En amor a la Verdad

Llevo toda la vida enamorado de la Verdad. Y no me he dado cuenta hasta que he constatado que no le pasa a todo el mundo.

No hay nada tan hermoso como la Verdad. No me preguntéis por qué, es lo que siento. Hay gente a la que le gusta la ensaladilla o los helados de queso de Cabrales y estoy seguro de que si les preguntas por qué no acertarán a decírtelo; a mí me pasa lo mismo. Quizá sea que estoy condicionado genéticamente a que me guste la Verdad, al igual que estoy condicionado a que me guste el dulce o el sexo; quizá sea que estoy mentalmente condicionado por la sociedad que me rodea o por los padres que me educaron y la familia de la que vengo. No lo sé, pero a mi la Verdad me pierde. Veritas liberabit vosCada vez que consigo levantar una esquina del velo que la separa de mi y ver una pequeña porción de la Verdad siento una alegría infantil y despreocupada, un sentimiento de humildad y maravilla que me puede tener de buen humor durante semanas. Sólo puedo compararlo a la entrada en contacto con el Mundo de las Ideas, o la emoción artística, o cuando vuelves a ver a alguien a quien quieres de corazón después de mucho tiempo sin hacerlo y esa persona te ve y te sonríe.

Últimamente, merced sobre todo a conversaciones con Zylgrin y Mithur me he dado cuenta del compromiso tan intenso que he tenido siempre con la Verdad. Hace un año, en plena crisis espiritual, me estuve preguntando si tenía fe, si alguna vez había tenido fe. Cuando ahora lo miro con una cierta perspectiva me doy cuenta de que, en realidad, nunca he tenido fe. No, al menos, como la describen los Padres de la Iglesia, como un convencimiento firme e inamovible en una verdad revelada. Incluso en mis momentos de mayor fervor siempre he concedido una posibilidad a que pudiera estar equivocado y que, en realidad, Dios no existiera o no fuera como yo creía que era. Esa fe fanática, ese cerrar los ojos y apretar los puños mientras repites “las cosas son como yo creo, las cosas son como yo creo, las cosas son como yo creo” una y otra vez mientras la vida te muestra indicios y evidencias de que, en realidad, las cosas no son como tú crees, nunca me gustó. Me parecía la muerte del intelecto, el fin de todo posible crecimiento porque, si ya conocías la Verdad en su totalidad, ¿qué preguntas te quedaba por hacerte? ¿qué selvas por explorar y qué montañas por escalar? Por supuesto, era posible (eso creía yo entonces) que alguno de los que dicen eso realmente estuviera en posesión de la verdad pero ¿quién? ¿Y qué pasa con los otros millones de personas que mantienen que están en posesión de la Verdad con la misma certeza con la que lo hace ése cuando ambas con incompatibles? ¿Cómo saber cual de todos era el verdadero profeta, el que verdaderamente estaba tocado por el dedo de Dios y hablaba con Él, y cuáles eran los que hablaban solos? No había forma de saberlo, pero estaba claro que la mayor parte de la gente que basaba sus creencias en ese mecanismo estaba equivocada, porque sólo uno podía tener razón.

Creo que por eso nunca me gustó la fe. Porque si yo me dedicaba a cerrar los ojos y apretar los puños como todos los demás, aunque yo creyera sinceramente que tenía razón ¿acaso no lo creían verdaderamente todos los demás? Y, si mirándoles a ellos y cogiendo uno al azar las posibilidades de que fuera ese el que tuviera la Verdad era de una entre millones, ¿cuál era la posibilidad de que fuera yo el que la tuviera? ¿No sería también de una entre millones? ¿Y si consagraba mi vida a algo que me convencía que era cierto pero que luego, al morir, descubría que era falso? ¿No habría desperdiciado mi vida, cerrado a cal y canto a cualquier soplo de Verdad? Por eso nunca me gustó el fanatismo, porque parte de la base de que tienes toda la razón y eso es muy improbable. Muchas de mis lecturas posteriores en el plano teológico me llevaron al convencimiento íntimo de la relación del ser humano con Dios estaba basada precisamente en la búsqueda, en el eterno reconocimiento de que, a pesar de todo, podrías estar equivocado. De hecho el fanatismo llegó a parecerme un insulto a Dios y un verdadero pecado. No puedo evitar pensar que sí Dios existe y se comunica con nosotros lo hace a través de eso que llamamos realidad, luego si te encierras en tu creencia y no miras alrededor, ¿no estás expulsando de ti la realidad verdadera, la divina, la que ha creado Dios? Es difícil explicarlo, pero creo que quien renuncia a buscar la Verdad en la realidad le está dando con la puerta en las narices a Dios, y encima a un Dios particularmente humilde que no viene al hombre en una columna de fuego o en una nube de oro sino en una brizna de hierba, en un rayo de sol, en un soplo de la brisa(1).

Si de verdad Dios existe y de verdad se comunica con nosotros creo que lo hace a través de la globalidad de la Creación. Es sólo a través de entender el mundo que nos rodea, la realidad, como podemos hacernos alguna idea de cómo es Dios. Y, aunque Dios no exista, la Verdad tiene una importancia propia. ¿Quién necesita a Dios para buscar la Verdad, para maravillarse ante el universo? Sólo es a través de la búsqueda de la Verdad como podemos empezar a formarnos un modelo que responda a las grandes preguntas de la existencia, y que las responda de forma real, de forma que podamos crear en nuestras mentes una representación válida del universo y de nuestro papel en él. Si creamos un modelo que nos da tranquilidad, seguridad e incluso felicidad, pero en algún momento renunciamos a seguir perfeccionándolo por temor a que se estropee, ¿no estamos construyendo una casa sobre arena? Quid est veritas?¿No estamos, de una forma u otra, encerrándonos en nuestra pequeña, segura y confortable realidad y tratando de aislarla de los ataques, suaves pero persistentes de la Verdad? ¿No nos engañamos a nosotros mismos, aunque sea un poco, no nos volvemos unos fanáticos “de baja intensidad”, no viciamos todo aquello que queríamos obtener?

Fue por amor a la Verdad por lo que enfrenté mi fe en Dios a los mejores argumentos que encontré y, cuando Dios desapareció de mi vista, de mi modelo de la realidad, aunque dolió mucho, me quedó la Verdad. Muchas veces he estado tentado de sumergirme en una espiritualidad autohipnótica y recuperar mi vida espiritual donde la dejé; podría hacerlo y podría hacerlo sin problemas. Pero me parece una traición a mi mismo absolutamente inconmensurable. Si Dios existe, alegría; si las cosas son como yo quiero que sean, magnífico. Pero si no son así no cerraré los ojos y apretaré los puños. No puedo hacerlo. Si no estoy cerca de la Verdad, si renuncio a mi relación con ella… la vida no tendría sentido. Prefiero adentrarme en un naturalismo frío y sombrío con los ojos abiertos que ser feliz con ellos cerrados y engañarme a mi mismo con lo que sea. Puedo equivocarme, pero no me engañaré. No conscientemente.

Pero es que hay otra razón. Si Dios verdaderamente existe, DiAshes-Heart-01os ES Verdad. Y estoy absolutamente convencido de que entendería y perdonaría que me perdiera buscándolo y que de hecho prefiere eso a la fe ciega de quien cree que lo ha encontrado cuando, como mucho y si tiene suerte y de verdad ha encontrado algo es solo es una minúscula esquina de Su manto. Quien se conforma con lo que ha encontrado y vive en un constante estado de comunión mística, extático, estático, y renuncia a buscar más y a conocer más puede que tenga una relación con Dios pero creo que esa percepción de Dios es análoga a como una cuchara percibe el sabor la comida. Si mi búsqueda de Dios , que es la Verdad, me cuesta a Dios (en realidad la imagen, el modelo, la idea que tengo de Dios), sea. Povo serán, más polvo enamorado.

En este mundo en el que vivo y en el que no es posible estar seguro de verdad metafísica alguna no me queda nada más que serme fiel a mi mismo. Porque Dios puede que exista, y puede que no, pero la Verdad sí que existe y ¿acaso no es ya de por sí suficientemente hermosa? Zylgrin dice que tengo que parar de dudar en algún momento, Mithur se sonríe y dice que soy el más enconado positivista que ha conocido pero es que ¿acaso me queda otra? Si no puedo estar seguro de nada, al menos lo estaré de mi mismo y de mi compromiso con encontrar la verdad y, en la medida en que lo logre, de intentar ocupar el lugar que me corresponde en el universo, sea el que sea.

Y, en serio, la Verdad es suficientemente hermosa por si misma para compensar cualquier penuria atravesada en su busca. Y puede que nunca la encuentre, pero ella no me abandonará.

Arthegarn____________________
(1) Concretamente en la estructura molecular del ADN de la hierba, en un fotón de alta energía y baja entropía, en las relaciones causa-efecto de la mecánica de fluídos. Supongo que por eso soy gótico, porque veo a Dios en todo eso.

La mayor paja mental de la historia

Supongamos un universo suficientemente antiguo y con suficiente nivel de entropía…

Supongamos una fluctuación estocástica del nivel de entropía en ese universo que da como resultado (aleatorio) un ente consciente capaz de influir en lo que le rodea…

Supongamos que este ente consciente, primero y único en el universo, es capaz de mantener su cohesión el tiempo sufriciente para aprender a manipular lo que le rodea y crear una zona -un sub-universo- con un menor nivel de entroopía en el que pueden desarrollarse estructuras de alto nivel de organización…

¡Dios existe! ¡Dentro del Naturalismo! ¡Dios es un cerebro de Boltzmann!

Arthegarn___________

(1) Esto no lo van a haber entendido más que Rusththoughts y Mithur, que deben estar muertos de risa por el suelo.
(2) Probablemente, ni ellos.
(3) Como dice Dennis Overbye, nobody in the field believes that this is the way things really work, however…

La Ilusión de la Consciencia (II)

NOTA PRELIMINAR: Este es el segundo artículo de una serie de tres. En el primer artículo hice una serie de razonamientos y consideraciones necesarias para seguir el hilo de este, por lo que te recomiendo encarecidamente que lo leas. Si estás siguiendo la saga, probablemente merezca la peDeciamos ayer...na que lo releas antes de embarcarte con la segunda parte. Dicho esto, sigamos.

Decíamos que “Lo que llamamos consciencia es la cualidad que tenemos, a diferencia de los animales, de darnos cuenta de ese tipo de existencia ideal, ultracarnal, ligada al pensamiento, de percibir de que existimos como algo abstracto, separado al resto de la realidad y de poder, por tanto, tomar decisiones que afectan a esa realidad desde un plano distinto. Podemos luego discutir si eso es el alma, el espíritu, o un patrón emergente, pero siguiendo esta línea de razonamiento está claro que, sea lo que sea, está ahí y que eso, y no otra cosa, es lo que soy.”

¿Seguro?

Todo este razonamiento se basa en nuestra percepción. Nosotros percibimos que existimos, que tomamos decisiones y que controlamos nuestro cuerpo, así que debe ser verdad. Sin embargo, todos sabemos que no todo lo que percibimos es cierto. Tanto quienes nos rodean como nuestros propios sentidos pueden darnos información errónea y hacernos pensar que algo inexistente efectivamente existe, los primeros en forma de mentiras o equivocaciones; los segundos en forma de alucinaciones, fantasías, imaginaciones e incluso sueños. Simplemente porque percibamos inmediatamente algo como cierto no podemos derivar necesariamente que sea, efectivamente, cierto. Así pues, ¿cómo podemos estar seguros de que existimos, más allá de porque tenemos experiencia de nosotros mismos?

Preguntas como estas se hizo Descartes en las Meditaciones Metafísicas. Supongo que muchos estaréis familiarizados con Descartes y su obra aunque sea de pasada, pero permitidme decir muy rápidamente que Descartes establece la duda metódica como instrumento para encontrar la verdad, dudar de absolutamente todo, y dudando de todo y pensando que incluso lo que ve y Rene Descartes. Gran tipo, sobre todo con un cognac.toca podría no ser cierto; podría estar soñando o ser víctima de un genio maligno que le hace ver ilusiones se acaba viendo reducido a si mismo. Y entonces…

“...enseguida advertí que mientras de este modo quería pensar que todo era falso, era necesario que yo, quien lo pensaba, fuese algo. Y notando que esta verdad: “yo pienso, por lo tanto soy” era tan firme y cierta, que no podían quebrantarla ni las más extravagantes suposiciones de los escépticos, juzgué que podía admitirla, sin escrúpulo, como el primer principio de la filosofía que estaba buscando.”

Esta es con diferencia la prueba más famosa, y más importante en la historia de la filosofía, de la existencia del ego, del pensador como fabricante de pensamientos. Todo lo demás puede ser dudoso, pero el hecho es que si dudo, pienso; y si pienso, existo. Pienso, luego existo, cogito ergo sum en su famosa formulación latina. Y este es el primer escollo a superar en nuestro viaje para descubrir que la consciencia es ilusoria, ya que desde luego no lo parece e incluso un filósofo de la talla de Descartes afirmó que no lo era e incluso basó todo su edificio filosófico y epistemológico sobre ella.

Ahora… ¿tenía razón)

Ya mencioné en el artículo anterior que el lenguaje configura nuestra manera de pensar. En general, la comunicación lingüística es algo maravilloso, pero a veces oculta trampas tan, tan imbricadas en la propia meta-estructura del pensamiento que se nos escapan. Consideremos el cogito. Pienso, luego existo. Si mi pensamiento existe, y existe, puesto que lo percibo de forma inmediata, es lógico que existe el actor de ese pensamiento, existe quien piensa, que soy yo. Existe el humo, ergo existe el fuego. No está mal, pero lo que pasa es que no hemos demostrado que no exista el humo sin existir el fuego.

“Pero eso es obvio” me contestaréis. “Quizá  no en el caso del fuego y el humo, pero sí en el caso de yo y mi pensamiento. Nadie puede pensar mis pensamientos más que yo, y si existen mis pensamientos existo yo” Y yo os diré que caéis en el mismo error en el que cayó Descartes: estáis dejando que la forma en la que está estructurada vuestra cabeza os lleve a una perogrullada, a un truísmo. En el momento en el que introduces a la primera persona en la frase estás admitiendo que existe y todo el razonamiento que sigue está herido de muerte.

Volvamos al cogito. En latín (y en francés, idioma en el que pensaba Descartes; y en castellano idioma en el que pensáis casi todos) se da la figura de la omisión del sujeto: “Cogito, ergo sum” (“pense, donc suis“; “pienso, luego existo”). En inglés, en cambio, no se da, y el error es mucho más aparente; “sI think, therefore I am“: “yo pienso, luego yo existo”. El sujeto sale de detrás del verbo y el error se hace aparente: al usar la primera persona (“pienso”) estás dando por supuesto aquello cuya existencia estabas investigando: Yo. Desproveyamos el cogito de su sujeto y veamos si sigue funcionando

“Se piensa, luego yo existo”

No tiene precisamente la misma fuerza, ¿verdad?. Si vamos un paso más veremos que la utilización del verbo pensar, la sugerencia de la acción, es también errónea. El acto de pensar no es lo que Descartes está observando, lo que percibe es la existencia de los pensamientos en si mismos. Su percepción, en cada momento, le da cuenta de la existencia de un pensamiento (que erróneamente, como hemos visto, el asume como “suyo”) y Descartes infiere que si existe el pensamiento ha de existir necesariamente el pensador. Pero en realidad lo que es observable es el pensamiento, por lo que la formulación exacta del cogito sería:

“Este pensamiento existe, luego yo existo”.

Como veis, no se mantiene. Al formular el cogito Descartes dejó que la estructura de su pensamiento, articulado en torno a sujetos, acciones y objetos, le tendiera una trampa. Sólo porque gramaticalmente todo verbo requiera un sujeto no se infiere que en el mundo real toda acción requiera un actor. De hecho en el mundo natural la mayor parte de las cosas “pasan”; nadie “hace que pasen”. Las piedras caen, pero de eso no se deduce la existencia de un agente inmaterial que las haga caer, simplemente caen porque el Universo está diseñado de esa manera, en otras palabras, porque sí. El hecho irrefutable de que las piedras caigan no implica que las piedras decidan caer, ni que exista un dios de la caída de la piedra cuya esfera de influencia son las piedras de todo el universo.

El mismo esquema se aplica a los pensamientos. Los pensamientos existen, y existen en el plano material, no sólo en el ideal o intelectual. Un pensamiento en concreto en un tiempo t en concreto existe en la forma de unos cuantos kilos de materia ordenados de una forma muy concreta para formar un cerebro en concreto; más unos cuantos microgramos de materia ordenados de otra forma muy concreta para formar una serie de neurotransmisores que, al interactuar con ese cerebro, producirán una serie de impulsos neuroquímicos (en el momento t+1, claro); más los impulsos 3d-neouron-field-bryan-brandenburg-900x900neuroquímicos que se están produciendo en ese momento t, y que vienen determinados por la situación del cerebro y los neurotransmisores en el momento t-1*. En otras palabras, los pensamientos existen, y existen en el plano material como un estado instantáneo y fugaz de un sistema extremadamente complejo. Pero el hecho de que exista ese sistema extremadamente complejo, ese cerebro, esos neurotransmisores y esos impulsos electroquímicos que interactúan entre sí de acuerdo a las leyes generales que rigen el universo (al igual que las masas de la piedra y de la Tierra interactúan entre si de acuerdo a esas mismas leyes) no implica necesariamente que exista un ente inmaterial que los perciba, produzca o gobierne. Los pensamientos existen porque el Universo está diseñado de esa manera, en otras palabras, porque sí.

Permitidme que lo resuma y repita: el hecho de que existan tus pensamientos no quiere decir que existas tú, o al menos no ese tú inmaterial que crea los pensamientos y toma las decisiones y que buscaba Parménides y que creyó demostrar Descartes. El hecho de que pienses y de que te des cuenta de que piensas no quiere decir que existas, es un truco del lenguaje.

Por supuesto, estamos muy lejos de demostrar que en realidad no existes, que ese “yo” anímico que percibes de forma obvia e inmediata, que es más real que la pantalla que miras y que el artículo que lees y que te ha acompañado toda la vida, que ese “yo” en realidad no existe. Pero si eres capaz de darte cuenta de que el argumento del cogito es lógicamente falso y de que un pensamiento es algo material que puede existir sin un “yo” inmaterial que lo piense exactamente igual que una piedra puede existir sin alma; si eres capaz de aceptar esa posibilidad, (que no pido más ahora mismo que el que te abras a esa posibilidad) y liberarte de los truísmos gramaticales habrás dado el primer paso para liberarte de la ilusión de la consciencia.

Andaremos lo que queda del camino, o al menos hasta donde yo he llegado, en el próximo artículo.

(Continua.)

Arthegarn___________
(*) Y, según algunos investigadores, una serie de sucesos cuánticos que hacen que nuestro cerebro no sea un sistema determinista y que cito como nota al pie como venda antes de la herida, aunque en mi opinión la cuestión de si nuestro cerebro es o no determinista no es relevante a la hora de definir qué es un pensamiento desde el punto de vista cerebral.

La Ilusión de la Consciencia (I)

A raíz de la conversación que mencioné en mi última entrada me veo en la posición, empujado por alguno de mis más vivaces lectores, de escribir un artículo (que me temo que van a ser una serie de artículos) sobre qué es lo que quiero decir con la expresión “esa ilusión a la que llamamos consciencia”. Aviso a los navegantes de que esto va a ser especialmente soporífero para los amantes del gothilleo, pero a riesgo de dormiros voy a escribirlo porque, como con el tema de la virginidad de la virgen, espero que estas entradas me puedan servir de referencia en discusiones posteriores.

Lo primero que tenemos que hacer es definir “consciencia”. El diccionario, siempre tan útil para eso de definir, nos dice que es el “conocimiento inmediato que el sujeto tiene de sí mismo, de sus actos y reflexiones” o la “propiedad del espíritu humano de reconocerse en sus atributos esenciales y en todas las modificaciones que en sí mismo experimenta”. En si mismas esas definciones no tienen nada de malo, de hecho son bastante explicativas. El problema es que caen en el mismo error que el cogito: presuponer la existencia del “sujeto”(1) o del “espíritu”; pero ya llegaremos a eso. Lo que queda claro (creo yo) por las definiciones es que eso que llamamos consciencia consiste en darte cuenta de que existes, de que eres una unidad a lo largo del tiempo, de que hay identidad entre quien fuiste ayer, quien eres hoy y quien serás mañana. Ahora bien, ¿qué es eso que decimos que existe? “Yo”, contestará cada uno. “¿Y qué es “yo”?” preguntaré yo.

La primera respuesta, instintiva, es volver las palmas hacia arriba y hacer un gesto rápido que va de las axilas a las caderas mientras se piensa “yo”. Este gesto significa una mezcla entre “este que está aquí”, “este que te está hablando” y “¿es que no me estás viendo, capullo?” Hace referencia a la integridad y a la obvia presencia física. Es elemental que existo, es de cajón, es física y empíricamente contrastable que existo. Tengo un cuerpo que cualquiera puede ver, tocar y, si no me ducho lo suficientemente a menudo, incluso oler. Existe mi cuerpo ergo existo yo.

¿Seguro?

Uno de los descubrimientos más interesantes que haces cuando hablas más de un idioma es hasta que punto el lenguaje configura el pensamiento. Es un error pensar que tu idioma (cualquiera) tiene suficiente léxico como para describir la realidad en todos sus matices. Por ejemplo, hParménides. Buen tipo, mucha cabeza.ace unos minutos, comentando en el LJ de Tristan Lenfent, me enfrentaba a la tarea de traducir al castellano el verbo inglés “to outlive“. To outlive X quiere decir “vivir más que X”. Podríamos traducirlo, de forma correcta, como “sobrevivir a”, pero las connotaciones son completamente diferentes y, de hecho, si yo tuviera que traducir “sobrevivir” al inglés diría “survive” y no “outlive“. Uno sobrevive (survive) a las cosas a través de la lucha, el valor y el esfuerzo; hay una nota heroica en el uso de ese verbo; pero uno “vive más que X” (outlive) a través de la invulnerabilidad, del estoicismo y, a veces, del cinismo. Mientras survive habla de Robinson Crusoe, outlive hace referencia a ese proverbio que recomienda sentarse en la puerta de casa para ver pasar el cadáver del enemigo(2). En español sencillamente no tenemos un verbo apropiado para ese concepto y precisamente por eso no tenemos muy desarrollado el mismo. Podemos explicar a alguien lo que queremos decir para que cree un concepto, pero no lo tenemos en la vernácula y no lo pensamos, no lo utilizamos como herramienta al formar ideas.

Algo semejante pasa con el yo y el cuerpo. Si os fijáis en las expresiones que usamos, el cuerpo es una propiedad del “ser”, de la consciencia. Es “mi” cuerpo, no es “yo”. Yo “tengo” cuerpo, no “soy” cuerpo. Esta forma de hablar, esta configuración del idioma y razonamiento, sorprendentemente extendida por todo el mundo (o quizá no tan sorprendentemente, como veremos) hace que, de forma completamente subconsciente, estructuremos toda nuestra filosofía y toda nuestra forma de ver el mundo en torno a la figura y la existencia de alguien (“yo”) que “posee” el cuerpo; en torno a un dualismo entre el cuerpo (poseído) y yo (poseedor). Este dualismo implica necesariamente la existencia del mundo espiritual (3) (o de las ideas, o…) ya que, si quien posee mi cuerpo (yo) es algo distinto a ese cuerpo, que es mi “yo físico”, entonces ese “yo” es un “yo no físico”, o sea, espiritual (o ideal, o…)

Si no me equivoco ya en Parménides podemos encontrar disquisiciones acerca de la auténtica naturaleza del ser humano. El filósofo griego se preguntaba: “¿Es esto lo que soy? Supongamos que me quitan un brazo, ¿seguiría siendo yo?” “Sí”, se respondía. Y a base de quitarse partes del cuerpo o de reemplazarlas por otras, o de imaginarse en el cuerpo de un animal y hacer la misma pregunta y encontrar la misma respuesta, encontramos que desde hace milenios pensamos que “yo” es “algo más” que el cuerpo, lo que implica que el concepto “yo” es distinto al concepto “cuerpo”: una unidad de pensamiento, contínua a lo largo del tiempo, que recuerda el pasado, experimenta el presente y predice el futuro y que, de forma casi accidental (o platónicamente accidental) se manifiesta en el plano físico a través de este cuerpo, y no de otro.

Un paso más y encontramos que el cuerpo (circunstancia) es enteramente prescindible: al igual que “yo” sigo siendo “yo” en un cuerpo que no es “el mío”, “yo” puedo ser “yo” incluso totalmente sin cuerpo. Acabamos de descubrir la ψυχή, la psique como algo distinto del cuerpo (σώμα), la idea (ίδεα) de “yo”, aquello sin lo cual mi cuerpo es simplemente un cuerpo, pero no yo; idea que no es más que la materialización de la diferencia que veíamos antes entre el “yo” poseedor y el “cuerpo” poseído. Podéis darle el nombre que quéráis: alma, ego, espíritu, psique, pensamiento puro… pero esta línea de razonamiento, esta configuración del pensamiento y el lenguaje implica de forma inmediata que existe algo que soy yo y que va más allá de mi cuerpo; algo que controla mi cuerpo y toma decisiones sobre él. Puede que sea una realidad inmanente e inmortal o puede que esté asociada indisolublemente a mi cuerpo y que desaparezca con él, puede que tenga un origen divino o que sea creada de forma totalmente natural por mi cuerpo, pero está claro que hay “algo” que, aunque incluso aunque esté creado y mantenido por el cuerpo (en la vertiente más naturalista(4) de esta línea de pensamiento) y dependa de él, es distinto al cuerpo y es quien lo controla, quien piensa, quien ve, quien siente. Volviendo a la definición del diccionario de la consciencia, es el “sujeto” que tiene “consciencia de si mismo”, es el “espíritu humano” que tiene esta y aquella cualidades. Es ese ente que está detrás de mis ojos, que puedo sentir detrás de mis ojos, recibiendo y procesando información, pensando y expresándose. Es el sujeto de todos mis verbos.

Lo que llamamos consciencia es la cualidad que tenemos, a diferencia de los animales, de darnos cuenta de que existimos de esa forma ideal, ultracarnal, ligada al pensamiento; de percibir de que existimos como algo abstracto, separado al resto de la realidad y de poder, por tanto, tomar decisiones que afectan a esa realidad desde un plano distinto. Podemos luego discutir si eso es el alma, el espíritu, o un patrón emergente, pero siguiendo esta línea de razonamiento está claro que, sea lo que sea, está ahí y que eso, y no otra cosa, quien manda aquí, es lo que soy.

(Continua)

Arthegarn_________
(1) Lo del “sujeto” me resulta particularmente doloroso. Cuando me di cuenta de que la consciencia era ilusoria mi primera forma de verbalizarlo fue “no hay nadie detrás de mis ojos” y la segunda, que aun uso, fue “no hay un sujeto de mis verbos”.
(2) Hablando de otra cosa, ¿alguien conoce a ciencia cierta el origen de este proverbio? A mi me lo enseñaron como árabe, pero he leído por ahí que es derivación de otro semejante indio (“siéntate a la orilla del río y espera, el cadáver de tu enemigo no tardará en pasar”) o incluso chino (“siéntate a la orilla del río y verás pasar flotando el cadáver de tu enemigo”).
(3) Nota aclaratoria: no quiero decir con esta frase que el mundo espiritual, o el mundo de las ideas, existan realmente sólo porque la dicotomía que estoy presentando si lo haga. Lo que estoy queriendo decir es que, si esa diferencia entre el cuerpo poseído y el yo distinto al cuerpo poseedor es cierta, el mundo espiritual tiene que existir. El hecho que una forma de estructurar el pensamiento esté muy extendida no quiere decir que sea cierta, como veremos.
(4) Es decir: la que requiere menos elementos sobrenaturales.

I am not Spock.

Tengo que hacer una confesión: yo tampoco he alcanzado el Kolinahr.

Orgulloso como estoy de mi lógica, de mis habilidades discursivas y argumentativas, de mi racionalidad y de mi pensamiento analítico, he de decir que he fracasado en mi intento de alcanzar la lógica absoluta, de eliminar las emociones de mi razonamiento, si no de mi persona. Probablemente haya fracasado hace mucho tiempo, pero el viernes tuve la más dolorosa de las pruebas de ese fracaso.

Todo empieza cuando, hace ya unos meses, Julian y yo empezamos a hablar de la existencia de la libertad. Con argumentos semejantes a los que describí en La Libertad es Antinatural (y que están mucho más desarrollados en la paralela de Opus Nigrum) demostró más allá de toda duda razonable que la libertad no existía o, al menos, que era ilógico e irracional pensar que existía aplicando el método científico.

Y ¿qué hice yo entonces? ¿Acepté acaso que le libertad no existe? ¿Cambié mi opinión, como siempre he dicho que hago cuando alguien me deja sin argumentos? Pues no. Apelé a la fe y decidí creer que la libertad existe pese a que no hay prueba alguna de que exista y a que la navaja de Ockham diga que es improbable que exista. Renuncié a la ciencia y a la lógica para no abandonar una creencia (porque no es otra cosa) que me es muy querida y que es una de las piedras angulares de mi personalidad, de mi religión y de mi cosmogonía.

Es cierto que es raro (extremadamente raro) que yo haga algo semejante, pero eso dice algo de mi personalidad. Dice que, when push comes to shove, cuando me veo arrinconado entre una verdad lógica y mis creencias más profundas elijo quedarme con ellas, caiga quien caiga. Dice que, en determinadas circunstancias, soy capaz de actuar como cualquier otro fanático, taparme las orejas ante lo que dicen el mundo y la ciencia y repetir muy alta mi creencia para alejar de mi los demonios de la racionalidad. Y es que no me sirve creer en eso que Julian y yo convinimos en llamar “middle-world free will” y que yo llamo “libertad microscópica” y que consiste en la percepción de la ilusión de la libertad a nivel de ser individual. No, para que el mundo (mi mundo) funcione de verdad tenemos que ser libres de verdad.

Lo malo de esto es que resulta frustrante, y yo sé cuanto. Dedicas dos semanas de sesuda conversación y esfuerzo intelectual para demostrar tu punto de vista y cuando lo demuestras el otro te dice: “Sí, vale, lo has demostrado, tienes razón. Pero aunque tengas razón voy a seguir creyendo lo que me de la gana y me da igual que sea demostrable o no, voy a seguir creyendo que es cierto aunque me hayas demostrado de acuerdo a las reglas de la lógica y la ciencia que no lo es.” Entonces, ¿para qué debatimos? Es muy fácil decir, como hice yo en su momento, que si debates para intentar convencer al otro es posible que salgas decepcionado y que actitud correcta es debatir para, simplemente, dejar clara tu postura. Es tan fácil que no me lo creo ni yo.

Así que lo siento, Julian. De verdad lo siento porque llevo lustros debatiendo, demostrando que tengo razón y encontrándome con la misma respuesta “me da igual que tengas razón, yo voy a seguir en mis trece”, y sé lo frustrante que puede llegar a ser, máxime cuando la conversación no es casual ni baladí y has estado dos semanas devanándote las meninges para demostrar tu posición con argumentos bien fundados contra las preguntas, también bien hechas, de tu contertulio, máxime cuando pones parte de ti en el debate y no llega a donde se supone que iba y no cumple las reglas que se supone que lo regían. Y te pido también perdón a ti, Arthegarn, porque acabas de descubrir que no eres tan lógico ni tan coherente como creías que eras.

Nos queda el consuelo de que sólo soy un fanático irracional en lo que tiene que ver con veinte o treinta axiomas. Ese y el de que Spock tampoco alcanzó el Kolinahr.

 

La libertad es antinatural. O es magia o no existe.

Supongamos que no hay nada de sobrenatural en la aparición de la vida en la Tierra. Supongamos que Dios no existe o que, si existe, no tuvo nada que ver de forma directa con la aparición de la vida – por ejemplo, pudo haber creado el Universo con unas leyes que llevaran fatalmente a la combinación de átomos que produjo la primera molécula autorreplicante. Si aceptamos esta premisa, es necesario concluir que la aparición de la vida se debe a causas naturales, que fue producto del azar el que se encontraran, en la sopa primordial, las moléculas que generaron el primer replicador. Las probabilidades reales de que eso ocurriera son astronómicamente escasas pero a estos efectos no son relevantes: estamos aquí y estamos vivos luego, por muy improbable que fuera que la vida apareciera, el hecho es que apareció.

Supongamos asimismo que todo lo que ocurre en el mundo real está gobernado por leyes naturales. Estas leyes pueden ser simples o complejas y pueden estar a nuestro alcance o no, pero lo que importa es que existen. La materia se organiza de acuerdo a determinadas normas, la energía se comporta de acuerdo a otras normas y el tiempo y la gravedad también responden a esas normas. De acuerdo con esto, todo lo que ocurre en el universo tiene una causa dentro del propio universo y una explicación dentro de las leyes naturales.

Así pues, la evolución de la vida viene regida por estas leyes naturales. Fueron leyes naturales las que gobernaron la densidad de proteínas en la sopa primordial, fueron leyes naturales las que ordenaron la radiación ultravioleta de la tierra primigenia, fueron leyes naturales las que hicieron que las plantas empezaron a liberar oxígeno a la atmósfera, fueron leyes naturales las que hicieron que algunos replicantes se especializaran en unas cosas y otros en otras y que aparecieran los animales, parásitos de las plantas, y la evolución competitiva de estos. Igualmente fueron leyes naturales las que gobernaron el proceso por el que algunos animales se volvieron más adaptables que otros y las que determinaron que adquirieran algo que ahora mismo llamamos inteligencia.

Pero en realidad no hay nada “más” detrás de esto: todo son leyes naturales, todo es explicable por la ciencia.

Lo que pasa es que, si esto es así, la libertad no existe. Si todo es explicable por leyes naturales todo comportamiento del ser humano, por aparentemente libre o incluso aparentemente aleatorio que parezca ser en realidad es perfectamente explicable. Simplemente nos haría falta tener suficiente información respecto a como funciona la vida, como funciona el universo y como funcionan las reacciones químicas que crean eso que llamamos “consciencia” para ser capaces de anticipar en la totalidad de los casos las acciones, reacciones, pensamientos y sentimientos de un ser humano. No existe un “yo” realmente que esté detrás de mis acciones, detrás de mis ojos o incluso detrás de este ensayo, todo lo que existe es una colección de normas inmutables y de átomos ordenados de acuerdo a esas normas. “Yo” no soy libre, aunque me lo crea. Mis sentimientos y pensamientos están determinados desde el principio del Universo. No hay nada que “yo” pueda hacer para evitar ser lo que soy, hacer lo que hago, todo está determinado y es explicable e incluso mis mayores protestas de libertad no son más que reacciones neuroquímicas completamente explicables. Incluso en el hipotético caso de que tenga alma no hay nada que el alma pueda hacer, a menos que tenga poderes mágicos y sea capaz de alterar la realidad física – es decir, mis conexiones neuronales, mi equilibrio químico, mis hormonas – de mi cerebro y, de esa forma, hacerme decidir algo diferente a lo que, por aplicación de las normas naturales, se supone que debería haber elegido.

O sea, que la libertad no existe dentro del orden natural y que, si existe, es necesariamente sobrenatural y tan intangible e indemostrable como Dios mismo.

Arthegarn____________
Como siempre, discusión paralela en Opus Nigrum

La Teoría del Rinoceronte Fosforito

Supongamos un debate sobre la existencia de los rinocerontes fosforito.

Nunca se ha podido probar científicamente la existencia de los rinocerontes fosforito. Desde luego, está claro que hay rinocerontes y que hay colores fosforito, pero nunca se han producido evidencias científicas contrastables de modo experimental y reproducibles en un entorno controlado de que haya rinocerontes fosforito. La historia, no obstante, está llena de gente que dice haber visto rinocerontes fosforito e incluso hay tribus enteras que dicen que han convivido durante generaciones con rinocerontes favoritos o que son regularmente visitadas por los mismos, pero ese hecho nunca ha podido documentarse.

¿Existen los rinocerontes fosforito, se preguntan en el Reform Club de Londres? Bien, hay tres posturas básicas:

1.- Los rinocerontes fosforito existen. Nunca los hemos visto ni tenemos pruebas directas de su existencia, pero existen.
2.- No sabemos si los rinocerontes fosforito existen o no. Las pruebas sobre su existencia son bastante débiles por lo que afirmar que existen es temerario; pero no obstante hay indicios de que podrían existir por lo que decir que no existen es igualmente temerario. Hasta que no haya más pruebas es estúpido tomar partido en esta discusión.
3.- Los rinocerontes fosforito no existen. No tenemos pruebas de su existencia, sólo una serie de leyendas tribales y de alucinaciones de gente que se pasa con el peyote. No hay nada serio que nos induzca a pensar que los rinocerontes fosforito existen, así que no existen.

¿Existen los rinocerontes fosforito? La respuesta correcta es la segunda: no lo sabemos. La respuesta verdadera es, necesariamente, la primera o la tercera, pero la correcta, desde un punto de vista científico, es la segunda. No sabemos si los rinocerontes fosforito existen o no y es tan temerario afirmar que existen como que no existen.

La única forma de afirmar la existencia de los rinocerontes fosforito es dar un salto de fe. Hasta aquí creo que todo el mundo estará de acuerdo; el que afirma la existencia de los rinocerontes fosforito lo hace porque cree en ellos: no tiene pruebas de que existan pero elige creer que existen(1). No es racional ni se puede llegar a esta conclusión de forma lógica tras la observación del mundo real, pero aun así hay gente dispuesta a dar el salto de fe y creer que los rinocerontes fosforito existen.

Lo que pasa es que tanta fe tiene el que afirma la existencia de los rinocerontes fosforito como el que la niega y tan basada en la fe está una29586-3_1_xnl postura como la otra. No es lo mismo la negación de una creencia(2) que una creencia negativa(3). Se formulan casi de la misma forma y con exactamente las mismas palabras pero no es lo mismo no creer X que creer que no X. El hecho es que, exactamente igual que no hay pruebas que demuestren de forma incontrovertible la existencia de los rinocerontes fosforito tampoco hay pruebas que demuestren que no existen de forma igualmente incontrovertible. Creer que los rinocerontes fosforito no existen no es una conclusión derivada de la observación y constatación de la no existencia de los rinocerontes fosforito, es una creencia no basada en pruebas y tan lógicamente respetable(4) como creer que existen.

Hay un principio lógico que reza: “la ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia”. En otras palabras: la falta de pruebas a favor de una tesis no es prueba de la falsedad de la tesis. Para defender lógicamente que los rinocerontes fosforitos no existen no basta con decir que no hay pruebas de que existan, hay que aportar pruebas de que no existen o, al menos, reducir el argumento al absurdo. Pero hacerlo así, por las buenas, no es lógico. Es tan digno y respetable como creer que sí existen, pero no es lógico. Lo cual demuestra que, cuando se habla de Dios, la única postura intelectualmente honesta es el agnosticismo y que los ateos, a nivel de creencias ciegas e irracionales, están al mismo nivel que los creyentes.Arthegarn________________
(1) Sí, bueno, también habrá quien crea que las pruebas demuestran irrefutablemente la existencia de los rinocerontes fosforito y hablará de que están entre nosotros, circulando por las autopistas y tirándose pedos en los ascensores y que no los vemos porque nos engañan los sentidos, pero dejemos a esa panda de lerdos por el momento, ¿vale?
(2) En nuestro ejemplo: “no creo que los rinocerontes fosforito existen”.
(3) En nuestro ejemplo: “creo que los rinocerontes fosforito no existen”.
(4) O sea: nada.