Este fin de semana ha sido el Hockey meets Soccer 2007, un evento anual en el que representantes de todas las oficinas de Clifford Chance del mundo se reúnen para jugar al fútbol y al hockey (hierba), hacer una chuletada y salir a tomar cervezas. Es uno de esos eventos corporativos que los que creemos en ellos opinamos que «hacen empresa» y que los que no creen en ellos opinan que es ganas de tirar el dinero. En fin, como es lógico yo no jugué a ninguna de las dos cosas, pero estuve echando una mano a los organizadores y, gracias a ello, pude asistir a una serie de acontecimientos que me han resultado heroicos e inspiradores.
El viernes había una copa de bienvenida en el Irish Rover a la que asistieron como 400 personas y que estuvo verdaderamente bien. Salimos de allí a las tantas y algunos llegamos a Pozuelo, donde se disputaban los partidos, con sólo un par de horas de sueño. Ya al final de la tarde, con todo montado y funcionando, pude seguir a algunos de mis compañeros, que componían el equipo de España II, a su último partido de la fase previa, contra Inglaterra I. El equipo estaba compuesto por Godric, Isildur y Anarion, Ander, Iker, Astinus, Alcoz, Jandro, Lanzón, Jimmy, Elliott y los hermanos McMahon, y todos ellos llegaban bastante reventados al partido, que esperaban perder y que finalmente resolvieron con un contundente 5-2… y la mitad del equipo lesionada. En contra de lo que ellos mismos esperaban se clasificaron para la fase final, lo que quería decir que esa noche había que descansar para el domingo levantarse a las ocho para jugar el primer partido a las nueve y media. Nada de ir a la fiesta del Ananda.
Claro, ya.
Aquella mañana de domingo recogí a Jimmy, que «sólo» había salido hasta las tres y algo. «Bueno he dormido cuatro horas y pico seguidas, pisha», me dijo. Godric se había lesionado en el brazo y le dolía tanto que le costaba conducir, Isildur y Anarion tenían diversos compromisos que les impedían asistir el domingo, Iker tenía una herida en la mano de achicar balones que también le incapacitaba y, en el último momento, Ander llamó para decir que estaba tan dolorido que no podía moverse. Para colmo de males Jandro (que había dormido dos horas después de hacerse con el título de más bailón de la noche) había perdido su transporte, lo que dejaba el equipo con el mínimo absoluto de siete jugadores para enfrentarse a Holanda I, y de esos Alcoz estaba lesionado en los dedos del pie lo que le impedía chutar con la puntera…
Los supervivientes a la jornada del sábado se habían reunido con la idea de, al menos, presentarse al partido para salvar el honor de España. Pero cinco minutos antes de empezar el partido, Jimmy dijo «Oye, que digo yo que ya que nos hemos dado el madrugón, vamos a ver si les ganamos ¿no?». Y, tras haber decidido que Lanzón, que estaba demasiado lesionado para correr, se quedaría de portero con los guantes de una caja de herramientas que encontraron por ahí, salieron a partirse el pecho con los holandeses, que alineaban once jugadores y podían hacer cambios para mantenerse frescos. Cuando el partido llevaba cinco minutos apareció Jandro a la carrera.
En contra de lo que ellos esperaban no se limitaron a ganar el partido, sino que endosaron a los holandeses un contundente 6-3. Eso les colocaba en cuartos, con sólo veinte minutos de descanso, volvieron a saltar al campo para batirse con Rusia, que llegaba fresca a jugar su primer partido del día, tras haberse clasificado como primera de grupo y haberles endosado a España II un contundente 3-0 en la primera ronda.
Estaban cansados, pero había ganas de revancha. Sacaron corazón y empezaron a correr. Jandro, sin duda el jugador más rápido del torneo, cayó abatido tras un pisotón que le propinó uno de los moscovitas y que le levantó la uña. Aun así llegaron al descanso empatados a cero y en la segunda mitad, merced a las buenas artes de Lanzón bajo los palos y Elliott y Jimmy en la defensa, de las espectaculares carreras que se daba Astinus en cuanto menos te lo esperabas, de la concentración de los hermanos McMahon y del ejemplo que daba Alcoz, que a sus treinta y tantos años y con el pie como lo tenía se negaba a darse por vencido y retirarse a descansar alegando su obvio dolor en el pie; a fuerza, insisto, de ponerle corazón, consiguieron marcar un gol contra los rusos y evitar por la mínima la ronda de penaltis.
Apenas podían creerse que habían pasado a la semifinal, estaban como locos de contentos. Pero poco dura la alegría en casa del exhausto y según dejaron de saltar y beber agua se acercó el árbitro de la semifinal para decirles que jugaban contra Asia en diez minutos. ¡Diez minutos! Aquellos chicos casi no habían dormido y llevaban ya dos partidos a la espalda, casi sin poder hacer cambios y con un intervalo entre ellos de apenas veinte minutos. Y, seamos sinceros, por mucho corazón que le pongas a las cosas, después de un partido como el que jugaron contra Rusia, bronco y lleno de esfuerzo físico, al final acabas tan cansado que ya no hay ni corazón. Encima, el equipo de Asia estaba muy buen entrenado, en muy buena forma física, viajaban con un entrenador-preparador físico y se les notaba que estaban acostumbrados a jugar juntos, con alineaciones instintivas y jugadas muy bien coordinadas.
Y salieron, cansados, con las camisetas sucias y empapadas en sudor del último choque y encajaron el primer gol…
Y donde no había compenetración, ni técnica, ni fuerza ni corazón, sacaron lo que les quedaba. Los cojones. Y con unos huevos como el caballo de Espartero, boqueando para respirar como peces fuera del agua, prácticamente sin sentirse las piernas de agotamiento fueron capaces de remontar. Y, luego, de volver a remontar. Y, luego, de meterles cuatro goles como cuatro soles a los hijos de Albión y llegar a la final, que se disputaba contra España I, que había jugado sólo dos partidos y alineaba a la friolera de 14 jugadores.
Salió entonces a relucir la proverbial hidalguía española, esa que algunos dicen que ha desaparecido y LDM, capitán de España I, insinuó así como de pasada la posibilidad al exhausto equipo II de que ambos equipos podrían, simplemente, llegar al campo, escuchar el himno, darse la mano y declarar que «España había ganado». Pero entonces alguien de España II, de nuevo lleno de España dijo algo del estilo de «Gracias, pero venimos a jugar y jugaremos».
Y jugaron. No puedo decir que ganaran, pero bajo ningún concepto me atrevería a decir que aquellos chicos pudieran ser derrotados. Baste decir que, cuando los finalistas se acercaron a recoger la copa del segundo puesto, el equipo campeón les hizo el pasillo y la grada se deshizo en aplausos.
Esta es la pasta de la que están hechos mis compañeros; por esto estoy tan orgulloso de ser parte de Clifford Chance.