabajo y volver a decir “soy abogado” con todas las letras (insisto en que esto solo es comprensible para quien me conoce de verdad). Y eso es algo que quiero, que deseo, que ambiciono.

Pero ¿por qúé?

¿Por qué estaría dispuesto a rebajar mi nivel adquisitivo en un 30 o 35%? ¿Qué es, verdaderamente, lo que me impulsa a hacerlo? Sinceramente, ya no lo sé. Antes pensaba que la motivación era estrictamente económica (inversión a medio-largo plazo) pero la verdad es que el poder volver a llamarme a mi mismo abogado y, sobre todo, ver mi imagen reflejada en los demás, en ti mismo que lees esto, con la palabra “abogado” aunque sea entre otras (ya se sabe, entry “gótico” “calvo”,. etc.) es un factor importante. Importantísimo, quizá el fundamental. Ahora mismo vivo bien, tengo tiempo y dinero y me puedo permitir ahorrar casi un 25% de lo que gano, Gano más dinero del que gasto, y vivo bien. Busco siempre ganar más, claro, porque ganar más es bueno, pero no me hace falta cambiar de trabajo y mucho menos de línea. Así que…

No sé. Quiero volver a ejercer. Quiero volver a ponerme la toga. Quiero volver a experimentar la satisfacción que se siento cuando alguien pone sus esperanzas en el Sistema, y en mi como su interlocutor, y al final las cosas salien bien. Echo de menos ganar dinero demostrando queReally? tengo razón, aunque sea menos, pero ¿por qué? ¿Es verdaderamente una decisión lógica, meditada, una inversión en mi futuro, en plan “ahora ganarás menos, pero te abre las puertas a lo que siempre has querido hacer y a hacer algo que merezca que te paguen lo que reamente vales”? ¿O es simplemente mi subconsciente buscando desesperadamente reconocimiento, buscando ganar estima en el espejo de los demás(*) diciendo “soy abogado”? Sé que lo que quiero, lo que siento que quiero, es aprovechar la oportunidad que me ha brindado Riech Hell (quien trabaja en ese despacho, quien me ha conseguido la entrevista y a quien debo una cena solo por lo feliz que me hace que piense en mi de esa manera) pero ¿por qué me siento así? ¿Es verdaderamente “yo” hablando, ese que quiere jugársela, o son mis complejos y miedos haciéndome tomar una decisión equivocada? ¿Hay verdaderamente alguna diferencia entre “yo”, “yo-Spock”, “yo-Kirk” y “yo Hamlet“, en el sentido de “esta forma de pensar es una enfermedad de la que debo sanar” o resulta que somos todos “yo”? ¿Y SI LUEGO NO SOY TAN BUENO? ¿Y si ese es el problema, que no quiero enfrentarme a un reto que implique poner toda la carne en el asador porque si fracaso, fracaso y no tengo excusa? Para mi es fácil ser de los mejores de España en un puesto mediocre, pero ¿y si me lo tomo en serio, me la juego y fallo? ¿Quizá sea que todo esto es porque tengo miedo de arriesgarme?

Nunca terminé La Ilusión de la Consciencia, pero sigo prensando así. Sigo pensando que “yo” no existe, que es simplemente una reducción, una precipitación de mecanismos simpes e individuales que dan como resultado una mente humana, increiblemente compleja. Pero ahora mismo ese “yo”, que existe como ente cognitivo que exige reconocimiento, no sabe qué hacer. Porque sabe lo que quiere, pero no sabe ni (i) por qué quiere no lo que quiere, ni (ii) si lo que quiere es lo que le conviene, ni (iii) si lo que percibe que quiere es verdaderamente lo que quiere o simplemente la sublimación de otra cosa que quiere y que no puede conseguir. ¿Dónde está la Verdad en todo esto?

Todo consejo será bienvenido. Sobre todo el de seis o siete que habéis llegado aquí y tenéis que decir.

Arthegarn__________________________
(1) “Los demás” probablemente quiere decir “la imagen que tengo de mi padre”, pero eso es otro tema. Lo digo simplemente para que os déis cuenta de hasta qué punto pienso las cosas (que es bueno) o me como el tarro (que es malo).
Y lo mejor, pero lo diré aquí abajo, por lo bajini, donde nadie lo lee, es que se lo que quiero. Quiero volver a Coward Turner a trabajar para Albus. Eso es lo que quiero.

Fluyendo con Zor

NOTA PRELIMINAR: esta entrada son unas reflexiones-comentarios a los Apuntes de Flujo III del amigo Zor.

Como me pasa muchas veces que te leo no entiendo lo que quieres decir. Cada uno de los párrafos, aislado, tiene sentido, pero no entiendo a dónde quieres ir.

Lo de la represión del orden social es cierto en términos absolutos. La pregunta es si el xQtdYU-v_400x400precio en términos de satisfacción de nuestros apetitos que pagamos por vivir en sociedad compensa los resultados, también en términos de satisfacción de nuestros apetitos, que nos da vivir en sociedad. Yo creo que sí.

Creo que utilizas un lenguaje extremadamente negativo. Por ejemplo, si en vez de decir que la sociedad requiere que sus miembros sean “obligados a aprender los hábitos y las habilidades que la cultura requiera” dices que la sociedad requiere que sus miembros sean “instruidos en modos de comunicación y convivencia” (que en mi opinión son las verdaderas bases de la sociedad, no la división del trabajo por castas, por ejemplo) dices lo mismo pero de otra forma. Es curioso. No puedo no estar de acuerdo con lo que dices cuando voy más allá de las palabras e intento averiguar lo que quieres decir, pero ¡suena tan misantrópico como tú lo expresas!

La esencia de la socialización no es hacer depender a los individuos de los controles sociales. Los controles sociales son procedimientos que tienen las sociedades para mantener la cohesión y son progresivamente más útiles, hasta el punto de volverse necesarios, a medida que la sociedad se hace más compleja. Pero siguen siendo adiciones, siguen siendo contingentes. Otra cosa diferente es que sea necesario que los individuos sean predecibles, en el sentido de trustworthy. Esa previsibilidad es sobre lo que se construye una sociedad, pero eso es así porque el universo es así.

Si desproveés el universo de teleología, incluyendo la humana, lo que encuentras es que las sociedades, como todo grupo organizado, son el resultado natural de la fiabilidad de sus integrantes. No es la sociedad la que “intenta” que sus integrantes sean fiables, lo que pasa es que las sociedades que se apoyan en individuos no fiables perecen. No es la vida la que se apoye en el carbono por sus particulares propiedades, son las propiedades del carbono las que han dado lugar a la vida. Con las sociedades, igual, son la evolución natural y sin causa final de la química del carbono. Así pues no hay “forma más efectiva de socialización”, hay sociedades con integrantes tales, y con estos ordenados de forma tal, que son evolutivamente más competitivas y que, generación tras generación, crean individuos más interdependientes para lograr un “fenotipo” más competitivo. No hay dicotomía entre los fines del individuo y los fines de la sociedad porque ninguno de los dos (los fines) existen, son completamente ilusorios.

Lo mismo pasa cuando hablas de cuestionarnos las “sugerencias” de la genética. La genética no sugiere, ordena. Estableces una dicotomía psique-soma en la que yo ya no creo (por no hablar de que en el sustrato básico de tu escrito subyace la idea del libre albedrío contra-causal que yo creo que no te crees tú mismo): todos mis deseos vienen dictados por mi genética, y todas mis capacidades para satisfacerlos, también (bueno, y por otra serie de factores, todos los cuales escapan a mi control). El hecho de que mi genética no haya sido “suficientemente lista” como para “prever” que el fenotipo podría desarrollar “intereses” propios, distintos y a veces contrapuestos a los suyos no quiere decir nada.

Y claro que hay gente que utiliza nuestros deseos y apetencias para controlarnos. Todo el mundo lo hace, y tú contigo mismo el primero. Si vivimos en sociedad es (yo creo) porque la satisfacción que obtenemos de ello nos compensa el precio en términos de individualidad que pagamos y al que aludía más arriba. Sin sociedad no hubiéramos pasado de ser unos monos particularmente listos. Sin sociedad no habría memoria de especie y tendríamos que inventar la rueda y conquistar el fuego una y otra vez. No sé tú, pero yo es que nunca creí en la idílica existencia del Buen Salvaje.

En fin, no sé. Hablas del sometimiento al programa genético como si fuera algo evitable y olvidas que tú mismo (que, en cualquier caso, no existes, pero bueno) eres un resultado de tu programa genético. Es como si intentaras separarte de tu cuerpo cuando en realidad la existencia humana es holista, en el sentido de inseparable. Somos la consciencia (¡ja!) sí, pero en el mismo término en el que somos el bazo y el genoma y el carbono y el límite hacia el que tiende la función que determina dónde y cuándo está cada una de nuestras partículas esenciales. No sé como expresar esto, pero la pregunta no es si somos capaces de conseguir controlar nuestros impulsos, la única pregunta es si el universo evoluciona de tal modo que parte de él exhiba un comportamiento que un observador exterior que quisiera asignarle una causa final podría traducir en “tener éxito en el intento de evitar caer bajo la explotación de los demás”. Pero en realidad no es cierto.

Como me decía mi padre cuando tenía cinco años y le pedía dinero para jugar a los marcianitos, no son luces que se mueven, son luces que se encienden y se apagan y parece que se mueven.

Arthegarn.

PS: Me resulta curioso que tú hables de tu relación con el entorno y yo conteste derivando la conversación a mi relación conmigo mismo. Curioso…